Locura femenina y terror: Enajenadas, de Julia Montilla

¿Te has preguntado alguna vez de dónde salen todas esas mujeres despeinadas con ojeras y aspecto de ir a matar o a morir? Esta es la imagen que conjura la idea de locura femenina y terror. Algo que se explica en Enajenadas, Ilustraciones de la locura femenina en el siglo XIX. Un pequeño ensayo de Julia Montilla. Pequeño por extensión: apenas 170 páginas en un tamaño de 18 x 12 cm, muy parecido al de las fotografías aquellas que se imprimían en papel.

Pero que esas pocas páginas no te engañen. De ellas salen las explicaciones a la existencia de la loca suicida del ático en Jane Eyre, la protagonista de El papel Amarillo, de Charlotte Perkins y por eso en occidente los fantasmas femeninos japoneses han sido tan excepcionalmente bien aceptados. Aunque su origen nada que tenga que ver con la historia de la siquiatría.Enajenadas locura femenina en el siglo XIX

Y es que de eso trata este libro. La locura femenina en el siglo XIX se pintó, se grabó y se fotografió. En principio con la intención de estudiarla. El resultado final fue que esas pinturas, grabados y fotografías dibujaron el arquetipo todavía vigente de la locura femenina y terror. Los profesionales que se dedicaron a ello pasaron de ser considerados poco menos que hechiceros, a entrar en los anales de la medicina psiquiátrica. Cómo lo lograron es una historia de terror que afectó entonces a una cantidad escalofriante de mujeres. Torturas, humillaciones, manipulación, privación de libertad…

¿No se estudiaba la locura masculina?

Claro que sí. Y los métodos utilizados para ello por esos nuevos siquiatras, que se ayudaban de artistas y que cambiaron para siempre el imaginario popular, no fueron más benignos. Sin embargo, el libro de Julia Montilla habla de mujeres. Y no se trata de una decisión caprichosa. Las mujeres locas en el siglo XIX se convirtieron en un arquetipo tan poderoso que se estudia en la carrera de filología inglesa. También existe un libro titulado La loca del desván, de marcada ideología feminista. Sus autoras son Sandra M. Gilbert y Susan Gubar. Esta obra, imprescindible, de verdad, si os interesan el feminismo, la literatura -gótica o no, de terror o no- escrita por mujeres o, en fin, la literatura, sin más, habla de las escritoras y la imaginación literaria del siglo XIX.

La imaginación se excita con palabras, pero también con imágenes. Si yo te digo que describas a una loca ¿qué palabras emplearás? ¿Qué imágenes vendrían a tu cabeza? Pues la mayor parte de esas imágenes nacieron entre 1800 y 1900. Muchas de ellas debido a la manipulación del cuerpo de supuestas pacientes en sanatorios y universidades. Y esto es lo que explica Julia Montilla en Enajenadas, Ilustraciones de la locura femenina en el siglo XIX.

Para que nos quede claro cómo está organizado el contenido de este ensayo, la autora lo divide en cuatro grandes capítulos al que suma un prefacio y un epílogo.

El siglo XVIII: locura como dominación de las bajas pasiones

En este primer capítulo no se habla todavía de la locura femenina en el siglo XIX. Pero ya se aprecia esa relación entre locura femenina y terror. En aquel entonces, la sinrazón se entendía como una consecuencia de la incapacidad del ser humano para controlar sus impulsos. Lo que se llamaban pasiones. Así, existe una secuencia de grabados que narran, de manera gráfica, la decadencia de un rico heredero que despilfarra su fortuna en todo tipo de vicios. Al final de su vida de derroche, juego y prostitución, ingresa en Bedlam.

Enajenadas locura femenina en el siglo XIX

Si no sabéis lo que era esta institución, investigad un poco. Hay películas y literatura para llenar bibliotecas enteras. Para que os hagáis una idea, se trata de un lugar donde se encarcelaba a las personas que suponían una amenaza para la autoridad.

En el siglo XVIII una de las aficiones de los ciudadanos de Londres consistía en visitar a los locos encerrados en Bedlam. Como veis, 1700 no era una buena época para caer presa de la ambición, la vanidad, el alcoholismo, etc.

Si bien las imágenes sobre locura femenina y terror llegaron después, el ecosistema donde se desarrollarían las historias protagonizadas por mujeres locas sí tiene aquí su raigambre. Ese asilo que no era más que un edificio con largos pasillos, celdas minúsculas, gritos, discursos enfebrecidos y pésimas condiciones higiénicas.

La locura femenina en el siglo XIX: los seis arquetipos de Julia Montilla

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En el siglo XIX nace lo que se conocía como alienismo moral, una especie protosiquiatría, y el encarcelamiento de los locos deja de ser preventivo. Ya no se los encierra para mantener la paz social, sino como medida terapéutica. Comienza a considerarse la locura una enfermedad, lo que trae consigo algunas consecuencias incluso jurídicas.

Las nuevas formas de terapia que nacen junto al alienismo, son la moralidad y la reclusión. En teoría ya no se sujeta a los locos con grilletes, sino con conceptos como la culpa y la responsabilidad moral.

Las escritoras de terror tenemos, por lo general, muy presente este tipo de fantasmas. Y no pasa desapercibido que en el imaginario colectivo las cadenas del pecado todavía resuenan en los corredores de las mansiones góticas. Aunque ahora se han convertido en muchos casos en historias de terror basadas en el remordimiento o la angustia. Emociones que provienen, sí, del siglo XIX y la construcción de la terminología de la locura. De hecho, Barro contiene un personaje sacado directamente de esta iconografía. Un personaje que auna las características de locura y terror de al menos uno de los arquetipos de Montilla.

Aunque Julia Montilla también habla de que estas imágenes asociadas a los dementes parten de un poco más atrás, los gabinetes de curiosidades que hoy conocemos como freakshows y que se pusieron de moda en los siglos XVII y XVIII. Precursores inmediatos de aquella moda de visitar manicomios los domingos y fiestas de guardar.

¿Por qué la representación gráfica de la locura de las mujeres es tan importante a partir del XIX?

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Por otro concepto muy, muy, muy extendido. La idea de que la forma de la cara y, por extensión del cuerpo, es reflejo de la mente.

Efectivamente, el famoso dicho según el cual la cara es el reflejo del alma se traspasó al alienismo (recuerda: la primera siquiatría), así, sin anestesia. Este de hecho es el principio que Oscar Wilde se permite dar la vuelta en el fabuloso Retrato de Dorian Grey. Esa historia de miedo en la que un bello protagonista consigue que las consecuencias de sus malas acciones, alimentadas por sus bajas pasiones, no se vean reflejadas en su rostro, sino en un cuadro ciertamente sobrenatural. Os dejo el enlace al libro, que ya es de dominio público.

Esto funcionaba más o menos así: emociones normales producen contracciones de los músculos faciales normales y demuestran que la persona con la que estamos hablando es normal. Emociones anormales provocan contracciones musculares anormales y nos muestran que hablamos con locos.

El siglo XIX marcó una diferencia al establecer las emociones enfermas de hombres y mujeres. Mientras que se atribuyó a los hombres locuras combativas y agresivas, los tipos de locura femenina en el siglo XIX se centraban en la pérdida de la razón debido al sexo. Se sexualiza a la loca. Esto lo explica la autora estupendamente cuando dice que

“Por un lado, el enajenado violento evoca en el espectador masculino la autoridad física y el control; por el otro, la loca sexualizada desafía el deseo de autoridad y dominación carnal del público masculino”.

No fue hasta después de la revolución francesa que se consideró la vertiente agresiva de la locura femenina. Pero ya en 1850 había más mujeres que hombres ingresadas en asilos. El desorden mental ya se había convertido en desorden de género.

Locura femenina y terror: la evolución a partir de los seis arquetipos de la locura femenina en el siglo XIX

Si te gustan las historias de terror, si lees novelas de miedo o relatos para asustarte, estos seis arquetipos te sonarán mucho:

  • La revolucionaria
  • La envidiosa
  • La suicida: representada hasta la saciedad como Ofelia. Pero ya hablaremos de Hamlet como “novela” de terror.
  • La furibunda homicida, que puedes reconocer en Lady Macbeth porque Shakespeare lo escribió todo.
  • La liberada
  • La histérica
  • La endemoniada
  • La autómata

De todos ellos habla Julia Montilla en su libro.

La revolucionaria: representada por Théroigne de Méricourt

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Este nombre, Théoigne de Méricourt, se vincula a la lucha de las mujeres y también a la revolución de 1789. La prensa de la época la retrataba como una amazona cubierta de sangre. La apalearon brutalmente en 1793, la dejaron desnuda en la calle y esto sería, por lo visto, lo que la llevó a la locura.

Las locas decimonónicas no solo cargaban con sus traumas, cuando los tenían, sino que se les atribuían atrocidades varias. En este caso, el asesinato de maridos y amantes.

Se suponía que los retratos y grabados de estas mujeres mostrarían de manera objetiva los rasgos físicos de la locura… Lo malo era que la objetividad dependía en gran medida del talento y la intención del retratista. No os sorprenderá que os diga que todos ellos eran hombres. Así, la locura femenina y el terror nacen de la necesidad de médicos hombres de atesorar pruebas que avalasen sus conclusiones pretendidamente médicas.

La envidiosa

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La envidia se consideró en el periodo post revolucionario una enfermedad mental solo de mujeres. Esta monomanía era un problema femenino de las mujeres que se dedicaron a tareas de reclamación de la igualdad. El afán de medrar de las mujeres era, ni más ni menos, un vicio moral propio de la burguesía.

¡Viciosa! ¡Envidiosa! ¿Qué es eso de querer que te tratemos como una igual? ¿Os suena? Mary Wolstoncraft, la madre de Mary Shelley, fue tachada de loca y finamente, se suicido. Locura femenina y terror de dos tipos deferentes en una sola mujer.

La suicida

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Cuando la fotografía hizo su aparición, los alienistas se las prometieron muy felices. Se habían acabado las dudas. Una imagen tomada de la realidad no podía manipularse ¿verdad? Los casos de locura femenina en el siglo XIX quedarían documentados con imágenes de las que nadie podría dudar.

Es a partir del nacimiento de la fotografía cuando los alienistas empiezan a ser considerados profesionales serios de la medicina. Hoy sabemos que, en fin, la fotografía es tan manipulable como la palabra escrita.

Por no hablar de las manipulaciones a las que estos protosiquiatras sometían a sus modelos: las obligaban a retorcer los músculos, a posar en posturas determinadas etc.

Así nace el arquetipo de la mujer loca suicida. La foto que ves aquí, con una mujer disfrazada corresponde a una mujer ingresada en un asilo.

Pero es que además, el personaje de Shakespeare había trascendido tanto, que los médicos, para ilustrar la angustia sicológica, obligaban a sus pacientes a adoptar esa mirada lánguida y hasta las disfrazaban con tocados de flores y toda la parafernalia.

Así que, si buscáis retratos de mujeres melancólicas internadas en el siglo XIX, sospechad de la espontaneidad de la fotografía. La mayor parte de ellas eran pura escenografía. Locura femenina y terror para la contemplación que todavía nos persigue en las pantallas de los cines y en las páginas de los libros.

La furibunda homicida de Lady Macbeth

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Lady Macbeth es una historia de locura femenina y terror en ella misma gracias a su protagonista ambiciosa, malvada, sin escrúpulos… Pero nos asusta, no por su ambición, su maldad o su carecía de escrúpulos, sino porque es una mujer. Todas esas características se admiraban y se siguen admirando en los hombres. Sobre todo en el campo de los negocios.

Para crear imágenes de mujeres furiosas y capaces de matar, los médicos (sic) decidieron aplicar métodos más propios del horror en la literatura.

¿Recordáis que las emociones normales producen caras normales y la locura produce caras locas? Pues no había mejor manera para retratar la furia que aplicar a estas mujeres corrientes eléctricas que recrearan esas emociones locas. Locura femenina y terror que se veía, claro que sí, en los gestos de dolor más elocuentes.

La liberada

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A medida que la siquiatría se institucionalizó, determinadas actitudes femeninas se convirtieron, un poco por arte de magia, un poco porque sí, en patologías. Ahora, a la pareja locura femenina y terror se añade la tercera columna: ciencia para justificar las mayores aberraciones.

Lo que hacen los siquiatras es, mediante un discurso propio, formular un orden natural preestablecido. Que no existía, ojo, lo crearon ellos. Las enfermedades mentales de las mujeres del siglo XIX nacían cuando se transgredía ese orden “natural”. Por ejemplo:

  • ¿Que quieres ser médico? ¡Tú estás loca!
  • ¿Que no quieres tener hijos? ¡Loca!
  • ¿Que preferirías no casarte? ¡Loca!
  • ¿Que replicas a tu marido? ¡Loca y más que loca!

Esto fue posible, y no nos hemos librado todavía de ello, porque se otorgó un poder eterno e infinito a los valores de la burguesía, que establecía unas diferencias claras entre lo que debía ser y se esperaba de un hombre o de una mujer. Las personas no binarias no existían ni se las esperaba.

En resumen, cualquier mujer que no se plegara al marco de comportamiento de una dama burguesa estaba loca. Locura y terror, locura y desobediencia, locura y patriarcado…

Liberadas eran las femme fatale, las prostitutas. El temperamento ardiente de las mujeres las hacía débiles y proclives a caer en los peligros del intelecto… Es mucho más interesante leerlo en palabras de Montilla, de verdad. Y con un montón de bibliografía que acompaña cada postulado.

La histérica y la endemoniada[1]

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Las histéricas se convierten en locas del XIX debido a la autosugestión. Y esa autosugestión nace debido a un trauma. El no tan reputado Jean-Martin Charcot, en un alarde de enorme visión del espectáculo, replica los brotes histéricos de sus pacientes mujeres mediante la hipnosis. Locura y terror inducido a mayor gloria del médico.

Sí, sin el menor reparo, hipnotiza a sus locas decimonónicas y les induce un estado de histeria. No por nada, sino para probar sus teorías.

Es cierto que estos métodos ya levantaron ampollas en su tiempo, pero la semilla del mal estaba plantada en el fértil campo de la literatura. Gracias a Charcot, las novelas se llenaron de mujeres histéricas. Locas, muchas de ellas, que las familias mantenían encerradas en el ático de sus casas. Sí, locas del desván. Ejemplitos clásicos escritos por señores que practicaron locura femenina y terror. Aunque este último de manera más bien tangencial. Agradeceré ejemplitos escritos por señoras en los comentarios J.

  • La conquista de Plassans, de Zola
  • La Regenta de Clarín
  • La fontana de oro de Galdós.

Veremos en estas tres obras convulsiones, pasión, misticismo… una suerte de recombinación de las emociones llevadas a la enésima potencia. Algo que no se daba en hombres, solo faltaba. Hablamos de locura femenina y terror, no de locura a secas, mucho más inofensiva. La histeria es cosa de chicas y sigue siéndolo. Os recuerdo mi encuentro con un señor el otro día y cómo decidió que es que yo era demasiado sensible.

La autómata

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El apartado de la autómata es un análisis de cómo la fotografía se utilizó para torturar a las enfermas mentales recluidas en diferentes asilos. En muchas ocasiones las obligaban a posar durante horas con el fin de recabar imágenes que reprodujeran procesos. La documentación gráfica casi industrializada de locura femenina y terror.

Una teatralización del cuerpo y de la dolencia que no servía a más propósito que la confirmación de las teorías expuestas por el médico del que se tratase.

Enajenadas, Ilustraciones de la locura femenina en el siglo XIX : Conclusión

Enajenadas, Ilustraciones de la locura femenina en el siglo XIX esboza el proceso mediante el cual las mujeres nos hemos hechos las dueñas de un tipo determinado de trastornos mentales. Menciona, pero no expone de manera sensacionalista, los métodos empleados, contiene un buen montón de documentos gráficos y, sobre todo, muchísima bibliografía.

Es un libro de lectura densa que da por sabidos algunos términos y quizá habría venido bien un glosario.

La autora describe a la perfección como los inicios de la siquiatría se documentaron de tal forma que el médico y el artista bien colaboraban o bien eran la misma persona. La influencia de las imágenes de locura femenina y terror llegan hasta nuestros días. Se ven en obras literarias de terror como La chica descalza en la colina de los arándanos, por ejemplo. Aunque Nieves Mories ejerce como nadie la subversión. Se ve en algunos personajes de La maldición de Hill House, aunque pueden pasar desapercibidos. Y toda la serie American Horror Story está llena de referencias. Por poner apenas unos ejemplos posiblemente menos terroríficos que la realidad.

Cómo crear terror, dar miedo

Esta es una buena novela de terror que incumple algunas de las cosas que os cuento en el post. Así es la vida del las autoras de terror…

De hecho, aunque el terror no sea lo tuyo, estoy segura de que, como lectora, habrás encontrado estos tipos de mujer en un montón de libros. Locura femenina y terror se dan la mano en gran cantidad de obras literarias de todos los géneros. Y en muchos de ellos las mujeres que los representan no estarán tratadas como mujeres sanas, sino como locas a las que, como poco, se les va ligeramente la pinza ¿me equivoco? Si estoy en lo cierto, déjame el título y el tipo de mujer en los comentarios. A ver cuántos conseguimos juntar.

De momento, os dejo mi propia versión de locura femenina y terror: La esposa número 13, un relato antiguo, pero matón 😉

¡Buenas noticias! ¡La autora ha publicado el PDF en su web y se puede consultar públicamente!


[1] Aunque Montilla les da apartados separados, y bien que hace porque ambos son muy interesantes, yo coloco estos dos tipos juntos. En realidad el apartado de la endemoniada lo usa la autora para explicar el proceso por el que la posesión diabólica pasó a considerarse histeria.

 

La esposa número trece

relatos de terror de escritoras españolas

Un halo de luz brillante la distinguía de la multitud. Por lo demás no había nada de especial en ella. Piel tersa de juventud cubría sus venas, la cantidad correcta de colágeno rellenaba sus labios. No podía mencionarse la belleza cuando se hablaba de ella; salvo por una cualidad acuática, transparente, que ofrecía un contraste irresistible con el nimbo que la rodeaba. Si bien las auras de las doce esposas anteriores habían mostrado tonalidades sanguinas, desde el más rancio Borgoña hasta el Don Simón de brick, el color de la número trece gritaba con el poder de la ira roja. Un mar en llamas. Eso era.

A la criatura de la barba tupida le pareció un cambio interesante.

Anotó en su agenda que Escarlata estudiaba arte dramático en una academia de barrio cuyo acceso se bloqueaba mediante una persiana de metal. Los martes por la noche sin falta y la mayor parte de los sábados por la mañana acudía a clases en aquella academia montada en un local apenas acondicionado. Los lunes visitaba a su bisabuela en una residencia de la red pública. Solía llevarle tarros de comida para bebés. El resto de los días su rutina discurría como la de muchos otros: llevaba un negocio online de creación de contenidos, lo que la mantenía ocupada gran cantidad de horas. Compraba en un supermercado conocido por sus bajos precios y acudía a la piscina municipal tantas veces como podía.

Por supuesto, no se llamaba Escarlata.

Pero eso a la criatura de las cuentas bancarias a estallar no le importaba. Como tampoco le importaba que las únicas visitas que ella recibía, siempre de noche, fueran mujeres. Todas ellas jóvenes y atractivas de larga melena dorada y auras del color de la brisa o de la sal. Atractivas, sí,  siempre que no se anduviera al acecho de una poderosa aura roja.

Habría comprado unos prismáticos con visión nocturna de haberlos necesitado. Le encantaba leer las descripciones de los productos; cosas como “ocúltese en la noche mientras la noche se abre para usted” le resultaban sugerentes de un modo primario, tosco pero muy efectivo. Lamentaba con frecuencia que su naturaleza le negase tan poco. Aunque celebraba que sus labores de espionaje bajo la luna, o bajo el tendido eléctrico de la ciudad, no supusiesen para él más esfuerzo que ahogar un bostezo durante una representación de Turandot.

Siempre había preferido las hambras a quienes cierta carencia de refinamiento, y por tanto de doblez impostada, hacía  más vulnerables. No se le escapaba que su propio aspecto rozaba la brutalidad, por mucho que hubiera domado su cuerpo hasta convertirlo en la versión más elegante que su envergadura y su edad le permitían. Sí, era un tipo grande que se movía como un danzarín. Y las mujeres que conocían de primera mano a los danzarines de verdad solían ponerle algún obstáculo a sus deseos. Nada insalvable, claro, pero si la criatura tenía elección, se decantaría por una  presa cómoda.

Escarlata parecía cómoda.

De modo que la criatura acudió a su sastre de confianza y encargó el atuendo adecuado. No lo confeccionarían allí, claro que no, pero los buenos profesionales a los que se entregaba sabrían dónde encontrar un par de pantalones vaqueros desfondados, unas pocas sudaderas con aspecto de necesitar la jubilación y unas zapatillas deportivas tan viejas que diera pena mirarle a los pies. No se había vestido tan mal desde que había aprendido que vestirse y confundirse con la gente resultaba más beneficioso que asustarla.

Perdió los dedos cortos en la barba tupida mientras se miraba en el espejo. Los de ambas manos quedaron ocultos bajo la salvaje mata de pelo. Pagó el exiguo precio de los artículos que se llevaba y una cantidad mucho más abultada por los servicios de quienes se los habían proporcionado. Luego se fue.

Las noches de los martes tocaba técnica interpretativa así que Escarlata interpretó el papel que le habían concedido. Lo condujo con excepcional precisión.

—Escarlata —contestó cuando el nuevo le preguntó su nombre.— Y tú debes de ser Barbazul.

—No sobreactúes, querida.

El monitor sonreía, las manos a la espalda, la barbilla muy cerca del pecho de manera que una especie de moño ridículo que llevaba en la parte de atrás de la cabeza apuntaba hacia el techo.  Querida Escarlata sonrió también. No se disculpó, pero mostró su acuerdo con un gesto dulce desmentido por un destello repentino de su aura. La fascinación que ese estertor de luz roja provocó en la criatura de apetito desmedido no podía compararse con nada que hubiera conocido antes de ese momento.

—Repetid la escena, por favor. Barbazul —el monitor soltó una risita desagradable cuando usó el apodo —creo que te vas a quedar con el nombre.

La criatura encogió sus enormes hombros dentro de una de las sudaderas. Le daba completamente igual.

—Bueno, pues Barbazul entonces. Vuelve a preguntarle.. Y, querida, recuerda: este es un tipo que intimida y tú te sientes fuera de lugar. Intenta no parecer… ya sabes.

El monitor se acercó a una esquina de la sala, apagó tantas luces como hizo falta para crear la ilusión de un entorno callejero y tomó su bastón de mando, una vara negra en cuya empuñadura se dibujaba un tridente.

La segunda vez salió mejor, los dos protagonistas llevaron el guion, ridículo por otra parte, hasta la línea en la que prometían verse de nuevo. Al final de la clase, todos, incluido el monitor, llevaron su arte hasta un bar cercano y tomaron varias rondas de cerveza. Cuando Escarlata anunció que se marchaba, la criatura se ofreció a llevarla a casa.

—Si pasa algo, sal corriendo. Soy grande y poco más, pero suele bastar con eso. Con esta pinta casi nadie se me acerca nunca.

Ella rio y su aura se transformó en una superficie de burbujeante y sincera alegría. La criatura sintió cómo todo rodaba por el rail que había construido para la ocasión y se pasó la lengua por los labios. El pelo de la barba, demasiado larga, le resultó desagradable. Anotó en su libreta mental pedir una cita en la barbería. Para un retoque. Solo un retoque.

Caminaron por las calles oscuras y más o menos bien pavimentadas. En los lugares en los que escaseaban las farolas, la criatura parodiaba a los detectives y pistoleros de la televisión: se apostaba en las esquinas, blandía un arma inexistente y se aseguraba de que el paso estuviese franco.

—Qué tonto eres —decía Escarlata cada vez.

La secuencia se repitió a lo largo de las semanas siguientes. Supo que no debía esperar más el día ella le propuso que la acompañara a la residencia.

—La bisi quiere conocerte. Le he hablado de ti. Dice que, si tan grande eres, deberías ayudarme a cargar con los potitos.

La criatura rió.

—Creo que lo que busca en realidad es que le llevemos más. Odia la comida que les ponen allí.

—Tus deseos son órdenes.

A Escarlata, decía, no le gustaba que la criatura dijese ese tipo de cosas.

—A lo mejor tú no lo sabes, pero las palabras están cargadas de poder.

Claro que la criatura lo sabía. No habría sobrevivido durante tanto tiempo si no conociera en su totalidad el poder de las palabras.

Llevaron muchos tarros de papilla infantil a la residencia y la bisabuela pidió a Barbazul —así lo llamó cuando se dirigió a él— que le dejara acariciarle la barba.

—Agáchate —ordenó— Me levantaría, pero cada vez que me pongo en pie siento que docenas de cuchillos se me clavan hasta las caderas. Y aféitate —añadió—. Así no hay manera de verte la cara.

—No, bisabuela —contestó él—. Si me afeitara me pasaría como a Sansón. Perdería mi fuerza. Además, soy un monstruo muy feo y su bisnieta dejaría de quererme.

La bisabuela arrugó la boca en un remedo de sonrisa que consiguió que el resto de su cara se transformase en algo parecido a un albaricoque reseco.

—¿Así que eso es lo que pasa aquí? ¿Mi bisnieta te quiere y tú llevas esa barba tan larga para que te quiera mejor?

—Eso creo yo, sí.

Eso era lo que la criatura creía, sí.

—Entonces, si de verdad te quiere, te tendrá.

Barbazul sonrió.

—Hasta que la muerte nos separe.

La bisabuela, que seguía con las manos hundidas en la poblada barba de la criatura, las sacó de allí y le apretó las mejillas con manos nudosas, secas y más fuertes de lo que cabría esperar.

—O a lo mejor un poco más.

Escarlata no dijo gran cosa durante aquella visita. Tampoco dijo gran cosa el día de su boda. Había escogido un vestido corto por encima de la rodilla, de un color blanco roto que acentuaba su aura encarnada. La criatura disfrutó de su regreso a la ropa elegante, de confección. Temblaba de tensión anticipatoria cuando los invitados se marcharon y pudo, al fin, quedarse a solas con la novia.

—Así que eres rico.

—Muy rico.

—Me pregunto qué más no sé de ti.

—Yo me pregunto por qué te has casado conmigo si en tu pasado solo hay mujeres.

—¿No las hay también en el tuyo?

—Al menos doce —gorjeó la criatura. El sonido de su risa no se correspondía con su aspecto fiero. Hacía mucho tiempo que no se divertía. No recordaba la última vez que había encontrado con quien jugar.

—¿Qué fue de ellas?

—Se fueron cuando ya no tenían nada que ofrecerme ¿Qué pasó con las tuyas?

—Ellas me han dado lo que ves y ahora no están, pero regresaré a su lado. Pronto.

La criatura disfrutaba con las variaciones de tono en el aura de la novia, de la esposa, ya. Un rojo fluctuante como el de la sangre arterial o el de las amapolas. Un rojo que crecía y se intensificaba. Un rojo por el que valía la pena esperar.

—Ya sabes que tus deseos son órdenes. Si quieres llamarlas, llámalas. Cualquier cosa que pueda darte, te la ofrezco. Quiero que ahora mismo hagamos un trato de recién casados.

—¿Un trato que respetarás pase lo que pasé?

La criatura asintió con la firmeza de las cosas que se repiten por decimotercera vez.

—Dime, pues, qué trato es ese.

—Estas son las llaves de todo lo que tiene llave en esta casa. Puertas, ventanas, armarios, cajones, arcones, escondrijos. Las pongo en tus manos. Puedes abrir todo lo que abren y puedes disponer de ello como mejor te parezca.

Escarlata tomó en sus manos la ofrenda, que no era de amor.

—Ahora mi parte del trato.

—No he terminado con la mía.

—Pero es mi deseo decirte ahora lo que quiero a cambio de convertirme en la depositaria de estas llaves.

Algo se cerró alrededor del cuello de toro de la criatura.

—Y mis deseos son órdenes.

Algo, que no era otra cosa que el poder de las palabras, apretó con más fuerza. El aura roja de su esposa no parecía ya tan roja. Lazos morados se entretejían con la luz de rubí.

—Tus órdenes —dijo él con voz estrangulada.

—Deseo que me des también la llave pequeña y oxidada que guardas en lo más profundo de tu bolsillo y deseo que no digas una sola palabra más.

A medida que hablaba, el rojo desapareció por completo. También el morado, que fue sustituido por azules y verdes, por turquesas y zafiros y algas y grises de madreperla.

Así terminó la criatura con los labios sellados, privado de todo su poder. Sólo que aquel no fue el final de la criatura, sino el principio. El final llegaría mucho después, en su cámara oculta, cuando las doce esposas anteriores dejaran de atormentarle más por aburrimiento que por otra cosa. Una eternidad rodeado de los espíritus mutilados de mujeres atractivas que nunca habían poseído un aura roja. Mujeres que en cambio habían dispuesto de mucho tiempo para convertir en ira el dolor y el olvido.

No se llamaba Escarlata; tomó la argolla en la que tintineaban las llaves y buscó la costa. Durante el camino tarareaba una canción que siempre le había gustado: En el fondo del mar, matarile, rile, rón.

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