Locura femenina y terror: Enajenadas, de Julia Montilla

¿Te has preguntado alguna vez de dónde salen todas esas mujeres despeinadas con ojeras y aspecto de ir a matar o a morir? Esta es la imagen que conjura la idea de locura femenina y terror. Algo que se explica en Enajenadas, Ilustraciones de la locura femenina en el siglo XIX. Un pequeño ensayo de Julia Montilla. Pequeño por extensión: apenas 170 páginas en un tamaño de 18 x 12 cm, muy parecido al de las fotografías aquellas que se imprimían en papel.

Pero que esas pocas páginas no te engañen. De ellas salen las explicaciones a la existencia de la loca suicida del ático en Jane Eyre, la protagonista de El papel Amarillo, de Charlotte Perkins y por eso en occidente los fantasmas femeninos japoneses han sido tan excepcionalmente bien aceptados. Aunque su origen nada que tenga que ver con la historia de la siquiatría.Enajenadas locura femenina en el siglo XIX

Y es que de eso trata este libro. La locura femenina en el siglo XIX se pintó, se grabó y se fotografió. En principio con la intención de estudiarla. El resultado final fue que esas pinturas, grabados y fotografías dibujaron el arquetipo todavía vigente de la locura femenina y terror. Los profesionales que se dedicaron a ello pasaron de ser considerados poco menos que hechiceros, a entrar en los anales de la medicina psiquiátrica. Cómo lo lograron es una historia de terror que afectó entonces a una cantidad escalofriante de mujeres. Torturas, humillaciones, manipulación, privación de libertad…

¿No se estudiaba la locura masculina?

Claro que sí. Y los métodos utilizados para ello por esos nuevos siquiatras, que se ayudaban de artistas y que cambiaron para siempre el imaginario popular, no fueron más benignos. Sin embargo, el libro de Julia Montilla habla de mujeres. Y no se trata de una decisión caprichosa. Las mujeres locas en el siglo XIX se convirtieron en un arquetipo tan poderoso que se estudia en la carrera de filología inglesa. También existe un libro titulado La loca del desván, de marcada ideología feminista. Sus autoras son Sandra M. Gilbert y Susan Gubar. Esta obra, imprescindible, de verdad, si os interesan el feminismo, la literatura -gótica o no, de terror o no- escrita por mujeres o, en fin, la literatura, sin más, habla de las escritoras y la imaginación literaria del siglo XIX.

La imaginación se excita con palabras, pero también con imágenes. Si yo te digo que describas a una loca ¿qué palabras emplearás? ¿Qué imágenes vendrían a tu cabeza? Pues la mayor parte de esas imágenes nacieron entre 1800 y 1900. Muchas de ellas debido a la manipulación del cuerpo de supuestas pacientes en sanatorios y universidades. Y esto es lo que explica Julia Montilla en Enajenadas, Ilustraciones de la locura femenina en el siglo XIX.

Para que nos quede claro cómo está organizado el contenido de este ensayo, la autora lo divide en cuatro grandes capítulos al que suma un prefacio y un epílogo.

El siglo XVIII: locura como dominación de las bajas pasiones

En este primer capítulo no se habla todavía de la locura femenina en el siglo XIX. Pero ya se aprecia esa relación entre locura femenina y terror. En aquel entonces, la sinrazón se entendía como una consecuencia de la incapacidad del ser humano para controlar sus impulsos. Lo que se llamaban pasiones. Así, existe una secuencia de grabados que narran, de manera gráfica, la decadencia de un rico heredero que despilfarra su fortuna en todo tipo de vicios. Al final de su vida de derroche, juego y prostitución, ingresa en Bedlam.

Enajenadas locura femenina en el siglo XIX

Si no sabéis lo que era esta institución, investigad un poco. Hay películas y literatura para llenar bibliotecas enteras. Para que os hagáis una idea, se trata de un lugar donde se encarcelaba a las personas que suponían una amenaza para la autoridad.

En el siglo XVIII una de las aficiones de los ciudadanos de Londres consistía en visitar a los locos encerrados en Bedlam. Como veis, 1700 no era una buena época para caer presa de la ambición, la vanidad, el alcoholismo, etc.

Si bien las imágenes sobre locura femenina y terror llegaron después, el ecosistema donde se desarrollarían las historias protagonizadas por mujeres locas sí tiene aquí su raigambre. Ese asilo que no era más que un edificio con largos pasillos, celdas minúsculas, gritos, discursos enfebrecidos y pésimas condiciones higiénicas.

La locura femenina en el siglo XIX: los seis arquetipos de Julia Montilla

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En el siglo XIX nace lo que se conocía como alienismo moral, una especie protosiquiatría, y el encarcelamiento de los locos deja de ser preventivo. Ya no se los encierra para mantener la paz social, sino como medida terapéutica. Comienza a considerarse la locura una enfermedad, lo que trae consigo algunas consecuencias incluso jurídicas.

Las nuevas formas de terapia que nacen junto al alienismo, son la moralidad y la reclusión. En teoría ya no se sujeta a los locos con grilletes, sino con conceptos como la culpa y la responsabilidad moral.

Las escritoras de terror tenemos, por lo general, muy presente este tipo de fantasmas. Y no pasa desapercibido que en el imaginario colectivo las cadenas del pecado todavía resuenan en los corredores de las mansiones góticas. Aunque ahora se han convertido en muchos casos en historias de terror basadas en el remordimiento o la angustia. Emociones que provienen, sí, del siglo XIX y la construcción de la terminología de la locura. De hecho, Barro contiene un personaje sacado directamente de esta iconografía. Un personaje que auna las características de locura y terror de al menos uno de los arquetipos de Montilla.

Aunque Julia Montilla también habla de que estas imágenes asociadas a los dementes parten de un poco más atrás, los gabinetes de curiosidades que hoy conocemos como freakshows y que se pusieron de moda en los siglos XVII y XVIII. Precursores inmediatos de aquella moda de visitar manicomios los domingos y fiestas de guardar.

¿Por qué la representación gráfica de la locura de las mujeres es tan importante a partir del XIX?

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Por otro concepto muy, muy, muy extendido. La idea de que la forma de la cara y, por extensión del cuerpo, es reflejo de la mente.

Efectivamente, el famoso dicho según el cual la cara es el reflejo del alma se traspasó al alienismo (recuerda: la primera siquiatría), así, sin anestesia. Este de hecho es el principio que Oscar Wilde se permite dar la vuelta en el fabuloso Retrato de Dorian Grey. Esa historia de miedo en la que un bello protagonista consigue que las consecuencias de sus malas acciones, alimentadas por sus bajas pasiones, no se vean reflejadas en su rostro, sino en un cuadro ciertamente sobrenatural. Os dejo el enlace al libro, que ya es de dominio público.

Esto funcionaba más o menos así: emociones normales producen contracciones de los músculos faciales normales y demuestran que la persona con la que estamos hablando es normal. Emociones anormales provocan contracciones musculares anormales y nos muestran que hablamos con locos.

El siglo XIX marcó una diferencia al establecer las emociones enfermas de hombres y mujeres. Mientras que se atribuyó a los hombres locuras combativas y agresivas, los tipos de locura femenina en el siglo XIX se centraban en la pérdida de la razón debido al sexo. Se sexualiza a la loca. Esto lo explica la autora estupendamente cuando dice que

“Por un lado, el enajenado violento evoca en el espectador masculino la autoridad física y el control; por el otro, la loca sexualizada desafía el deseo de autoridad y dominación carnal del público masculino”.

No fue hasta después de la revolución francesa que se consideró la vertiente agresiva de la locura femenina. Pero ya en 1850 había más mujeres que hombres ingresadas en asilos. El desorden mental ya se había convertido en desorden de género.

Locura femenina y terror: la evolución a partir de los seis arquetipos de la locura femenina en el siglo XIX

Si te gustan las historias de terror, si lees novelas de miedo o relatos para asustarte, estos seis arquetipos te sonarán mucho:

  • La revolucionaria
  • La envidiosa
  • La suicida: representada hasta la saciedad como Ofelia. Pero ya hablaremos de Hamlet como “novela” de terror.
  • La furibunda homicida, que puedes reconocer en Lady Macbeth porque Shakespeare lo escribió todo.
  • La liberada
  • La histérica
  • La endemoniada
  • La autómata

De todos ellos habla Julia Montilla en su libro.

La revolucionaria: representada por Théroigne de Méricourt

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Este nombre, Théoigne de Méricourt, se vincula a la lucha de las mujeres y también a la revolución de 1789. La prensa de la época la retrataba como una amazona cubierta de sangre. La apalearon brutalmente en 1793, la dejaron desnuda en la calle y esto sería, por lo visto, lo que la llevó a la locura.

Las locas decimonónicas no solo cargaban con sus traumas, cuando los tenían, sino que se les atribuían atrocidades varias. En este caso, el asesinato de maridos y amantes.

Se suponía que los retratos y grabados de estas mujeres mostrarían de manera objetiva los rasgos físicos de la locura… Lo malo era que la objetividad dependía en gran medida del talento y la intención del retratista. No os sorprenderá que os diga que todos ellos eran hombres. Así, la locura femenina y el terror nacen de la necesidad de médicos hombres de atesorar pruebas que avalasen sus conclusiones pretendidamente médicas.

La envidiosa

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La envidia se consideró en el periodo post revolucionario una enfermedad mental solo de mujeres. Esta monomanía era un problema femenino de las mujeres que se dedicaron a tareas de reclamación de la igualdad. El afán de medrar de las mujeres era, ni más ni menos, un vicio moral propio de la burguesía.

¡Viciosa! ¡Envidiosa! ¿Qué es eso de querer que te tratemos como una igual? ¿Os suena? Mary Wolstoncraft, la madre de Mary Shelley, fue tachada de loca y finamente, se suicido. Locura femenina y terror de dos tipos deferentes en una sola mujer.

La suicida

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Cuando la fotografía hizo su aparición, los alienistas se las prometieron muy felices. Se habían acabado las dudas. Una imagen tomada de la realidad no podía manipularse ¿verdad? Los casos de locura femenina en el siglo XIX quedarían documentados con imágenes de las que nadie podría dudar.

Es a partir del nacimiento de la fotografía cuando los alienistas empiezan a ser considerados profesionales serios de la medicina. Hoy sabemos que, en fin, la fotografía es tan manipulable como la palabra escrita.

Por no hablar de las manipulaciones a las que estos protosiquiatras sometían a sus modelos: las obligaban a retorcer los músculos, a posar en posturas determinadas etc.

Así nace el arquetipo de la mujer loca suicida. La foto que ves aquí, con una mujer disfrazada corresponde a una mujer ingresada en un asilo.

Pero es que además, el personaje de Shakespeare había trascendido tanto, que los médicos, para ilustrar la angustia sicológica, obligaban a sus pacientes a adoptar esa mirada lánguida y hasta las disfrazaban con tocados de flores y toda la parafernalia.

Así que, si buscáis retratos de mujeres melancólicas internadas en el siglo XIX, sospechad de la espontaneidad de la fotografía. La mayor parte de ellas eran pura escenografía. Locura femenina y terror para la contemplación que todavía nos persigue en las pantallas de los cines y en las páginas de los libros.

La furibunda homicida de Lady Macbeth

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Lady Macbeth es una historia de locura femenina y terror en ella misma gracias a su protagonista ambiciosa, malvada, sin escrúpulos… Pero nos asusta, no por su ambición, su maldad o su carecía de escrúpulos, sino porque es una mujer. Todas esas características se admiraban y se siguen admirando en los hombres. Sobre todo en el campo de los negocios.

Para crear imágenes de mujeres furiosas y capaces de matar, los médicos (sic) decidieron aplicar métodos más propios del horror en la literatura.

¿Recordáis que las emociones normales producen caras normales y la locura produce caras locas? Pues no había mejor manera para retratar la furia que aplicar a estas mujeres corrientes eléctricas que recrearan esas emociones locas. Locura femenina y terror que se veía, claro que sí, en los gestos de dolor más elocuentes.

La liberada

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A medida que la siquiatría se institucionalizó, determinadas actitudes femeninas se convirtieron, un poco por arte de magia, un poco porque sí, en patologías. Ahora, a la pareja locura femenina y terror se añade la tercera columna: ciencia para justificar las mayores aberraciones.

Lo que hacen los siquiatras es, mediante un discurso propio, formular un orden natural preestablecido. Que no existía, ojo, lo crearon ellos. Las enfermedades mentales de las mujeres del siglo XIX nacían cuando se transgredía ese orden “natural”. Por ejemplo:

  • ¿Que quieres ser médico? ¡Tú estás loca!
  • ¿Que no quieres tener hijos? ¡Loca!
  • ¿Que preferirías no casarte? ¡Loca!
  • ¿Que replicas a tu marido? ¡Loca y más que loca!

Esto fue posible, y no nos hemos librado todavía de ello, porque se otorgó un poder eterno e infinito a los valores de la burguesía, que establecía unas diferencias claras entre lo que debía ser y se esperaba de un hombre o de una mujer. Las personas no binarias no existían ni se las esperaba.

En resumen, cualquier mujer que no se plegara al marco de comportamiento de una dama burguesa estaba loca. Locura y terror, locura y desobediencia, locura y patriarcado…

Liberadas eran las femme fatale, las prostitutas. El temperamento ardiente de las mujeres las hacía débiles y proclives a caer en los peligros del intelecto… Es mucho más interesante leerlo en palabras de Montilla, de verdad. Y con un montón de bibliografía que acompaña cada postulado.

La histérica y la endemoniada[1]

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Las histéricas se convierten en locas del XIX debido a la autosugestión. Y esa autosugestión nace debido a un trauma. El no tan reputado Jean-Martin Charcot, en un alarde de enorme visión del espectáculo, replica los brotes histéricos de sus pacientes mujeres mediante la hipnosis. Locura y terror inducido a mayor gloria del médico.

Sí, sin el menor reparo, hipnotiza a sus locas decimonónicas y les induce un estado de histeria. No por nada, sino para probar sus teorías.

Es cierto que estos métodos ya levantaron ampollas en su tiempo, pero la semilla del mal estaba plantada en el fértil campo de la literatura. Gracias a Charcot, las novelas se llenaron de mujeres histéricas. Locas, muchas de ellas, que las familias mantenían encerradas en el ático de sus casas. Sí, locas del desván. Ejemplitos clásicos escritos por señores que practicaron locura femenina y terror. Aunque este último de manera más bien tangencial. Agradeceré ejemplitos escritos por señoras en los comentarios J.

  • La conquista de Plassans, de Zola
  • La Regenta de Clarín
  • La fontana de oro de Galdós.

Veremos en estas tres obras convulsiones, pasión, misticismo… una suerte de recombinación de las emociones llevadas a la enésima potencia. Algo que no se daba en hombres, solo faltaba. Hablamos de locura femenina y terror, no de locura a secas, mucho más inofensiva. La histeria es cosa de chicas y sigue siéndolo. Os recuerdo mi encuentro con un señor el otro día y cómo decidió que es que yo era demasiado sensible.

La autómata

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El apartado de la autómata es un análisis de cómo la fotografía se utilizó para torturar a las enfermas mentales recluidas en diferentes asilos. En muchas ocasiones las obligaban a posar durante horas con el fin de recabar imágenes que reprodujeran procesos. La documentación gráfica casi industrializada de locura femenina y terror.

Una teatralización del cuerpo y de la dolencia que no servía a más propósito que la confirmación de las teorías expuestas por el médico del que se tratase.

Enajenadas, Ilustraciones de la locura femenina en el siglo XIX : Conclusión

Enajenadas, Ilustraciones de la locura femenina en el siglo XIX esboza el proceso mediante el cual las mujeres nos hemos hechos las dueñas de un tipo determinado de trastornos mentales. Menciona, pero no expone de manera sensacionalista, los métodos empleados, contiene un buen montón de documentos gráficos y, sobre todo, muchísima bibliografía.

Es un libro de lectura densa que da por sabidos algunos términos y quizá habría venido bien un glosario.

La autora describe a la perfección como los inicios de la siquiatría se documentaron de tal forma que el médico y el artista bien colaboraban o bien eran la misma persona. La influencia de las imágenes de locura femenina y terror llegan hasta nuestros días. Se ven en obras literarias de terror como La chica descalza en la colina de los arándanos, por ejemplo. Aunque Nieves Mories ejerce como nadie la subversión. Se ve en algunos personajes de La maldición de Hill House, aunque pueden pasar desapercibidos. Y toda la serie American Horror Story está llena de referencias. Por poner apenas unos ejemplos posiblemente menos terroríficos que la realidad.

Cómo crear terror, dar miedo

Esta es una buena novela de terror que incumple algunas de las cosas que os cuento en el post. Así es la vida del las autoras de terror…

De hecho, aunque el terror no sea lo tuyo, estoy segura de que, como lectora, habrás encontrado estos tipos de mujer en un montón de libros. Locura femenina y terror se dan la mano en gran cantidad de obras literarias de todos los géneros. Y en muchos de ellos las mujeres que los representan no estarán tratadas como mujeres sanas, sino como locas a las que, como poco, se les va ligeramente la pinza ¿me equivoco? Si estoy en lo cierto, déjame el título y el tipo de mujer en los comentarios. A ver cuántos conseguimos juntar.

De momento, os dejo mi propia versión de locura femenina y terror: La esposa número 13, un relato antiguo, pero matón 😉

¡Buenas noticias! ¡La autora ha publicado el PDF en su web y se puede consultar públicamente!


[1] Aunque Montilla les da apartados separados, y bien que hace porque ambos son muy interesantes, yo coloco estos dos tipos juntos. En realidad el apartado de la endemoniada lo usa la autora para explicar el proceso por el que la posesión diabólica pasó a considerarse histeria.

 

Libertad de expresión en la ficción, algunas cuestiones

A la hora de hablar de libertad de expresión en la ficción, conviene delimitar a qué nos referimos con “libertad de expresión” y qué alcance tiene dicha libertad. También conviene decir, antes de nada, que mi posición respecto a este asunto es que hay algunas ideas que son aceptables y otras que no lo son. Y que tanto unas como otras deben poder expresarse. A ser posible de manera responsable e informada. Y, siempre, sabiendo que el ejercicio de cualquier libertad tiene consecuencias. Tanto para quien lo ejerce, como para otres. De eso habla este artículo.

La libertad de expresión y sus límites

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 19, dice que toda persona tiene libertad de opinión y de expresión, este derecho incluye la libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de comunicación e independientemente de las fronteras.

Entre otras muchas cosas, esto quiere decir que los hombres blancos cis y heterosexuales tiene la obligación de respetar el derecho a expresarse de todas aquellas personas que no son hombres blancos cis y heterosexuales. Porque el ejercicio de la libertad de expresión no es censura. Llamar censura a la expresión de ideas que contradicen las propias es un ejercicio de victimismo, como poco, infantil.

El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos pone a este derecho a la libertad de expresión algunos límites. Según este pacto, el ejercicio del derecho a la libertad de expresión conlleva deberes y responsabilidades especiales y por lo tanto puede estar sujeto a restricciones cuando esto sea necesario para:

  • Respetar los derechos o la reputación de otros
  • Para la protección de la seguridad nacional o del orden público, o de la salud o la moral públicas

Esas restricciones de la libertad de expresión suelen relacionarse con una serie de conductas, algunas tipificadas como delito en diversos códigos penales, como el español, otras de puro sentido común:

  • Difamación libertad de expresión en la ficción
  • Calumnia
  • Obscenidad y pornografía libertad de expresión en la ficción
  • Sedición, incitación
  • Información clasificada
  • Violación de derechos de autor libertad de expresión en la ficción
  • Secretos comerciales
  • Etiquetado de alimentos libertad de expresión en la ficción
  • Acuerdos de confidencialidad libertad de expresión en la ficción
  • Derecho a la privacidad libertad de expresión en la ficción
  • Derecho al olvido libertad de expresión en la ficción
  • Seguridad pública libertad de expresión en la ficción
  • Perjurio libertad de expresión en la ficción

El concepto de daño

Tal y como dice la Wikipedia, todos estos motivos por los que se pueden hacer excepciones al ejercicio de la libertad de expresión responden al concepto de daño que en On Liberty (Sobre la libertad) acuña John Stuart Mill. Según el mismo, el único motivo por el que se puede ejercer el poder sobre un individuo en contra de su voluntad, en una sociedad civilizada, es evitar daño a otros. libertad de expresión en la ficción

Las limitaciones a la libertad de expresión basadas en el principio del daño pueden ocurrir bien mediante la imposición de sanciones legales, bien mediante desaprobación social o mediante ambas. libertad de expresión en la ficción

Por eso hay opiniones que no pueden tolerarse. Por ejemplo, las que declaran que la homosexualidad es una aberración. Esa opinión atenta directamente contra la seguridad de las personas homosexuales porque las convierte en menos humanas. Es decir, las deshumaniza. Y la deshumanización lleva en no pocas ocasiones a situaciones no solo intolerables sino delictivas: agresiones, asesinatos, abusos. libertad de expresión en la ficción

Uno de los problemas a los que nos enfrentamos a la hora de establecer límites a la libertad de expresión en la vida real (todavía no nos hemos metido en el mundo de la ficción), es que el principio del daño, para funcionar correctamente como límite, tiene que estar definido de manera correcta y precisa. Problema que no parece fácil resolver.

Me encantaría poder aludir al sentido común para delimitar lo que es el daño, pero no creo que sea inteligente. La responsabilidad es un concepto mejor.

No parece responsable, desde el punto de vista de una persona que se precie de respetar a todas las demás personas, sean estas de la raza, religión, estrato social, género u orientación sexual que sea, emitir opiniones que pongan en peligro a cualquiera de esas personas.

Ponen en peligro a esas personas este tipo de enunciados:

  • Las mujeres deben permanecer calladas
  • Las personas migrantes deben volver a sus hogares
  • Las lesbianas son unas desviadas
  • Los gays son poco hombres
  • Las mujeres trans no son mujeres

Cuando estableces que una persona debe callarse, estableces un marco en el que, que esa persona hable puede considerarse como merecedor de castigo. El razonamiento es el mismo para el resto de enunciados.

  • Si los migrantes deben abandonar tu país, las agresiones que sufran pueden considerarse represalias por no irse.
  • Si las lesbianas son unas desviadas, las conductas que las devuelvan al camino recto pueden considerarse legítimas.
  • Si las mujeres trans no son mujeres, es más sencillo etiquetarlas como monstruos y tratarlas como tales.

Si te tienes por una persona íntegra y decente, ejercer tu libertad de expresión de manera responsable pasa por evitar poner en peligro a personas de colectivos oprimidos.

Quien es titular del derecho a la libertad de expresión

Pues todas las personas.

El derecho a expresar las ideas y opiniones permite a cualquier persona decir cualquier cosa. Excepto que traspase alguno de los límites mencionados.

Eso quiere decir que cualquier persona puede reaccionar a lo que tú digas. Porque la reacción también es un ejercicio de libertad de expresión. Es un hecho que se reacciona de manera más o menos virulenta contra las opiniones libres que atentan contra la integridad de colectivos oprimidos.

Las personas que se sienten atacadas por las reacciones ajenas a sus palabras suelen hablar de censura. Y no solo eso, al calificar esas reacciones como censura pretenden que se limite el derecho a la libertad de expresión de quien reacciona.

El problema en estos casos es que las personas que ejercen su libertad de expresión de manera irresponsable no quieren que se les identifiquen como lo que son: misóginas, machistas, homófobas, transfobas, racistas, capacitistas, gordófobas, etc. Pero lo son. Porque si no lo fueran, actuarían con responsabilidad a la hora de expresarse.

Por decirlo de otra manera: quienes expresan misoginia y son tildades de misógines, dicen que es censura llamarles así.

Prefieren que se les llame librepensadores, valientes o políticamente incorrectes.

La libertad de expresión en la ficción ¿Es diferente? ¿Debe tratarse de diferente modo?

¿Qué es la ficción?

Ahora que ya sabemos lo que es la libertad de expresión, conviene que pensemos un momento acerca de lo que es la ficción. De por qué existe y de las implicaciones que tiene sobre las sociedades y, por tanto, sobre las personas.

La RAE es clara:

Ficción:

  1. Cosa, hecho o suceso fingido o inventado, que es producto de la imaginación.
  2. Conjunto formado por los acontecimientos y los personajes que forman parte del mundo imaginario.
  3. Acción de presentar como verdadero o real algo que es imaginario o irreal
  4. Obra o género literario narrativo, especialmente la novela.

O sea, que las obras literarias o cinematográficas, los cómics y cualquier otro soporte lo que hacen es presentar al lectore o espectadore, etc. un mundo imaginario. Y lo presentan realizando una simulación de la realidad.

Se cuentan historias desde antiguo. Hace poco leí un libro sobre técnicas narrativas que comenzaba preguntándose por qué el ser humano prehistórico, con todo lo que tenía que hacer, perdía el tiempo contando historias.

Es una buena pregunta. Había muchos mamuts que cazar, desollar, curar. Había mucho que parir, mucho camino que recorrer… Todo eso mejoró con la creación del lenguaje, que dio pie a que la especie humana evolucionara mucho más rápido. Si no os lo creéis preguntaos cómo, sin lenguaje, podría llegarse a crear una tortura tan compleja como las matemáticas. Sin lenguaje no puedes preguntar cuál es el logaritmo neperiano de doce.

Pero la cuestión es que incluso antes de hablar se contaban historias: mediante el dibujo. O a eso apuntan les expertes. Y se contaban historias porque puede que el lenguaje sea imprescindible para crear una sociedad, pero sin historias esa sociedad carece de pegamento. Las historias sirven para aprender, para afianzar el conocimiento, para crear nexos de unión.

No es casualidad que el Nuevo Testamento sea generoso en parábolas. Las parábolas no son más que historias ejemplarizantes. Las religiones, en su mayoría, nacen a partir de la sacralización de leyendas; es decir, historias.

Las historias que contamos, las que oímos, las que escuchamos, nos convierten en quienes somos y determinan cómo serán las generaciones futuras.

Este es el papel y esta es la importancia de la ficción. Ni más ni menos. Una minucia ¿verdad? No. Claro que no.

¿Estará el problema de la libertad de expresión en la ficción relacionado con el contenido?

Pues claro que sí, por favor.

Sumemos dos más dos.

Si las historias que contamos ayudan a conformar la realidad en la que vivimos ¿qué más da como las cuentas? Lo que importa es qué contienen. Y aquí empieza lo que algunas personas consideran un problema para la libertad de expresión. Cuestiones sobre la libertad de expresión en la ficción

Algunes escritores de ficción desconocen el verdadero significado de la transgresión. Transgredir, subvertir, ver más allá, está relacionado con caminar hacia adelante y no hacia atrás.

No es transgresor llamar a una persona con síndrome de Dawn, retrasada. Ni lo es llamar a todas las mujeres putas. No tiene nada de transgresor que todos tus personajes gays respondan a un estereotipo determinado. Eso es lo que se ha hecho toda la vida. Y, si quieres, puedes seguir haciéndolo en tus relatos y tus novelas. La libertad de expresión te garantiza que puedas hacerlo. Ahí tienes a… bueno, a la mayor parte de escritores que ocupan los puestos de libros más vendidos en grandes librerías, franquicias y grandes superficies.

Libertad de expresión en la ficción desde la perspectiva de le lectore

La misma libertad de expresión que te permite escribir una obra como, qué sé yo, El Tango de la Guardia Vieja, o esa cosa horrible de los perros, del mismo autor, permite a tus lectores identificar las ideas que expresas con ella. Y no solo identificarlas. Si escribes un panfleto machista, quien te lea puede escribir una reseña, que no es más que una opinión, y decir que le ha parecido un panfleto machista. Si muchas de las personas que han leído tu obra opinan lo mismo, no es un linchamiento. Es una opinión con muchos adeptos. Cuestiones sobre la libertad de expresión en la ficción

Porque seguro que no crees que hay una organización internacional detrás de un buen puñado de críticas positivas. Esas son elaboradas y depositadas en la red social correspondiente por mentes librepensadoras. Aplica a las cosas buenas que te dicen la misma vara de medir que a las malas y quizá descubras algo sobre ti.

Cuando te encuentras con cincuenta opiniones positivas sobre tu novela y con cincuenta opiniones negativas sobre la misma novela ¿quién crees que tiene razón? ¿Quien te alaba por tu valentía o quien critica tu falta de responsabilidad en algún sentido? Ambas posiciones son ideológicas. Y tenderás a posicionarte con quien confirme tu ideología (vamos, con quien hable bien de ti).

Publicar ficción rancia ¿es imposible?

Yo lo llamo ficción rancia, sí. Porque desde mi punto de vista lo es. Es rancio lo que está escrito para perpetuar el inmovilismo y la posición subordinada de colectivos oprimidos. Lo misógino, lo homófobo, lo capacitista, lo racista… Todo eso es rancio.

Pero que a mí me aparezca rancio no quiere decir que no pueda publicarse. Se publica, claro que sí. A los perretes de Reverte me remito. Cuestiones sobre la libertad de expresión en la ficción

Lo que pasa es que las sociedades evolucionan y las cosas cambian. Lo que pasa es que un grupo no demasiado amplio, pero en constante crecimiento, empieza a hacerse oír. Y ya no sale gratis publicar novelas rancias.

El concepto de responsabilidad

Ahora el público exige responsabilidad. Es decir, una parte del público, que quiere reírse y conmoverse, exige que les creadores seamos más inteligentes, más agudos. A ese público, que espero que sea el mío, ya no le vale con el mismo chiste repetido desde hace siglos. Ese público no quiere que insultes a tus personajes más despreciables al grito de “mariconez”. Tenemos que buscar nuevos insultos, nuevos modos de obtener lágrimas, risas y de provocar miedo. Es nuestra labor. Porque les lectores no son les mismes. Porque hemos evolucionado y ahora hay más de un tipo de persona exigiendo sus derechos. Y eso es bueno.

Curiosamente, muchas de las voces que abogan por la libertad de expresión que les garantice la publicación de estas obras rancias abogan al mismo tiempo y sin mayor sonrojo por la supresión de algunos productos que el público elige libremente. Como el fútbol, o los programas del corazón. La libertad de expresión es buena para perpetuar el status quo, pero solo una parte, la que les afecta a elles.

Cuestiones sobre la libertad de expresión en la ficción

Efectos de la ficción en la realidad

La libertad de expresión en la ficción, a pesar de todo lo anterior, precisamente por todo lo anterior, debe ser inalienable.

Si alguien quiere escribir una novela de 400 páginas llena de mujeres sometidas y de personas racializadas torturadas, debe poder hacerlo. Y debe enfrentarse a las consecuencias. Consecuencias que no deben ir más allá del ejercicio del derecho a la libertad de expresión contrario.

Algo similar a la tercera ley de Newton: Si un cuerpo A ejerce una acción sobre otro cuerpo, B, este realiza sobre A otra acción igual y de sentido contrario.

Puedes decir lo que te plazca. En ficción y en la vida real.

Puedes, claro que sí.

De eso trata la libertad de expresión en la ficción.

Pero recuerda que todo lo que hagas tiene consecuencias.

Recuerda también, que no eres le únique con ese derecho.

 

 

Yo fui Dosflores

A Mundodisco llegué como Dosflores, sin saber dónde me estaba metiendo. La portada ya venía avisando de que en las páginas no iba a encontrar el tipo de fantasía al que estaba acostumbrado.

¿Es aconsejable empezar a leer a Mundodisco por El color de la magia?

Sí, ya os avisé, lo primero que leí de Terry Pratchett fue «El color de la magia». Sé que hoy habrá cientos de fanes que me dirán que no es el mejor libro para entrar en Mundodisco pero, aunque no lo creáis, cuando yo lo leí no se podía empezar por ningún otro libro porque aún no existía. En cualquier caso, no estoy de acuerdo con que empezar en «El color de la magia» sea una mala idea. De hecho creo que es una idea excelente. Aunque, claro, todo depende de qué busques, de qué esperes encontrar. De qué Pratchett te han contado y por qué has ido a buscarle. Veintiséis años de escritura dan para mucho. Si además son los que van desde los treinta y cinco años hasta los sesenta y uno, os podéis imaginar lo que puede cambiar una persona, y por lo tanto su obra, en ese tiempo.

«El color de la magia» es una novela ligera, si la comparamos con las últimas. Incluso si la comparamos con las que han sido catalogadas como literatura juvenil. Sin embargo, sirve perfectamente de «piloto» porque marca el tono general de la serie (al menos el que tendría inicialmente), presenta uno de los escenarios y algunos de los personajes más relevantes para la ambientación y esboza en general el mundo en el que se desarrollarán los cuarenta libros que le siguen. Y, además, lo hace desde la óptica del primer turista de Mundodisco. ¿Casualidad? No lo creo. Quizá el propio Pratchett estaba siendo un poco «brújula», o quizá tenía claro que el lector se identificaría más con el inocente despistado que quería conocer mundo que con el desastre de echizero (sic.) que iba a servirle de cicerone.

(Si alguien cree que estoy siendo injusto con Rincewind debe saber que el propio Pratchett dijo, en una entrevista para SF Site[1], que no le gustaba el personaje porque no se le podía dar profundidad. Tampoco es mi personaje favorito, aunque no puedo dejar de tenerle cierto cariño porque fue quien me llevó de la mano por primera vez a través de las calles de Ank-Morpork. Sin embargo, a pesar de que tiene algunas frases memorables, me resultaron mucho más simpáticos «Y-voy-a-la-ruina» Escurridizo o incluso el Equipaje.)

A’Tuin, la Gran Tortuga y Strata, CiFi precursora de Mundodisco

Yo fui Dosflores

Es en este libro donde descubrimos el nombre (pero no el sexo) del quelonius estelaris, A’Tuin, la Gran Tortuga sobre cuyo caparazón giran incansables cuatro elefantes (que también tienen nombre, aunque en futuros libros se olvida) que soportan el Disco sobre sus lomos. Yo conocí este notable animal en este libro pero Gran A’Tuin y sus elefantes no son creaciones de la mente Pratchett, sino el primero de los préstamos que toma del imaginario no ya fantástico, sino mitológico.

Los antiguos mitos hindúes ya hablan de un mundo (tres, en realidad) que se apoya en los lomos de cuatro elefantes que, a su vez, están subidos a la concha de una tortuga gigante. Pratchett elimina la serpiente aún más grande sobre cuyo espinazo camina la tortuga, para crear una imagen más onírica: la de una tortuga nadando en el vacío hacia el punto donde se encontrará con todas las demás tortugas estelares para… bueno, para crear tortuguitas.

«The sky was falling in on them. Then Marco, almost in hypnosis, turned the ship and there, spread out below like a bowl of jewels, was the flat Earth. It was like a plate full of continents. A coin tossed into the air by an indecisive god». («Strata», 1981)


Pero no es la primera vez que Pratchett utiliza esta imagen. En realidad, la primera aparición de A’Tuin y sus paquidermos ocurre dos años antes de la publicación de «El color de la magia», aunque nuestro querido quelonio aún no tendría nombre. En junio de 1981, Terry Pratchett publica uno de sus escasos títulos de ciencia-ficción en solitario: «Strata», y aquí aparece el embrión de lo que luego sería Mundodisco.

En «Strata», el disco es la Tierra, pero aplanada. No es una consecuencia de la infinitud probabilística del Universo, sino obra de una raza tecnológicamente superavanzada pero ya extinta: los Spindles. «Strata» es un libro sobre constructores de mundos por encargo, que hacen su trabajo utilizando una tecnología ancestral encontrada por casualidad y que aún resulta en buena parte un misterio. Los diez sitios arqueológicos Spindle que se conocen han sido una fuente de innovación tecnológica importante así que, cuando alguien dice haber descubierto todo un mundo creado por ellos, es absolutamente imprescindible investigarlo.

«Strata» no tiene nada que ver con la saga de Mundodisco, aunque comparte algunas de sus características: el uso de tópicos del género, por ejemplo, y la profundidad filosófica de su mensaje disfrazada de una novela ligera de fantasía (ciencia-ficción, en este caso) y humor. Y la tortuga, los elefantes, y el mundo plano. Ah y, como es obvio para cualquiera que tenga un conocimiento del género mejor que el mío (es decir, todo el mundo), el hecho de que parodia una obra, mejor dicho, una saga anterior. Tanto «Strata» como «The Dark Side of the Sun» (publicado en 1976) se apoyan en la saga de Mundo Anillo de Larry Niven, aunque «The Dark Side of the Sun» también tiene préstamos de Asimov. De hecho hay quien dice que, sin haber leído esta saga, «Strata» pierde gracia.

 

En cualquier caso, el planeta que descubre Jago Jalo cuando la sonda Términus en la que viaja le despierta después de más de un milenio en un punto que nada tiene que ver con su destino inicial no es simplemente un mundo plano. Es una Tierra plana, no Mundodisco. Ni siquiera comparten el mismo universo.[2]

«Es bastante embarazoso saber que uno es dios de un mundo que sólo existe porque cada curva de improbabilidad debe tener su cenit». (La emisión de Ocho, «El color de la magia», 1989)


Así, existe un panteón de dioses similar al de muchas mitologías europeas, con su residencia en la montaña más alta del Eje del disco, sus rencillas particulares y su afición a distraerse enredando en las vidas de los mortales por falta de algo mejor que hacer. Existen héroes legendarios, una ciudad que sería aún más caótica de no ser por la mano firme de su Patricio, magos, criaturas de fábula de todo tipo… y monstruos. La magia es tan común que prácticamente se respira. En la periferia del Disco, el arcoíris tiene ocho colores en lugar de siete, porque la luz atraviesa un fuerte campo mágico que añade a los habituales el octarino, el color de la magia que da título al libro.
Mundodisco existe no en un universo sino en un multiverso, en el que absolutamente todo es posible. Y, si todo es posible, un universo construido por creadores con más imaginación que actitudes mecánicas está condenado a suceder. Y aquí está. En la cúspide de la curva de improbabilidad, mirado desde el punto de vista de quien lee, por supuesto. Todo aquello que nos resulta imposible de creer, sucede, sin importar la falta de coherencia interna. La única regla es esa: si es parte de alguna mitología o del worldbuilding de alguna obra fantástica canónica, está en Mundodisco. Pero nunca un fiel reflejo del original; Mundodisco es un espejo deformante.

El color de la magia: cuatro novelas cortas y un solo mago ¿verdadero?

El color de la magia

El libro. O el medio libro, si consideramos que la acción continúa en «La luz fantástica». O la antología o recopilación, si tenemos en cuenta que «El color de la magia» se estructura como cuatro novelas cortas que comparten protagonistas, pero sin un hilo argumental real entre ellas. La primera de ellas es, precisamente «El color de la magia», y se desarrolla en la ciudad de Ankh-Morpork, que está plagada de los tipos y los tugurios más repetidos en la fantasía heroica.

La emisión del ocho

«Mira, ya sabes que si sumas siete y uno, o cinco y tres, o si restas dos de diez, te sale un número. Mientras estemos aquí, no lo pronuncies, y quizá tengamos una oportunidad de salir vivos. O sólo muertos». (La emisión de Ocho, «El color de la magia», 1989)


La segunda parte, «La emisión de Ocho» convierte el horror cósmico al estilo de Lovecraft en menos horroroso y mucho más cómico que cósmico. Como todo lo que consideramos imposible en Mundodisco es completamente real, también existen terroríficos seres primigenios que somos incapaces de comprender. En esta parte nuestro dúo de protagonistas en constante huida tropieza con Bel-Shamharoth (quien, por supuesto, tiene tentáculos. ¿Qué clase de horror cósmico sería si no los tuviera?), el Devorador de Almas, el Emisor de Och… el número entre el siete y el nueve.

«Rincewind bajó la vista para mirarle y, poco a poco, sonrió. Era un rictus amplio, maníaco y nada humorístico. Era la clase de sonrisa que suele ir acompañada de pequeños pájaros que van de un lugar a otro quitando porquería de entre los dientes a otros animales.

—Tendrá que ser vivo —dijo Rincewind—. Y si quieres que muera alguien, recuerda quién tiene la espada por el mango». (El señuelo del Wyrm, «El color de la magia», 1989)

El señuelo de Wyrm

En la tercera parte, «El señuelo del Wyrm», Pratchett cambia de objetivo a parodiar y se divierte con la saga de Pern de Anne McCaffrey y, en particular, con «Dragonflight». La trama se desarrolla en el Wyrmberg, una montaña que está del revés debido a un intenso campo mágico en la zona, secuela de las Guerras Mágicas entre los Primeros Hombres y los Dioses. En Wyrmberg vive un pueblo de jinetes de dragón.

Una vez más, Rincewind se ve forzado a ser el héroe involuntario que saque a Dosflores del atolladero en el que se ha metido, pero en esta ocasión es una espada mágica parlanchina quien le obliga a realizar hazañas que es tan incapaz de creer que las hace tapándose los ojos con la mano, para desconcierto de sus oponentes.

Cerca del Borde

 

«—¿Están preparados los quelonautas? —preguntó.

El maestro controlador de lanzamientos dio un paso al frente.

—Por supuesto, su prominencia —respondió.

—¿Se han entonado las plegarias adecuadas?

—Más o menos, su prominencia.

—¿Cuánto falta para la partida?

—Para el lanzamiento —le corrigió con cautela el maestro de lanzamientos—. Tres días, su prominencia. La cola del Gran A’Tuin estará en una posición inmejorable.

—Entonces, lo único que falta —concluyó el Archiastrónomo—, es averiguar cuáles serán los sacrificios más apropiados». (Cerca del Borde, «El color de la magia», 1989)

Que yo recuerde, Wyrmberg no vuelve a ser mencionado en ninguno de los libros siguientes. De Bel-Shamharoth apenas hay alguna velada mención. Lo mismo ocurre con la Circunferencia[3], que es donde empieza la cuarta y última parte de «El color de la magia», titulada «Cerca del Borde».

El final de «El señuelo del Wyrm» es un tanto caótico, incluso para Pratchett, y yo diría que rompe un poco la coherencia interna, pero no hay que perder de vista que este es el primer tomo de la serie y, probablemente, el autor aún estaba decidiendo qué funcionaba y qué no. «Cerca del Borde» comienza con un rescate in extremis de nuestros ya familiares desventureros (es difícil llamarles aventureros, la verdad), aunque sólo para ponerles a disposición de servir a una de las más nobles causas de cualquier mundo: la de la Ciencia.

Cerrando el círculo, como no podía ser de otra manera, esta última parte se desarrolla en el reino de Krull que se menciona en la primera página del libro, y gira en torno a una de las preguntas fundamentales que también se menciona en esa primera página: ¿cuál es el sexo de Gran A’Tuin?

Y así os dejo, con un cliffhanger, igual que hace Pterry en «El color de la magia».

yo fui dosflores

Leedlo. Leedlo sobre todo si no habéis leído nada de Mundodisco. Sed, como yo fui, Dosflores, y descubriréis un mundo que aprenderéis a amar cuando lo veáis aún más de cerca en futuros libros.

[1] Steven V Silver, «A conversation with Terry Pratchett», abril 2000 (https://www.sfsite.com/04b/tp79.htm)

[2] «Strata used the idea of a Discworld but I’ve never thought of it as a Discworld novel within the meaning of the act. The first Discworld novel was The Colour of Magic». Terry Pratchett, «Words from the Master», The Annotated Pratchett File v9.0, agosto de 2004 (http://www.lspace.org/books/apf/words-from-the-master.html).

[3] Aparentemente no hubo forma de traducir Circumfence manteniendo el juego de palabras.

Vivir de escribir, sí se puede aunque no como tú quieres

Sin introducción y sin anestesia. Sí, se puede vivir de escribir. No, no es fácil y, con toda probabilidad, el contenido de este artículo no es lo que esperas. Pero es lo que es: el último año y medio de mi vida. La quinta parte de mi plan a cinco años. Más o menos.

Marzo de 2017: prólogo

No hace mucho de esto que os voy a contar. Lo fecho en marzo porque en marzo me enteré de que el 27 de febrero Felicidad Martínez había escrito sobre mí en su blog, La Mirada Extraña. Publicó un artículo elogioso que yo no esperaba y que tuvo una repercusión que tampoco esperaba. Este fue el primer acontecimiento de los cuatro o cinco que terminaron por conjurar mi cambio de vida.

Nieves Delgado, por su parte, me incluyó en la iniciativa Adopta una Autora. Se ofreció como madre adoptiva. Adopta una Autora fue un bonito proyecto que espero que algún día resucite. A mí me dio mucho. Sobre todo visibilidad. Pero también me puso en contacto con La Nave Invisible y con su trabajo. Algo que me ha hecho mejor persona. Pero eso es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

Israel Alonso fue la tercera persona que terminó de ponerme en la recta de salida. Cerbero había dado el primer ladrido allá por noviembre del 96 y la editorial no recibía mucha fantasía. Barro fue la consecuencia directa de una conversación a la puerta de una librería.

Cristina Jurado me pidió un relato para el número 8 de Supersónic… ¡Y me pagó por él! Un hito en mi carrera profesional, que hasta entonces se componía de varias obras autopublicadas y participaciones a título no oneroso en antologías y publicaciones varias.

En el plano personal pasaron un par de cosas entre marzo y julio que también jugaron un papel importante en esta historia.

  • Terminé una relación de amistad insatisfactoria y accidentada con la impresión de que, una vez más, me habían tomado el pelo. Me ha pasado esto alguna que otra vez, pero afortunadamente sigo aquí. Hoy puedo decir que rodeada de amigas en las que confío.
  • Recuperé una relación de amistad (las gallinas entran por las que salen, supongo) que me puso en contacto con quién soy yo de verdad.
  • En junio pedí una baja por depresión. Para entonces ya llevaba unos 16 años trabajando como secretaria de dirección. Un trabajo drenante en el que dependes constantemente de las necesidades y los caprichos de personas a las que no suele importar mucho nada que no sean esas necesidades o caprichos. Esta es una historia muy larga que cuento en este artículo del blog de Editorial Cerbero.

 

Julio de 2017: llamada a la aventura

En julio, ya de baja, me di de alta en autónomos con la intención de comprobar, con el colchón correspondiente, si podía mantenerme escribiendo. Yo cobraba cada mes un porcentaje de mi sueldo y también mis trabajos como autónoma.

Debo aclarar que ya había trabajado escribiendo contenido web de manera esporádica durante unos cuatro años. Mientras trabajaba como secretaria, también escribía artículos de vez en cuando. La mayoría de mis ingresos de este tipo provenían de Greatcontent.com.

Encontré varias plataformas más donde se buscaba todo tipo de escritor y creador de contenidos, copy o redactor. Sucedió por casualidad. Estaba escribiendo un tutorial sobre cómo ser copy para un curso que me habían pedido. Me puse en contacto con Contenidosclick.com y me registré en Upwork.

Cerré julio y agosto con beneficios.

Cerbero publicó Barro

Seleccionaron relatos míos para las antologías Kalpa III y Visiones 2017.

Ya había escrito Carne, que saldría a principios de 2018 y una primera versión de Sombra, que verá la luz en una semana.

Quedaba, pues, claro, que podía vivir de escribir. Así que a finales de agosto pedí el alta. No porque me hubiera curado, sino porque no me parecía correcto seguir cobrando de una empresa en la que no prestaba servicios cuando podía mantenerme haciendo lo que más me gusta y mejor se me da.

Septiembre de 2017: La heroína empieza su camino

Septiembre de 2017 fue el comienzo de un año que ha terminado hace dos meses y en los que he escrito mucho. Pero cuantifiquemos mucho:

  • 1 237 000 palabras en artículos para webs y blogs. Aproximadamente.
  • 200 000 palabras en novelas fantasma
  • 100 000 palabras en relatos, novelas cortas, etc
  • 20 000 palabras en artículos de mi propio blog y para un amigo. Trabajo que no se cobra, por supuesto.

Eso hace un total de más de un millón y medio de palabras desde Septiembre de 2017 hasta ahora. Repito que son cantidades aproximadas. Seguro que he escrito más. Desde luego, Facebook, Twitter, Telegram, Whatsap, correos electrónicos… Todo eso no está contabilizado. Tampoco contabilizo el curso de novela corta que escribí, ni los tutoriales personales que he preparado.

Además de escribir he leído mucho. Para mí y para otros. Por dinero y gratis. Es decir, que el año no ha transcurrido entre mi pantalla y yo.

Diré que también les he conseguido trabajos a algunas amigas. Y he contestado a quien me ha preguntado y he procurado echar un cable cuando me lo han pedido. A veces con éxito, otras sin él. En todos los casos he hecho lo que estaba en mi mano.

Tengo familia, gatos, amigos, presentaciones, viajes, imprevistos, enfermedades.

Pero se puede vivir de escribir. Claro que se puede.

Ahora, espero que se pueda vivir de escribir un poquito mejor que este año.

Septiembre de 2018: Elixir conseguido. Es posible vivir de escribir

Bien, hemos llegado a finales de septiembre y ya sabemos que sí, que se puede vivir de escribir. Y me veo las quejas:

  • Cero premios literarios remunerados ganados
  • Poca repercusión y visibilidad
  • No me han sacao en la tele, majes
  • No he pegado un pelotazo
  • Eso de escribir artículos a destajo no es escribir

Todo eso es cierto (la última no, pero ya hablaremos de ello cuando nos apetezca. O cuando me apetezca a mí). Ya advertí al principio del artículo que no ibas a encontrar aquí la fórmula para el best seller. De hecho, y a estas alturas, más nos vale ponernos realistas: esto ni siquiera es una experiencia extrapolable a todo el mundo. Esta es mi experiencia personal.

A medida que esta experiencia ha ido construyéndose, me he planteado muchas cosas. La mayor parte de ellas relativas a lo que pensaba yo que era vivir de escribir antes de, efectivamente, vivir de escribir. Y lo que pienso ahora.

¿Qué es, pues vivir de escribir?

Creo que con esto tenemos todos un problema de base, de concepción. Porque lo que queremos (yo la que más) es vivir de escribir la ficción que nos gusta a nosotros. En serio, queremos (yo la que más, repito), escribir nuestras cosas, nuestras mierdas y que mucha gente nos pague por ello un buen dinero.

Ningún problema. Hay gente que lo hace, así que es posible. De hecho, mi plan a cinco años apunta en esa dirección, porque escribir un millón de palabras sobre las sartenes antiadherentes tiene algunas ventajas, pero ninguna de ellas es la diversión.

Bien, si establecemos que vivir de escribir es equivalente a vivir de escribir nuestras neuras y hacernos ricos con ello, estamos restringiendo un poco nuestras propias posibilidades de éxito. Primero porque limitamos nuestra actividad. Segundo porque limitamos el éxito al precio que el mercado quiera poner a nuestro producto (que por lo que veo últimamente es un tuit borrado. Una cosa bastante triste, esto del pago antisocial cuando se compran libros gratuitos en Lektu).

He mencionado ya el segundo problema: un problema de ambición. No vale con un sueldo de pobreza como los demás sueldos de pobreza del resto de profesionales. Les escritores debemos ser superestrellas del bestsellerismo y cobrar muchillones por nuestro primer relato.

Vale, eso es una reducción al absurdo, pero sabéis que es cierto. Que habéis pensado en vivir de escribir no como vivir, sino como hacerse rico.

Hacerse rico es difícil en cualquier profesión. Las enfermeras no se hacen ricas. Ni las neurofisiólogas como mi hermana, ni las profesoras de física, ni las conductoras de autobús. Todas ellas viven de sus profesiones. A nadie se le ocurriría decirle a una enferma que es más enfermera si ayuda en quirófano que si lo hace en una consulta de familia.

Pero una es menos escritora si es copy.

A mí me da igual. Yo soy escritora y haré el copy que sea necesario mientras consigo vender mis mierdas a buen precio. Y puede que después. Hay encargos de copy bien chulos.

Qué creo yo que hay tras el desprecio a algunas profesiones relacionadas con la escritura y no tanto con la literatura

Creo que hay pereza.

Igual que creo que hay pereza en aquellos que dicen que su estilo descuidado es una cuestión de gusto.

Hay mucha pereza porque las palabras son gratis. Están ahí, en el hiperespacio, y puedes tomarlas, poner unas detrás de otras en un papel y esperar que te reporten beneficios. Pero eso, que también es escribir, no es suficiente para ser escritore.

Vivir de escribir supone tomar la escritura y/o la literatura como un oficio. Un oficio que se puede desarrollar mejor o peor. Un oficio cuyos trucos se pueden aprender. Con trabajo.

Me consta que yo he trabajado de más por no conocer algunos trucos que ahora sí conozco. Pero es que, para llegar a conocerlos, el trabajo es necesario. Y cada vez que alguien me dice que si me dedico a escribir contenido web no soy escritora de verdad, lo que oigo es que escribir no es trabajar. Y por una parte me da mucha pena y por otra la risa boba.

Pero bueno, lo dejo, que me lío. Vamos a por el penúltimo capítulo del resumen anual.

Diciembre de 2018: vuelta a casa, a tomar fuerzas y emprender un nuevo camino

En diciembre dejo el copy de manera temporal. Para hacer algo que debí haber hecho antes: planear una estrategia editorial.

Escribo hoy MUCHO mejor que hace un año y medio.

Tengo una visión mucho más amplia y creo que acertada de lo que puedo esperar de la literatura.

Y sí, sigo pensando que puedo vivir de escribir mis mierdas.

Sigo animándoos a que vosotres hagáis lo mismo, por cierto.

Ahora bien, en esto, como en vuestras historias, no recurráis al deux ex machina, que tiende a no funcionar. Aquí no vale el “lo hizo un mago”. Aquí el mago eres tú. Así que haz tu magia. Siempre que puedas.

¿Mi primer Pratchett?

Estaba seguro de que tenía unos dieciséis años y que JV, de cuya mano llegaban siempre las novedades en cómic, cine y literatura, se había presentado con una novelita de portada desquiciante que después supe que era obra de Josh Kirby. Estaba seguro de que nos había dicho: «Tenéis que leer esto». Esto era «El color de la magia», escrito por un tal Terry Pratchett que no me sonaba de nada. Estaba seguro de que me dio igual, porque JV nos había traído a tita Úrsula y, si decía que había que leerlo, es que había que leerlo. Estaba totalmente seguro de todo eso hasta que miré las fechas; y nada encaja, así que no debió de ser así como descubrí Mundodisco.

Sí recuerdo sin lugar a dudas que aquello no había por dónde cogerlo. Era una risa constante. Ya en aquél momento pensé, y sigo pensando desde entonces, que si «El Quijote» se hubiese escrito hoy, lo habría hecho Pratchett. Mundodisco se mofaba del género fantástico y, de paso, un poco también del de terror. Era una amalgama de clichés llevados al extremo y, por reducción al absurdo, demostraba que se podía hacer fantasía riéndose de la propia fantasía. De la que se suponía fantasía seria, claro.

Hasta entonces, las obras de fantasía que yo había leído estaban cargadas de una solemnidad presente incluso cuando el texto era ligero (por ejemplo, el «Egidio» de Tolkien). Y si no era la solemnidad el rasgo más pronunciado, entonces era la tristeza o la nostalgia. Pratchett había hecho una ensalada de topicazos y la había aliñado con abundante gas de la risa, y gotas de delirio en sus deliciosas notas al pie marca de la casa. Así que ese fue el motivo por el cual me enganché, al principio: para ver qué nueva herejía había cometido y contra qué género, o personaje, o cliché.

Tardó poco en tocar fibra sensible, la verdad. «Ritos iguales» («Equal Rites», el tercer libro de Mundodisco) era a la vez una sátira amable de Terramar de mi querida tita Úrsula y un alegato por la igualdad de derechos (como su título original deja bastante claro, por otra parte). Esto ya es más serio. No por atreverse a enmendarle la plana a Le Guin, porque tampoco había tenido reparos en hacerlo antes con H. P. Lovecraft o con Robert E. Howard, sino por tratar un tema tan ajeno a los cánones establecidos para la literatura fantástica como el feminismo.

Podría parecer un caso aislado, y quizá no fue más que un experimento. Lo que sí es cierto es que sentó precedente en su obra, porque comenzó la fusión de elementos aún más alienígenas para la literatura fantástica al uso. Aparecen referencias a Shakespeare, al cine de Hollywood, a la mitología egipcia, a la filosofía griega, a la novela de detectives, ¡a Fausto…! Y todo funcionaba, de una manera o de otra. Teniendo en cuenta que la idea subyacente era (si no recuerdo mal) que Mundodisco existe realmente porque, al ser infinito el Universo, en alguna parte tenía que existir, ¿por qué no iba a tener una evolución paralela a la de la Tierra?

Joshua Sammy dijo: «Discworld has always been about change. Every single book involves a major change in one way or another»[1], y ahí reside una de las principales diferencias con la literatura fantástica que yo solía consumir: las cosas cambian. Incluso cuando, como en «Pirómides», están condenadas a no cambiar, cambian. Y eso es un elefante en la cacharrería de los imperios milenarios a los que me tenían acostumbrado. «El Señor de los Anillos», para mí entonces el canon del género fantástico, es absolutamente inmovilista. El intento de cambiar las cosas de Melkor se narra como herejía, traición y maldad. Toda la obra gira en torno a la restauración del orden encarnado por la monarquía en Gondor y, por extensión, en toda la Tierra Media. Lo estático es bueno, lo cambiante es maligno. La evolución no existe, o es a peor.

Mundodisco rompe con esa idea. Las cosas cambian porque tienen que cambiar. No hay nada que podamos hacer para evitarlo. Las sociedades progresan y, con ellas, sus ideas. O quizá es al revés. Que en «El Segador» se haga referencia a las consecuencias del consumismo y a los movimientos de derechos civiles es algo impensable en la fantasía canónica.

Pero claro, es que entre «El color de la magia» y «El Segador» habían pasado ocho años para Pratchett. Los que van desde los treinta y cinco hasta los cuarenta y tres, que ya es una edad. Concretamente, la edad suficiente para ser mi padre (su hija es dos años menor que yo). En esos ocho años, no sólo Mundodisco había evolucionado, sino también el estilo y la temática del autor.

Esos ocho años fueron sólo tres para mí, porque aunque «El color de la magia» lo leí traducido, para mí «El Segador» será siempre «Reaper Man», circunstancia que me ahorró un año de espera (compré la edición de Corgi, que salió un año más tarde que la de Gollancz, o hubiese esperado un año menos todavía). Yo era otra persona, entonces. JV apenas era un recuerdo del pasado, mi cabeza estaba en otras cosas más adultas como terminar la carrera y el servicio militar, la relación con mi novia que ya duraba tantos años como los que había estado leyendo a Pratchett, y la perspectiva de un trabajo o, al menos, de buscarlo.

Supongo que el que ese crecimiento que yo había experimentado haya ido acompañado del crecimiento del mensaje de las obras de Pratchett ha influido en que haya seguido leyéndole. Cuando lo que lees está en sintonía con tu estado mental, anímico o de madurez, no se produce el rechazo que sientes a veces por obras que te parecen «demasiado infantiles» o «demasiado profundas».

No sé decir a partir de qué punto llegué a la conclusión de que Terry Pratchett había abandonado la sátira amable al género para pasar a difundir su crítica de la sociedad disfrazada de humor. Y su crítica es feroz. Neil Gaiman dijo: «There is a fury to Terry Pratchett’s writing: it’s the fury that was the engine that powered Discworld. […] The anger is always there, an engine that drives. […] And that anger, it seems to me, is about Terry’s underlying sense of what is fair and what is not. It is that sense of fairness that underlies Terry’s work and his writing.»[2] Las sucesivas relecturas de los textos de Pratchett, sobre todo de los más recientes, me permitieron comprobar hasta qué punto es cierto eso. Imagino que el haber llegado a los cincuenta años me habrá dado también una perspectiva distinta desde la que mirar esos textos.

Durante treinta y dos años, Sir Terence David John Pratchett, caballero de la Orden del Imperio Británico, más universalmente conocido como Terry Pratchett o incluso Pterry, nos tuvo engañados. O quisimos vivir engañados por él. Quisimos creer que estábamos leyendo por las risas, porque era fantasía pero divertida, en vez de pensar que nos estaban hablado de feminismo, de xenofobia, de integración, de diversidad, de capitalismo, de pacifismo, de racismo. Y no, era todo eso. En plan jaja-mira-qué-gracioso-pero-no.

Y cuando un autor deja tan claros sus principios y resuenan tanto con los propios, ¿cómo no quererle?

Hasta siempre, Terry. «A man is not dead while his name is still spoken».

[1] Joshua Sammy, «How Terry Pratchett’s Discworld Has Evolved», The Artifice, 25/07/2013 (https://the-artifice.com/terry-pratchett-discworld-has-evolved/)

[2] Neil Gaiman, extracto de la introducción a «A Slip of the Keyboard», de Terry Pratchett. (Tomado de https://www.theguardian.com/books/2014/sep/24/terry-pratchett-angry-not-jolly-neil-gaiman).

La noche de Halloween: slasher upside down

¿Qué es el slasher? Me preguntas mientras deslizas tu cuchillo jamonero por mi cuello adolescente

Pues es precisamente eso. El slasher es un subgénero del cine de terror. Uno de los menos refinados. Un subgénero nacido para el consumo adolescente y que nunca ha tenido grandes pretensiones. Al carecer de eso, de pretensiones, tampoco ha contado, históricamente, con grandes presupuestos.

En la mayoría de las ocasiones la acción de un slasher se articula alrededor de un hombre que asesina a adolescentes con un cuchillo u otro objeto cortante. La gloriosa excepción a esta regla es la villana de la primera entrega de Viernes 13: Pamela Voorhees, que cede el papel a su hijo a partir de la secuela. Desde entonces, Viernes 13 se convierte en el cortijo sangriento del conocido Jason, el asesino del machete y la máscara de hockey.

Pero para cuando la familia Voorhees hizo su aparición en el idílico campamento de verano Crystal Lake, los cimientos del slasher ya estaban plantados y bien plantados. Dejando de lado a las auténticas precursoras, como Psicosis, de Alfred Hitchcock, Peeping Tom de Michael Powell, Blood Feast, de Herschell Gordon Lewis o Dementia de Francis Ford Coppola (todas ellas anteriores a 1965), los años 70 nos dieron la bienvenida de la mano del primer icono mata jóvenes de la historia: Leatherface se convierte en el primer monstruo pop del cine slasher en La Matanza de Texas. A estas alturas los elementos del género ya pueden identificarse sin problema:

  • Asesino sicópata enmascarado, desfigurado o difícilmente reconocible
  • Grupo de adolescentes en un entorno aislado.
  • Sexo
  • Drogas
  • Grandes dosis de violencia
  • Al malo no lo matas ni aunque se quede quieto, vestido de amarillo fluor en un escenario de teatro negro y a ti te den una granada de mano con dispositivo personalizado de seguimiento
  • Los adultos no aparecen o lo hacen para poner de manifiesto su soberana estulticia e incompetencia
  • Chica que sobrevive al final y que, al menos en apariencia, vence al villano

La chica final, o el debate sobre la misoginia en el slasher

El tropo de la chica final o superviviente final es inherente al slasher. Esta chica final es el único personaje que llega vivo al final de la película y se enfrenta al asesino. Fue la escritora Carol J. Clover quien identificó el arquetipo en su libro Men, Women and Chain Saws: Gender in the Modern Horror Film (Hombres, mujeres y motosierras: género en el cine de terror moderno. Según observó la autora, la chica final es:

  • Virgen o virginal
  • No se droga o no bebe. En cualquier caso no comparte los vicios de sus amigos, que sí acaban muertos; es decir, castigados
  • En algunas ocasiones tiene un pasado en común con el asesino
  • Suele convertirse en el motor de la historia y por tanto muestra valores como inteligencia, cierta astucia y curiosidad
  • Muchas de ellas tienen nombres válidos para todos los géneros (Sidney, Billie, Teddy)

La premisa básica sobre la que trabaja Clover es que el fenómeno de identificación del público con los personajes no permanece estable durante toda la película. En principio, el público masculino, que es a quien se dirige este tipo de cine en un primer momento, se identifica con el asesino.

Pero el ser humano –o la mayoría de los miembros de la especie- quiere que ganen los buenos. Para que esto suceda, deben ganar las víctimas. Eso obliga a guionistas y directores a masculinizar a la chica final para que el espectador hombre se identifique con ella. Algo que se consigue mediante el freudiano método de privar al villano de su arma fálica y matarlo con ella.

¿Por qué no es esto mucho más sencillo? ¿Por qué la chica final no puede ser un chico final?

Según Clover, para que la película cumpla con su propósito, el superviviente final tiene que pasar por una auténtica crisis de horror extremo. Y no, los hombres no estaban (no creo que lo estén hoy, todavía) dispuestos a identificarse con un hombre en plena crisis de grito en falsete. Salvo si son estrellas del metal.

Clover apunta también a que algunos de los villanos del slasher tienen una masculinidad y virilidad un tanto dudosas, como Norman Bates en Psicosis o los torpérrimos Stu y Billy en Scream (una auténtica joya, por cierto).

De hecho, ved Scream, que explica mucho mejor que yo todo lo que está escrito en este artículo… Y además te ríes.

¿Misoginia, pues?

Llamadme loca, pero tenemos un género cinematográfico completo que cuenta las andaduras de un sicópata que se dedica a matar adolescentes en castigo por su promiscuidad y sus vicios malsanos. La única que se salva es una chica que lo pasa fatal y cuyas virtudes son que no practica sexo ni se droga. A lo mejor algo de misoginia hay en el género.

Sobre todo si damos un pequeño saltito hacia lo simbólico ¿Y si el psicópata representa a la sociedad? No de manera literal, claro. ¿O sí? Una sociedad adulta, dirigida por hombres blancos heterosexuales que pretende erradicar el vicio y la corrupción de los adolescentes pero que los practican ellos mismos.

¿Y si Michael Myers fuera el heteropatriarcado?

En todas estas películas los jóvenes desobedecen a sus padres en lugares aislados y son castigados por ello. Los adultos no aparecen en la historia.

Pensémoslo ¿quién quebranta las normas sociales impuestas por los adultos? Los adolescentes. Y ¿quién hace que las aguas vuelvan a su cauce en la cabeza del espectador? El villano, que solo sucumbe ante la mujer que se porta bien. Un poco como las madrastras en los cuentos de hadas, que venían a sustituir a las amantes madres desaparecidas porque los niños aprenden las moralejas de manera más efectiva si el carácter bondadoso de la madre no se ve comprometido.

Si el villano es la madrastra que viene a restablecer el equilibrio social, el villano representa a la sociedad. La sociedad representada por ese villano quiere mujeres obedientes, vírgenes, puras, perfectas. Y el slasher adolescente es el género que perpetua esas reglas entre los adolescentes a cambio de violencia y sexo gratuitos… por los que en realidad sí que hay que pagar un precio.

¿Y qué pinta Halloween en todo esto?

Halloween llega a las pantallas para inaugurar el género y darle el aspecto preciso que ya no perderá.

En 1978 John Carpenter coescribe con Debra Hill, que lo producirá, el guión de esta película independiente que dirigirá él mismo y que ha dado al mundo siete secuelas y lo que Wikipedia llama dos reinicios. Un total de diez películas, la mayoría francamente malas.

Argumento

En 1963 un niño de seis años coge la máscara de Haloween del novio de su hermana adolescente y la asesina con un cuchillo de cocina (a la hrmana, no a la máscara).

Quince años después se escapa del siquiátrico donde lo habían encerrado y vuelve a su ciudad natal. Se refugia en su antigua casa, ahora abandonada y medio en ruinas. Su siquiatra le sigue la pista para devolverle al sanatorio. Lo describe como “el mal en estado puro”.

Mientras tanto, Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) se niega a ir a una fiesta de Halloween porque tiene que cuidar a un niño. Sus amigas intentan convencerla, pero ella es firme como una roca y bla bla bla. Firme como una roca, pero adolescente. Hay una escena en la que le preguntan por qué no tiene novio y, en fin, ella contesta que los chicos la ven demasiado inteligente. Sin comentarios.

Las canguros ven a Michael conduciendo un coche y una de ellas le dice algo que él interpresa como una grosería. Comienza a acecharlas.

Michael Myers va matando muy eficientemente a todas las chicas malas y a sus parejas.

El enfrentamiento entre Laurie y Michael Myers es antológico. Él parece sobrevivir a todo. In extremis, el doctor Loomis, el siquiatra de Myers, le dispara seis tiros y salva a Laurie. Sin embargo, al final de la película sabemos que el villano ha huido.

Influencia de Halloween en el cine slasher de los 80

Mi pasión por el horror nace en las horribles quemaduras del rostro de Robert Englund y en el guante de cuatro cuchillas que blande a lo largo de 8 películas, entre 1984 y 2010. Además de una serie de televisión, Las Pesadillas de Freddy, de la que sale una undécima película a partir del montaje de dos episodios dirigida por Tob Hopper, el padre de Leatherface; ya sabéis, el alegre muchacho de la motosierra. Vamos, que yo soy hija de Pesadilla en Elm Street.

Pero el hecho es que no habría Freddy si no hubiera habido Michael Myers. Como tampoco habría habido Viernes 13. Michael Myers es el hermano mayor de los dos sicópatas más conocidos del universo cinematográfico. Un hermano mayor que les lleva ventaja en eso de no justificar su comportamiento. Myers es malvado y punto.

  • Carpenter nos da un mundo adulto ausente que Craven convierte en directamente culpable (los padres de los adolescentes de Elm Street condenan a sus hijos por ejecutarsumariamente a un violadore de niños).
  • Carpenter nos da una chica final que Craven repite hasta la saciedad en todas sus películas (También en Scream, una sátira autorreferencial de una genialidad deliciosa. Sí, insisto en que la veáis).
  • Carpenter pone en manos de su villano un cuchillo de cocina que Freddy actualiza y multiplica por cuatro
  • Carpenter nos da a un villano que mata sin más motivo que matar. Un villano silencioso que emplea el silencio como Freddy las mentiras y los chistes obscenos, para sacar de quicio al espectador y a sus víctimas.
  • Carpenter institucionaliza y da vigor al castigador de vicios que conmuta la pena a las vírgenes puras.

Con Michael Myers el cine de terror comenzó una época dorada que continuó hasta bien entrados los años 90 y que todavía da coletazos.

Sagas slasher deudoras de Halloween

Sin ser demasiado exhaustivos, podemos sacar una lista cumplidita de películas y sagas slasher más o menos fieles al género y a sus premisas originales:

  1. Viernes 13
  2. Pesadilla en Elm Street
  3. Scream
  4. Cabin Fever
  5. Sé lo que hicisteis el último verano
  6. Destino final
  7. Jeepers Creepers
  8. Posesión Infernal
  9. Death Proof
  10. Muñeco diabólico

Y entonces llega 2018 y, cuando ya nadie daba un duro por un género que ya no genera más que alguna película suelta de vez en cuando, aparece:

La noche de Halloween 2018– A partir de aquí, si no has visto la película, quizá quieras dejar de leer

Seamos sinceros, el slasher no es tragedia shakesperiana. No se le exige a una película de truculentos asesinatos en serie que plantee tremendas reflexiones filosóficas. Siendo justos, ni siquiera se le exige una gran inversión en recursos técnicos. Los apasionados del género pedimos una ejecución correcta, cierta tensión e imaginación en las muertes. Dame, sangre, sí, pero dámela con creatividad.

Así que cuando ayer entré en el cine no pedía más que eso. Sobre todo porque, además, yo no soy #teamMyers, sino #teamKrueger.

La noche de Halloween 2018 es deudora de la película original y del remake de Rob Zombie, que emplea una buena cantidad de metraje en contarnos la vida de Michael Myers una vez ingresado en una institución siquiátrica. Lo es en lo que respecta al personaje del siquiatra (uno de los puntos más flojos de esta entrega, en realidad) y en cuanto al carácter del villano.

Pero empecemos por el principio:

Resumen de la trama

La noche de Halloween empieza con un par de periodistas de investigación que quieren comprender la mente de Myers y que lo visitan en el centro siquiátrico en el que está recluido. Allí conocen al doctor que lo ha tratado todos estos años y que lamenta profundamente que vayan a trasladarlo a un centro mucho peor.

Los reporteros enseñan a Michael su máscara para hacerle reaccionar, pero no reacciona.

Más tarde visitan a Laurie, que vive en una casa reconvertida en fortaleza. Aquí se pronuncia una de las frases más importantes de la película. La cuestión es que los periodistas le dicen que quieren contar la historia desde otra perspectiva porque, bueno, Laurie no es una mujer buena ¿sabéis? Se ha divorciado dos veces y servicios sociales la declaró no apta para ser madre. Entonces ella les dice que Myers mató a un montón de adolescentes pero a la que hay que revisar es a ella porque se ha divorciado. Quedaos con esta frase.

Laurie y su hija Karen se llevan mal porque Laurie se ha pasado la vida entrenándola para cuando Myers saliera y fuera a buscarlas, pero la hija cree que todo es fruto de un trauma y que eso no va a pasar nunca. Por eso no la llama para celebrar los éxitos académicos de la nieta. Drama familiar y tensión generacional como contexto.

Baile de instituto como homenaje y excusa.

Myers se escapa durante el traslado, se hace con su equipo de matar, mata. Llega a la casa fortificada y allí muere a manos de Laurie y de su hija. La película termina con una foto fija de la nieta sujetando el cuchillo ensangrentado del asesino. Quedaos con esto también.

Michael Myers

Michael Myers es una maquina de matar. No se hace ninguna concesión a su pasado como miembro jovencísimo de una familia desestructurada. Myers mata y no sabemos por qué. Esa es la constante más perturbadora del personaje en sí y, desde mi punto de vista, un gran acierto.

El mal existe. Las personas que escriben historias de terror tienen que aprender de una buena vez que el mal existe. Y eso es lo que deben darle al público. Porque si no, no hay miedo. Puede que el bien gane, pero para eso debe existir el mal. Explicar los motivos para que el mal exista, como si su existencia se derivara de una perversión corregible del bien es, desde mi punto de vista, un error.

Aislado o no, sicópata o no, Michael ha evolucionado durante los últimos cuarenta años, desde que lo encerraron. Es consciente de su propio envejecimiento y de cómo las cosas han cambiado. Además, sabemos que aunque todo lo que no es él carece de importancia, el malvado asesino no es ajeno a ello. Por eso cuando los reporteros lo visitan en el siquiátrico toma buena nota de quienes son y de lo que llevan consigo.

Es verdad que en la película todo sucede por casualidad. Las personas están donde están por avatares del destino. No hay muchas posibilidades de que Myers supiera dónde iban a repostar los reporteros, ni de que los persiguiera para matarlos. Gente, esto es el slasher. Y yo, amiga como soy de todo lo que tiene consistencia, no se la pido a este género porque creo que precisamente esa inconsistencia es una de sus características. Así que no criticaré esas casualidades. Aunque podrían salvarse, claro que si. Y si los guionistas las hubieran salvado, la película sería mucho mejor. Pero de todos modos, estamos hablando de cómo La noche de Halloween le da la vuelta a un género mediocre. Tengamos eso en cuenta.

 

¿Por qué digo que Myers ha evolucionado?: Los asesinatos de La noche de Halloween

Sí, Michael Myers ya no mata solo a adolescentes. Se separa de las convenciones del género y asesina:

  1. A los reporteros de investigación que tienen su máscara. Ambos han aparecido en el siquiátrico, se la han enseñado y se han presentado ante el espectador como personajes con un interés genuino en el asesino. Quedaos con esto, porque es importante para luego. La prensa le devuelve su personalidad.
  2. A una mujer con rulos, un ama de casa que está en la cocina, en bata, con las puertas abiertas. La mata para conseguir el cuchillo de cocina por el que le conocemos. Habrá quien diga que un ama de casa le devuelve esa masculinidad fálica que le sirve para asesinar.
  3. A una mujer aleatoria, una madre, creemos, que espera que su hijo regrese a casa de una fiesta. La aleatoriedad es importante para que veamos que este hombre es, sencillamente, malvado.
  4. A una canguro y su pareja. Ambos se están enrollando en el sofá y además hay marihuana implicada. Precioso homenaje a la primera parte. No olvidemos que Michael Myers sale con 21 años del siquiátrico la primera vez y mata a las canguros amigas de Laurie. No mata en cambio al niño que están cuidando. Y que es, con toda probabilidad, el niño más listo y menos repelente de la historia del cine (con permiso de grandes personajes, como Knut, de Aliens).
  5. Al amigo gracioso de la nieta de Laurie. Un amigo gracioso que se ha emborrachado y que trata de besarla aprovechando una situación de fragilidad emocional. Un amigo gracioso y baboso que se excusa como un ¿amigo baboso y nada gracioso? Pues eso.

A partir de ese momento, la película se centra en lo que importa, con unos minutos centrales dominados por personajes masculinos que…

¿Qué pasa con los hombres en esta película?

¿Recordáis lo que decía más arriba de los adultos y el slasher? Sí, lo de que están ahí para demostrar su absoluta incompetencia. Pues bien, ese es el papel de la mayoría, sino todos, los hombres de esta película.

  • El sheriff que sobrevive pero es asesinado por el siquiatra loco
  • El siquiatra loco que tras 40 años de tratamiento todavía cree que hay algo que prender de Myers
  • El jefe del sheriff, que hace el mismo papel que el alcalde de Tiburón pero mucho más corto; a saber, solo sale para decir que no se va a cancelar Halloween.
  • El padre de la nieta de Laurie, que sabe no sé qué arte marcial y que muere como un pelele
  • Los policías que están vigilando la entrada a la supuesta fortaleza de Laurie
  • El novio de la nieta, un imbécil con problemas de fidelidad y de agresividad y que se queda compuesto y sin novia
  • El amigo gracioso ya comentado.
  • Y me olvidaba al padre cazador que no deja que su hijo vaya a danza.

El único personaje masculino nteligente y razonablemente sensato pertenece a una nueva generación. No tiene más allá de nueve o diez años.

Hay un punto medio en la cinta en el que solo salen hombres. Todos ellos se portan como auténticos imbéciles y, básicamente, mueren. En esas escenas, la nieta de Laurie grita, miente, corre y no sabe muy bien lo qué está pasando excepto que no puede fiarse de nadie salvo de su abuela.

Esto nos deja con una cinta en la que hay tres personajes femeninos enfrentándose a un asesino masculino que, recordemos, representa a la sociedad y a sus normas.

Las tres generaciones de mujeres y la chica final

Myers llega a la casa de la abuela Laurie, donde la policía ha llevado a la hija y a su marido. El marido ha muerto.

Myers consigue llegar a Laurie, consigue estrangularla y casi matarla. Hay una secuencia completa de Laurie caminando por la casa y accionando partes de una trampa que lleva cuarenta años construyendo. A nivel metafórico esta casa es maravillosa.

Porque las casas representan, incluso en los test de sicología, a la propia persona. Así que tenemos a Laurie que ha enseñado a su hija, cuya custodia obtuvo aunque luego se la quitaran, a defenderse del villano-patriarcado. De hecho, el propio patriarcado disfrazado de servicios sociales le ha quitado a su hija por enseñarla a defenderse contra él. Y la hija se ha puesto de parte de la sociedad. La hija creía que su madre estaba loca. Pero, amigos, a pesar de eso, aprendió lo que su madre tenía que enseñarle.

Laurie Strode

Laurie ha pasado cuarenta años construyéndose como mujer, haciéndose fuerte, recogiendo y usando recursos nuevos que no estaban a su alcance antes. Parte de ellos puramente físicos: ahora sabe disparar, como los hombres. Pero también ha cambiado a nivel interno. Tiene miedo porque sería ridículo no tenerlo, pero sabe afrontarlo. Ha puesto barreras reales en las habitaciones para acorralar al villano que viene a matarla porque no la destruyó cuarenta años antes. O, mejor, porque ella no aceptó los términos de su salvación. No ha seguido siendo una chica obediente. Se ha convertido en una mujer poderos, independiente.

Además es una mujer responsable y consciente de su obligación como madre: Si he educado a mi hija de tal manera que me odie pero he conseguido que sea capaz de defenderse, entonces me doy por satisfecha, le dice a su nieta. No es una cita, pero la frase es bastante aproximada.

Es también una auténtica maravilla como cambian las tornas entre Myers y Laurie.

Si en la primera película de la saga Michael es más difícil de matar que una plaga de pulgones y sobrevive a que le vacien un cargador completo, eso cambia en esta última cinta. Ahora es Laurie quien se ha vuelto prácticamente inmortal.

  • La estrangulan
  • Están a punto de romperle el cuello
  • Le golpean la cabeza contra una superficie dura y no le sale ni sangre
  • La tiran por el balcón

Pero sobrevive. Y no solo sobrevive, sino que gana la partida.

No nos engañemos, Myers también sobrevive a balazos varios, un atropello y algunos golpes. Es un villano de slasher nacido en los años ochenta y el que tuvo, retuvo ¿no?

Quizá sea ese el problema: el villano, el patriarcado, no cambia.

¿Qué ocurre pues, con las mujeres?

A nivel literal, las tres generaciones de mujeres, la abuela, la hija y la nieta (como en caperucita), matan al lobo.

A nivel simbólico es donde esta película es fantástica.

  • La abuela, una Jamie Lee Curtis que es la auténtica protagonista de la historia tal y como resulta evidente por el cartel, ha conseguido convertirse en una mujer fuerte que toma sus propias decisiones. Eso le ha costado sus relaciones sociales y de hecho vive tan aislada como el asesino.
  • La hija, que se ha separado de su madre porque no entendía su manera de pensar ni su radicalidad, no puede evitar saber lo que sabe. Así que colabora con su madre para atraparlo y matarlo.
  • La nieta, caperucita, una chica final de libro, inteligente y virginal como mandan los cánones, ni siquiera se enfrenta al villano pero se convierte en su heredera.

Hay una escena en la que Myers está con la nieta en un coche y no le hace ningún caso. En cambio, mata al siquiatra loco. Es genial. Myers, el villano-patriarcado, está tan roto por dentro, tan enfermo, que mata a sus adalides. Pasa de la chica final. Pasa tanto de ella que no la persigue. En cambio va a por su víctima primigenia: la mujer fuerte. Porque si Laurie se salva en la primera película gracias a su pureza, en esta se condena por su fortaleza adquirida.

Pero la mujer fuerte en 2018 no está sola. Su hija, la siguiente generación, no la comprende pero ha aprendido de ella. Y su nieta ha crecido en un entorno protegido, pero es lista y también colabora. Porque auqnue ella se haya librado, sabe que el villano no es bueno. No en vano Myers ha matado a su amigo y al único hombre que trataba de ayudarlo.

Las tres mujeres trabajan juntas para acorralar y matar a Myers en una trampa que coronan con fuego, el elemento purificador por excelencia. Después se marchan. Un camión las recoge y ellas viajan en la parte trasera. La nieta lleva el cuchillo en la mano. La cámara se detiene en el cuchillo. La música subraya el significado de esa imagen.

Y es que, en esta película, el patriarcado ha caído. Y es una mujer muy joven la que porta sus armas.

Pero esto es cine, no es la vida

No se me escapa que estamos hablando de una película entre un millón. Que esto se haya rodado de tal manera que permita esta interpretación no quiere decir que las mujeres hayamos ganado ninguna guerra. Solo apunta que se está produciendo un cambio en la visión de quienes cuentan las historias.

Eso es, precisamente, lo bueno del asunto. Las historias ayudan a conformar la sociedad, a transformarla. Y esta historia en concreto, tenga la repercusión que tenga, forma parte del corpus de nuevas visiones sobre el mundo.

Los hombres han dejado de ser, aunque parcialmente, aunque de forma marginal, los dueños todopoderosos de los destinos de todas las mujeres. Hoy, en 2018, se puede hacer una película en la que Jamie Lee Curtis sea una mujer con personalidad que trabaje mano a mano con otras mujeres para derrotar a un villano.

Incluso sin la carga simbólica que yo veo detrás, este hecho es digno de tenerse en cuenta. Sobre todo porque no se ha pervertido ninguna regla del género. Las víctimas son adultas, el villano muere a manos de la chica final, hay sangre. Todo está ahí, como siempre. Y sin embargo es diferente.

Mis disparadores de incredulidad: lo que me saca, como lectora, de una historia

Quiero hablar hoy sobre la suspensión de la incredulidad. Algo que afecta a todas las lectoras y por tanto también a mí. Pero no lo trataré como he visto que se hace en otras páginas y blogs. Os enlazo este artículo de Litreup en el que hablan de los personajes creíbles y de los manuscritos en botellas entre otras cosas. Es interesante y cubre con solvencia todo lo que ya se ha dicho. Dragón Mecánico, compañero de Sinécdoque, también lo hace estupendamente en este artículo suyo.

Qué es la suspensión de la incredulidad

Por decirlo con muy pocas palabras , la suspensión de incredulidad se produce cuando una lectora pasa por encima de lo increíble y decide creer que lo que está leyendo es posible.

Ejemplos:

“En un agujero en el suelo, vivía un hobbit.”

Esa es la frase de inicio de El Hobbit, de J.R.R. Tolkien. A la lectora le toca firmar un acuerdo con el autor según el cual va a asumir que los hobbits existen en el mundo que plantea la novela y que además viven en agujeros en el suelo. A partir de esa primera frase se construye un mundo de fantasía que se rige por unas reglas determinadas. El autor debe seguir esas reglas hasta el final de la historia para que la lectora no rompa su suspensión de incredulidad.

“Hacía un día estupendo.

Como todos los anteriores. Habían pasado bastantes más de siete hasta entonces y la lluvia no se había inventado aún. Pero las nubes que acechaban al este del Edén insinuaban que la primera tormenta estaba de camino, y que menuda iba a ser.

El ángel de la Puerta del Este se cubrió la cabeza con las alas para protegerse de las primeras gotas.”

Así comienza Buenos Pesagios, de Neil Gaiman y Terry Pratchett, donde no solo se nos pide que, como lectoras, suspendamos nuestra incredulidad, sino que se establece el tono humorístico de la obra. A partir de ahí estamos a dispuestas a creer casi cualquier cosa que pase porque ya nos han dicho que esto va de acontecimientos absurdos en un universo que posiblemente resulte disparatado.

 

Un tercer ejemplo:

“Un semestre más, mi querido lector, tienes entre tus mano este humilde boletín.”

Esta es la fórmula que Conchi Regueiro escoge para meternos de lleno, como lectoras y metalectoras, en el universo de La Moderna Atenea. Una gran novela escrita a modo de colcha de retales mediante extractos del boletín mencionado, cartas y correos electrónicos.

Cómo crear la famosa suspensión de la incredulidad en novelas de género fantástico

De verdad que no, que este artículo no pretende enseñar a nadie cómo crear personajes redondos o cómo dar con el world building perfecto. Para eso están los dos artículos que os he enlazado más arriba y otros cientos de miles de resultados que Google os devolverá solo con que escribáis las cuatro palabritas en su caja mágica.

Los disparadores de la incredulidad

Por fin me acerco a lo que de verdad quiero decir. Siento la introducción previa, pero es que para establecer un diálogo hay que dejar claro de qué se está hablando. Así que, hechas las presentaciones, vayamos ahora a lo que interesa. A saber ¿cómo se pierde la credulidad del lector? O, en otras palabras, ¿qué hace que el lector vea al autor y las costuras de la obra? ¿Es eso malo, por otra parte?

La respuesta a la segunda pregunta es que sí. Es malo, feo y una de esas cosas que, como lectora, más me repatea. Ahora os cuento por qué.

En primer lugar hay que decir que cada lectora tiene sus propios disparadores de incredulidad. Hay quien dice que si la orografía del mundo no es verosímil, dejan de leer. Hay quien traza líneas temporales porque no puede con historias que tengan huecos de ese tipo. Otros no soportan que los personajes se muevan como marionetas, o que las cosas sucedan porque sí. Los deus ex machina son la piedra de toque de casi todas las lectoras a la hora de disparar la incredulidad. Ese es el momento en el que dejan de leer. Sí, así es de malo ver las costuras de una obra.

Mi disparador de la incredulidad es, entre otros el estilo

Ha costado, pero este era el tema del que venía a hablaros hoy.

¿El estilo? Dices mientras me siento estafada ante tu blog con imagen de cabecera azul? El estilo es subjetivo, el estilo es personal, el estilo es como Moby Dick, que si te vas a cazarlo terminas jodida como Ahab.

No. El estilo es una herramienta. Una herramienta con diferentes formas. Y cada autora debe saber emplear un estilo adecuado a la obra que pretende contar. Porque el estilo también ayuda o impide la suspensión de la incredulidad en la literatura de género fantástico. En fin, y en toda la literatura.

Pongamos una novela escrita en primera persona en la que la protagonista es una profesora. O una en la que la protagonista es una niña de quince años, también contada en primera persona. Pongamos que la narradora habla del terror que le produce una situación particular.

Imagino que estaremos de acuerdo en que una profesora no habla igual que una alumna. Imagino que también coincidiremos en que el tipo de frases y la paleta de significados que emplearemos para pintar una escena alegre no es la misma que la que usaremos para hablar de pánico o tristeza.

Sí, hay genios capaces de pintar la desolación bajo los rayos del sol en un paraje mecido por la fresca brisa de un verano que rozaba la perfección. Pero pocas autoras son genios. Incluso las autoras buenas y muy buenas solo son buenas o muy buenas.

Así que las buenas y muy buenas profesionales de la literatura se preocupan de su estilo. Porque un estilo cuidado funciona mejor que un estilo descuidado a la hora de transmitir lo que sea que deseamos transmitir.

Dame pistas ¿Qué es el estilo descuidado?

Veréis, es justo lo opuesto al cuidado. Un estilo cuidado es preciso mientras que el estilo descuidado es torpe. Las escritoras que cuidan sus escritos emplean un vocabulario rico, pero no rimbombante. Usan construcciones variadas y crean un ritmo dinámico. Pero no se lían con artificios alambicados y cosas raras.

Ejemplo de estilo cuidado:

“La principal característica de Jimena desde el mismo instante de su nacimiento fue su suerte negativa, la misma que lleva a tantos desgraciados a partirse las narices al tropezar en la única piedra del desierto o a morir por la última bala de una guerra.”

Conchi Regueiro La Moderna Atenea

 

Segundo ejemplo:

“—¿Lo que? —dijo el Andrés, y nada, en cambio, el galgo. Porque lo había entendido perfectamente, sin moverse, sin haberse reunido nunca antes, sin haberse repartido jamás ni una moneda, ni un cigarrillo siquiera, con ellos. Lo vio primero, como la primera vez, agachado, desnudo, con una lanza. “Maldito, te veré colgado, abierto en canal, me reiré de tus humeantes vísceras, rojas y azules.”

—Se dice el qué, no lo lo qué —se oyó Juan, tembloroso ante la sorpresa del Andrés, que se puso pálido, o lo parecía[…].”

Ana María Matute, Algunos muchachos

 

En esos dos párrafos, tan distintos, no hay grandilocuencia, ni más complejidad que la de haber buscado las palabras precisas para que los textos se comprendan y para algo más: para que la lectora lea lo que la autora ha querido decir.

Conchi Reguiro introduce ese “partirse las narices” con una socarronería gallega que dice mucho del personaje que habla (es este un fragmento de carta al director del Boletín alrededor del que se articula La Moderna Atenea).

Ana María Matute antepone un adjetivo; humeantes vísceras y ahí radica la emoción principal de su párrafo, la violencia.

¿No echáis nada de menos en esos párrafos?

Ninguna de estas dos autoras necesita llenar su prosa de los elementos que destacan como luces rojas de semáforo en medio de una autopista en los textos que yo llamo torpes.

No veréis en esas pocas líneas más que un único verbo ser. Tampoco hay gerundios.

No, no es que les tenga manía al ser, estar, parecer, tener, a los gerundios, a las perífrasis o a los adverbios usados desaforadamente. Ni es que yo esté obsesionada, es que la mayoría de las veces no son necesarios. De hecho, hacen daño. Mucho. A la prosa y a la bendita suspensión de incredulidad.

Lastran un buen texto. Los seres, estares y perífrasis cargan de palabras párrafos que podrían ser mucho más cortos si se escribiesen empleando el vocabulario adecuado. Y sí: menos es más. Cuando escribes, quieres que te entiendan, pero también quieres causar un impacto determinado, una emoción o transmitir una idea. Pues bien, el impacto se pierde cuando das rodeos en forma de perífrasis.

Ejemplo:

“La principal característica que empezó a mostrarse en el mismo momento de su nacimiento fue que tenía mala suerte negativa. La misma que lleva a tantos desgraciados a soler partirse las narices al acabar tropezando en la única piedra del desierto o a morir por la última bala de una guerra”

Este párrafo (perdona, Conchi) dice exactamente lo mismo que el que he transcrito más arriba, pero mucho peor. Hay que leerlo varias veces para comprender su significado, se pierde el sentido del humor. Es una porquería de párrafo.

Y eso que solo le he añadido un par de perífrasis. Sí, una de ellas con gerundio.

¿Por qué esto dispara mi incredulidad?

Pues lo acabo de decir: porque tengo que leer dos veces un mismo párrafo para saber lo que la autora quiere decirme. Y eso me saca inmediatamente de la historia.

Pasa lo mismo cuando en lugar de emplear las formas del verbo, conjugadas como la gramática manda, la autora coloca una forma del verbo ser y un participio: “estaba vestida con un traje azul” en lugar de “vestía un traje azul” o “llevaba un traje azul” o “un traje azul colgaba de su esqueleto”.

Torpeza vs Pereza

Leo muchos textos que abundan en este tipo de torpezas. Algunos son descuidados, otros son torpes, otros perezosos.

Torpeza

Tengo que reconocer que la torpeza en sí no me molesta. Sobre todo no me molesta en autoras jóvenes con ilusión por trabajar y mejorar. El estilo se pule leyendo, escribiendo y aceptando críticas. Con criterio, ojo. Todas las críticas no son acertadas. Ni siquiera las mías. Ni siquiera las hechas con la mejor intención.

La torpeza, digo, no me molesta porque a escribir bien se aprende. Si se quiere. Si se tiene un cierto respeto por la profesión o la afición de una, que en este caso es la literatura. Cualquier primera obra estará, con toda probabilidad, mejor escrita que la segunda o la tercera. Siempre que haya voluntad de aprendizaje.

Yo tengo el secreto deseo de que cada uno de mis relatos esté mejor escrito que el anterior. Quiero que cada novela corta, que cada cosa que escriba, gane en precisión, en riqueza semántica, en simbología… Y que al mismo tiempo sea asequible para un público más amplio.

Pereza

Me molesta la desidia, me molesta la pereza. Saca lo peor de mí que autoras incapaces de leerse desde fuera o de aceptar que no saben lo suficiente digan que el estilo es subjetivo y que por tanto todo lo escrito es igualmente válido. Me molesta hasta la urticaria galopante porque esas autoras no quieren escribir bien, quieren que las lean. Y sí, hay una diferencia.

Desde mi punto de vista, las defensoras de que todo en literatura es subjetivo no quieren ser escritoras, no quieren trabajar sus textos. Pero quieren ser consideradas buenas escritoras.

Hola: quiero ser campeona olímpica, pero no quiero entrenar.

No tengo nada en contra de la gente que escribe textos ligeros, sin mucho cuidado y que dice: ¡Eh! He escrito esto, no tiene muchas pretensiones, pero entretiene. Igual te divierte. Son personas que escriben se lo pasan bien y no se enfadan si una lectora les dice: qué divertido, un poco simple, el estilo un poco basto, pero me ha hecho la tarde muy amena. Tampoco se enfadan si una editorial les rechaza un manuscrito.

Todo lo contrario a esas autoras que creen que escriben bien y que no trabajan su prosa porque ellas ya lo saben todo. Esas que, cuando reciben críticas o rechazos debido a la pobreza de su estilo, enarbolan la bandera de “el arte es subjetivo” en lugar de coger un bolígrafo rojo para identificar dónde han fallado.

Sí, el estilo inadecuado, las incorrecciones gramaticales, al abuso de los verbos débiles, los gerundios mal empleados… Todo eso hace peor un texto. Afortunadamente, el posible aprender a manejar el lenguaje. Es posible y satisfactorio. Además, no se vuelve atrás. Una vez que aprendes a escribir un poco mejor, ya no puedes escribir peor. Así que, por favor, tómate el tiempo necesario para leer con los ojos abiertos. Tú escribirás mejor y yo disfrutaré más de lo que escribes.

Gracias.

 

 

Cosas que sé

Pienso a veces en salir a la calle y caminar

hasta que se me desgasten las suelas,

hasta la última lágrima.

Pero sé que mi límite está en el restaurante de ahí abajo.

Sé también que las lagrimas no acaban.

 

Pienso en comer hasta embotarme o en beber

hasta perder la forma y el seso,

hasta conocer por su nombre a las gaviotas.

Pero sé que los pájaros me comerán los ojos.

Sé también que el exceso no cura, engorda.

 

Pienso en pedirte que me mates justo ahora.

Que me apagues el dolor,

que me pares el mecanismo de la angustia.

Pero sé que si te ofrezco el cuello blanco y puro

lo retorcerás

sin llegar a quebrarlo.

Ha llegado Sinécdoque

Ha sido una semana intensa. Anoche ya no me aguantaba las ansias enteras y verdaderas de contar por fin qué es Sinécdoque y mis compañeros (seres de luz donde los haya) me han permitido escribir esta entrada. Para que os hagáis una idea, el hype interno que llevaba yo ayer en mi mismidad me llevó a esto:

El origen de Sinécdoque

Allá por Noviembre tuvo lugar una conversación en Twitter. Una de esas polémicas absurdas acerca de la publicación tradicional, la autopublicación y que si una es mejor que la otra o no. En mitad de la misma, mi unicornio interior dijo:

-Pues yo lo que quiero es formar una comunidad de autores que escriban por encargo para una comunidad de lectores. Sí, que escriban por encargo pero lo que ellos quieran. Porque los lectores se suscriirán a esa comunidad sabiendo que esos autores, los que la forman, escriben géneros que les gustan. Ya sabéis, como un Netflix de Autores.

Y desde entonces llevamos trabajando para poder ofreceros una plataforma de suscripción muy muy barata que podáis exprimir al máximo. Así que…

¿Qué es Sinécdoque?En palabras de Rafa de la Rosa, Sinécdoque se crea como una biblioteca de relatos digital, una plataforma de lectura con tarifa plana: tú pagas 1$ al mes y tienes acceso a todos los relatos que los autores de Sinécdoque vayamos publicando.

Dicho así parece poca cosa. Hay muchos autores de disciplinas variadas que ofrecen su obra por un precio más que asequible. La mayor diferencia entre ellos y nosotros es que nosostros somos siete. Es decir, por 1USD al mes tendrás acceso a dos relatos cada dos semanas (una media de 4 relatos al mes), nacidos de cabezas diferentes, lo que significa:

  • Géneros diferentes

  • Estilos diferentes

  • Puntos de vista diversos

  • Enfoques distintos

  • Rock & Roll

En serio, te llevas lo mejor de la literatura independiente multiplicado por cuatro (y ya sé que parezco la Teletienda, pero es que estoy emocionada). De todas formas…

No te vayas todavía, aún hay más

 

¿Cómo trabaja Sinécdoque?

Porque a priori, tener siete autores no te garantiza nada. Podríamos ofrecer cuatro bodrios de relatos y quedarnos más anchos que largos. Claro, que los siete que andamos metidos en esto compartimos el respeto por nosotros mismos y por los otros seis. Además de una ética del trabajo incorruptible (que sí, tope de grandilocuencia, pero no es grandilocuente si es real y es real) y las ganas de que esto funcione. Porque la cosa no es solo ofrecer lo máximo a lo que lleguemos por el mínimo posible. No solo eso.

La cosa es demostrar que el oficio de escritor puede ser un oficio en absoluto solitario. Y demostrar que los autores podemos ser solidarios unos con otros. Y generosos. Y que sabemos mantener nuestros globos hinchados de ego bajo control.

¿cómo trabajamos? Pues en equipo, gentes de internet. Tampoco es que estemos escribiendo una novela a catorce manos (aunque ya se está hablando).  Pero nuestro flujo de trabajo, basado en Drive y en Trello, es este:

  1. Autor encantado de sí mismo (o más bien temblando por la que le vaya a caer), pone su maravillosa obra en Drive y anuncia que ha llegado a su deadline. Sí, sus peces han muerto por el camino, ha habido divorcios por falta de interés y le ha crecido todo el vello corporal, pero el relato está ahí, bien visible para los otros seis.
  2. Seis autores, que estaban haciendo su propia escribición, afilan las garras y se lanzan a editar el documento de Drive.
  3. Cuando ya no queda títere con cabeza y el autor number one ha subido ya a la azotea más cercana se le dice: Todo guay, ahora corrige ya si eso.
  4. El autor llora, se abraza, tiembla, se acurruca en un rincón.
  5. Por fin, corrige y acepta o no las siempre bienintencionadas (o no) sugerencias de sus compañeros de Sinécdoque. Luego, tocado ya por lo que nosotros denominamos “primera corrección” (porque es lo que es, en fin), sube una segunda versión del relato a Drive y…
  6. Bingo, llega una segunda corrección.

Todavía no se ha dado el caso de que hayamos rechazado un relato, porque somos muy buenos aceptando sugerencias y agachando las orejas cuando corresponde. Pero en los estatutos de Sinécdoque (*anota redactar los estatutos cuanto antes) existe una cláusica que nos permite no publicar un relato si no pasa los filtros de calidad de la mayoría.

Vamos, que lo que ofrecemos al lector final está muy muy pulido.

¿Y quiénes formamos Sinécdoque?

Puedes vernos a todos en este hilo de aquí:  este hilo.

Pero te hago una lista para que no enloquezcas:

Ese link gordo de ahí abajo te llevará a Sinécdoque. Ha sido secreto hasta hoy excepto para tres grupos de personas, que lo conocieron este lunes: mis suscriptores de la lista de correo, los de Rafa de la Rosa y los de mi Patreon, porque no tiene mucho sentido mantener dos plataformas iguales.

Porque sí: Sinécdoque se aloja en Patreon.

 

Hemos hecho un vídeo para contarlo con muchas menos palabras que aquí, pero de momento solo está el teaser…

Y ahora sí, si te quedan ganas después de todo este rollo:

 

Nos vemos en Sinécdoque

¡Oops!  Una cosa más: Lo que hay colgado allí ahora son siete ejemplos abiertos al público para que vayáis viendo lo que os váis a encontrar. El lunes 15 colgaremos los dos primeros relatos Premium. A esos no tendrás acceso si no te suscribes, Así que… Suscríbete ya!!!!!!!!

 

 

 

4 Cosas que busco como lectora de terror

 

lectora de terror

Algunas veces me han preguntado qué busco como escritora de terror. La respuesta a eso es sencilla: crear mal rollo. Lo he dicho en muchos sitios. Que no me asusto escribiendo y que me asusto poco leyendo. Claro, con esos mimbres (los de no asustarse), cuando esta tarde me ha asaltado la pregunta, me he quedado un poco patidifusa porque no tenía respuesta. Pero me he parado a pensarlo y sí. Sí que hay algunas cosas que busco como lectora de terror. Ya me contaréis si coincidimos.

1.- Cuéntame algo que me sorprenda, por favor

Creo que esto es lo que más valoro de cualquier tipo de lectura. El factor sorpresa es importante. No es lo que busco siempre, pero es uno de los efectos que más valoro en una obra de terror. Por eso me ponen muy de los nervios las novelas que veo venir desde lejos. O aquellas que se limitan a usar mosntruos para contar historias humanas corrientes. Os contaré un secreto. Entrevista con el Vampiro me gustó mucho porque me enamioré del vampiro flojeras (el que luego hizo Brad Pitt), pero nunca leí ese libro como si fuera terror. No me asusté, no me dejó poso de mal rollo… Nada. Para mi fue un romance devastador, pero no me dio miedo. Aunque conservo la novela y ha sobrevivido a todas mis donaciones masivas, no es por el terror. Y mira que tiene de todo:

  • Vampiros
  • Nueva Orleans
  • Cementerios
  • Peste
  • Muerte
  • Asesinatos
  • Traiciones
  • Niñas repelentes con malas pulgas

Lei Entrevista con el Vampiro a una edad en la que era yo muy impresionable y la sorpresa de ver por primera vez vampiros que hablaban de lo que más me interesaba entonces, me fascinó. Y es que, chorreras y mansiones de lujo a parte, la reflexión acerca del valor de la vida de esta novelita rosa venida a más, me tocaron. Pero no, no me dio lo que buscaba como lectora de terror.

2.- Emocióname siempre

Esto es trampa, porque una no siempre está, como lectora ni como persona, con el cuerpo emocionable. A veces te acercas al libro equivocado en el momento equivocado y no se disfruta. No es culpa de la novela, no es culpa de la lectora. Pero estas cosas pasan. Si termino un libro y cuando lo cierro estoy igual que antes de abrirlo, para mí ese libro es un fiasco. reconozco que me ha pasado con la gran mayoría de los relatos de Poe. Ahora los leo como estudiante. pero, como lectora de terror, me parecieron una colección de fobias personales totalmente ajenas. Lógico si lo piensas. Eran los terrores de Poe, no los míos.

En cambio, he disfrutado mucho de Experimental Film, tal como digo en esta entrada. Una novela larga, espesa, pero que atacó directamente a todas las zonas menos protegidas de mi cabecita de lectora de terror. Qué se yo. A veces estas cosas te pillan con la guardia baja y es lo que pasa. Sin ánimo de nada, me atreveré -porque soy una inconsciente- a decir que el primer relato de mi colección, Inquilinos, produce un poco ese efecto de desasosiego, aunque solo al final. También se trata la maternidad, aunque de una forma mucho más descarnada. También hay una protagonista fuerte y también hay un ambiente que parece una cosa pero es otra.

Entendedme, Experimental Film no se parece en nada a Visita de Cortesía, pero tienen un algo común. Si alguno habéis leído ambas, ya me contaréis.

3.- Déjame mal cuerpo. Esta lectora de terror quiere pensar

Quizá este gusto mío por las historias que me revuelvan meninge y tripas de manera simultánea sea lo que hace que las historias que escribo también se pasen de reflexivas. No lo sé. El hecho, es que me pasa la cabeza lo mismo que con el corazón: si no me lo sacude bien, no creo que un texto merezca relectura o que invierta en él más tiempo del debido. He hablado muchas veces de lo que somos los lectores. Los lectores deberíamos ser aquello que un autor más respete. Porque, bueno, cuando leo un texto escrito por otro, estoy invirtiendo en esa actividad algo que nunca regresará: mi tiempo. Envejezco cuando leo. me queda menos vida cuando he terminado un libro que antes de empezarlo. Así que espero que esa inversión tenga un retorno, que sea para algo.  Si no es así, si no me enriquece, pues no me interesa seguir leyendo.

He pensado con algunos libros muy inteligentes de terror. Amatka, que se vende como CiFi porque es una distopía, es un magnífico libro de terror que habla de la capacidad de destrucción y de creación de la especia humana. También habla del arma más despiadada y más peligrosa que poseemos: el lenguaje, en cuanto que conforma el pensamiento y por tanto la realidad. De vez en cuando todavía le doy vueltas a esta novela. Y me dejó mal. Mal, pero con ganas de escribir. Eso siempre es bueno.

4.- Hazme pasar un buen mal rato

A fin de cuentas la literatura es entretenimiento. Muchas cosas más, pero siempre entretenimiento. Si no me lo paso bien cuando leo, procuro cerrar el libro. Soy muy fan de Stephen King a pesar de los pesares. Sí, tiende a perder el norte hacia el final. Sí, tiende a repetirse. PERO, siempre me vuelan sus novelas entre las manos. IT y Apocalipsis son dos de mis favoritas. La primera porque soy público objetivo de todo lo que tenga adolescentes margindos. La segunda fue mi primera distopía, chispas. No pude separarme de ellas desde el principio hasta el final. Conservo a algunos de sus personajes vivos en la memoria. Y no estamos hablando de alta literatura, ni de las mejores novelas de Terror que yo haya leído. Solo hablo de mis favoritas, de las que de verdad me han divertido.

Como extra os diré que también busco una novela con sentido y bien escrita. Nada de ex machinas, por favor. No me gusta que me tomen por idiota aunque algunas veces me lo haga. Como lectora de terror y de cualquier género que caiga entre mis manos, me gusta disfrutar. Y me pesan muchísimo los finales que salen de las mangas como hechizos.

¿Y vosotras, lectoras mías? ¿Qué buscáis? ¿Qué encontráis? ¿Qué os decepciona?