¿Mi primer Pratchett?

¿Mi primer Pratchett?

Estaba seguro de que tenía unos dieciséis años y que JV, de cuya mano llegaban siempre las novedades en cómic, cine y literatura, se había presentado con una novelita de portada desquiciante que después supe que era obra de Josh Kirby. Estaba seguro de que nos había dicho: «Tenéis que leer esto». Esto era «El color de la magia», escrito por un tal Terry Pratchett que no me sonaba de nada. Estaba seguro de que me dio igual, porque JV nos había traído a tita Úrsula y, si decía que había que leerlo, es que había que leerlo. Estaba totalmente seguro de todo eso hasta que miré las fechas; y nada encaja, así que no debió de ser así como descubrí Mundodisco.

Sí recuerdo sin lugar a dudas que aquello no había por dónde cogerlo. Era una risa constante. Ya en aquél momento pensé, y sigo pensando desde entonces, que si «El Quijote» se hubiese escrito hoy, lo habría hecho Pratchett. Mundodisco se mofaba del género fantástico y, de paso, un poco también del de terror. Era una amalgama de clichés llevados al extremo y, por reducción al absurdo, demostraba que se podía hacer fantasía riéndose de la propia fantasía. De la que se suponía fantasía seria, claro.

Hasta entonces, las obras de fantasía que yo había leído estaban cargadas de una solemnidad presente incluso cuando el texto era ligero (por ejemplo, el «Egidio» de Tolkien). Y si no era la solemnidad el rasgo más pronunciado, entonces era la tristeza o la nostalgia. Pratchett había hecho una ensalada de topicazos y la había aliñado con abundante gas de la risa, y gotas de delirio en sus deliciosas notas al pie marca de la casa. Así que ese fue el motivo por el cual me enganché, al principio: para ver qué nueva herejía había cometido y contra qué género, o personaje, o cliché.

Tardó poco en tocar fibra sensible, la verdad. «Ritos iguales» («Equal Rites», el tercer libro de Mundodisco) era a la vez una sátira amable de Terramar de mi querida tita Úrsula y un alegato por la igualdad de derechos (como su título original deja bastante claro, por otra parte). Esto ya es más serio. No por atreverse a enmendarle la plana a Le Guin, porque tampoco había tenido reparos en hacerlo antes con H. P. Lovecraft o con Robert E. Howard, sino por tratar un tema tan ajeno a los cánones establecidos para la literatura fantástica como el feminismo.

Podría parecer un caso aislado, y quizá no fue más que un experimento. Lo que sí es cierto es que sentó precedente en su obra, porque comenzó la fusión de elementos aún más alienígenas para la literatura fantástica al uso. Aparecen referencias a Shakespeare, al cine de Hollywood, a la mitología egipcia, a la filosofía griega, a la novela de detectives, ¡a Fausto…! Y todo funcionaba, de una manera o de otra. Teniendo en cuenta que la idea subyacente era (si no recuerdo mal) que Mundodisco existe realmente porque, al ser infinito el Universo, en alguna parte tenía que existir, ¿por qué no iba a tener una evolución paralela a la de la Tierra?

Joshua Sammy dijo: «Discworld has always been about change. Every single book involves a major change in one way or another»[1], y ahí reside una de las principales diferencias con la literatura fantástica que yo solía consumir: las cosas cambian. Incluso cuando, como en «Pirómides», están condenadas a no cambiar, cambian. Y eso es un elefante en la cacharrería de los imperios milenarios a los que me tenían acostumbrado. «El Señor de los Anillos», para mí entonces el canon del género fantástico, es absolutamente inmovilista. El intento de cambiar las cosas de Melkor se narra como herejía, traición y maldad. Toda la obra gira en torno a la restauración del orden encarnado por la monarquía en Gondor y, por extensión, en toda la Tierra Media. Lo estático es bueno, lo cambiante es maligno. La evolución no existe, o es a peor.

Mundodisco rompe con esa idea. Las cosas cambian porque tienen que cambiar. No hay nada que podamos hacer para evitarlo. Las sociedades progresan y, con ellas, sus ideas. O quizá es al revés. Que en «El Segador» se haga referencia a las consecuencias del consumismo y a los movimientos de derechos civiles es algo impensable en la fantasía canónica.

Pero claro, es que entre «El color de la magia» y «El Segador» habían pasado ocho años para Pratchett. Los que van desde los treinta y cinco hasta los cuarenta y tres, que ya es una edad. Concretamente, la edad suficiente para ser mi padre (su hija es dos años menor que yo). En esos ocho años, no sólo Mundodisco había evolucionado, sino también el estilo y la temática del autor.

Esos ocho años fueron sólo tres para mí, porque aunque «El color de la magia» lo leí traducido, para mí «El Segador» será siempre «Reaper Man», circunstancia que me ahorró un año de espera (compré la edición de Corgi, que salió un año más tarde que la de Gollancz, o hubiese esperado un año menos todavía). Yo era otra persona, entonces. JV apenas era un recuerdo del pasado, mi cabeza estaba en otras cosas más adultas como terminar la carrera y el servicio militar, la relación con mi novia que ya duraba tantos años como los que había estado leyendo a Pratchett, y la perspectiva de un trabajo o, al menos, de buscarlo.

Supongo que el que ese crecimiento que yo había experimentado haya ido acompañado del crecimiento del mensaje de las obras de Pratchett ha influido en que haya seguido leyéndole. Cuando lo que lees está en sintonía con tu estado mental, anímico o de madurez, no se produce el rechazo que sientes a veces por obras que te parecen «demasiado infantiles» o «demasiado profundas».

No sé decir a partir de qué punto llegué a la conclusión de que Terry Pratchett había abandonado la sátira amable al género para pasar a difundir su crítica de la sociedad disfrazada de humor. Y su crítica es feroz. Neil Gaiman dijo: «There is a fury to Terry Pratchett’s writing: it’s the fury that was the engine that powered Discworld. […] The anger is always there, an engine that drives. […] And that anger, it seems to me, is about Terry’s underlying sense of what is fair and what is not. It is that sense of fairness that underlies Terry’s work and his writing.»[2] Las sucesivas relecturas de los textos de Pratchett, sobre todo de los más recientes, me permitieron comprobar hasta qué punto es cierto eso. Imagino que el haber llegado a los cincuenta años me habrá dado también una perspectiva distinta desde la que mirar esos textos.

Durante treinta y dos años, Sir Terence David John Pratchett, caballero de la Orden del Imperio Británico, más universalmente conocido como Terry Pratchett o incluso Pterry, nos tuvo engañados. O quisimos vivir engañados por él. Quisimos creer que estábamos leyendo por las risas, porque era fantasía pero divertida, en vez de pensar que nos estaban hablado de feminismo, de xenofobia, de integración, de diversidad, de capitalismo, de pacifismo, de racismo. Y no, era todo eso. En plan jaja-mira-qué-gracioso-pero-no.

Y cuando un autor deja tan claros sus principios y resuenan tanto con los propios, ¿cómo no quererle?

Hasta siempre, Terry. «A man is not dead while his name is still spoken».

[1] Joshua Sammy, «How Terry Pratchett’s Discworld Has Evolved», The Artifice, 25/07/2013 (https://the-artifice.com/terry-pratchett-discworld-has-evolved/)

[2] Neil Gaiman, extracto de la introducción a «A Slip of the Keyboard», de Terry Pratchett. (Tomado de https://www.theguardian.com/books/2014/sep/24/terry-pratchett-angry-not-jolly-neil-gaiman).

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