Mis disparadores de incredulidad: lo que me saca, como lectora, de una historia

Quiero hablar hoy sobre la suspensión de la incredulidad. Algo que afecta a todas las lectoras y por tanto también a mí. Pero no lo trataré como he visto que se hace en otras páginas y blogs. Os enlazo este artículo de Litreup en el que hablan de los personajes creíbles y de los manuscritos en botellas entre otras cosas. Es interesante y cubre con solvencia todo lo que ya se ha dicho. Dragón Mecánico, compañero de Sinécdoque, también lo hace estupendamente en este artículo suyo.

Qué es la suspensión de la incredulidad

Por decirlo con muy pocas palabras , la suspensión de incredulidad se produce cuando una lectora pasa por encima de lo increíble y decide creer que lo que está leyendo es posible.

Ejemplos:

“En un agujero en el suelo, vivía un hobbit.”

Esa es la frase de inicio de El Hobbit, de J.R.R. Tolkien. A la lectora le toca firmar un acuerdo con el autor según el cual va a asumir que los hobbits existen en el mundo que plantea la novela y que además viven en agujeros en el suelo. A partir de esa primera frase se construye un mundo de fantasía que se rige por unas reglas determinadas. El autor debe seguir esas reglas hasta el final de la historia para que la lectora no rompa su suspensión de incredulidad.

“Hacía un día estupendo.

Como todos los anteriores. Habían pasado bastantes más de siete hasta entonces y la lluvia no se había inventado aún. Pero las nubes que acechaban al este del Edén insinuaban que la primera tormenta estaba de camino, y que menuda iba a ser.

El ángel de la Puerta del Este se cubrió la cabeza con las alas para protegerse de las primeras gotas.”

Así comienza Buenos Pesagios, de Neil Gaiman y Terry Pratchett, donde no solo se nos pide que, como lectoras, suspendamos nuestra incredulidad, sino que se establece el tono humorístico de la obra. A partir de ahí estamos a dispuestas a creer casi cualquier cosa que pase porque ya nos han dicho que esto va de acontecimientos absurdos en un universo que posiblemente resulte disparatado.

 

Un tercer ejemplo:

“Un semestre más, mi querido lector, tienes entre tus mano este humilde boletín.”

Esta es la fórmula que Conchi Regueiro escoge para meternos de lleno, como lectoras y metalectoras, en el universo de La Moderna Atenea. Una gran novela escrita a modo de colcha de retales mediante extractos del boletín mencionado, cartas y correos electrónicos.

Cómo crear la famosa suspensión de la incredulidad en novelas de género fantástico

De verdad que no, que este artículo no pretende enseñar a nadie cómo crear personajes redondos o cómo dar con el world building perfecto. Para eso están los dos artículos que os he enlazado más arriba y otros cientos de miles de resultados que Google os devolverá solo con que escribáis las cuatro palabritas en su caja mágica.

Los disparadores de la incredulidad

Por fin me acerco a lo que de verdad quiero decir. Siento la introducción previa, pero es que para establecer un diálogo hay que dejar claro de qué se está hablando. Así que, hechas las presentaciones, vayamos ahora a lo que interesa. A saber ¿cómo se pierde la credulidad del lector? O, en otras palabras, ¿qué hace que el lector vea al autor y las costuras de la obra? ¿Es eso malo, por otra parte?

La respuesta a la segunda pregunta es que sí. Es malo, feo y una de esas cosas que, como lectora, más me repatea. Ahora os cuento por qué.

En primer lugar hay que decir que cada lectora tiene sus propios disparadores de incredulidad. Hay quien dice que si la orografía del mundo no es verosímil, dejan de leer. Hay quien traza líneas temporales porque no puede con historias que tengan huecos de ese tipo. Otros no soportan que los personajes se muevan como marionetas, o que las cosas sucedan porque sí. Los deus ex machina son la piedra de toque de casi todas las lectoras a la hora de disparar la incredulidad. Ese es el momento en el que dejan de leer. Sí, así es de malo ver las costuras de una obra.

Mi disparador de la incredulidad es, entre otros el estilo

Ha costado, pero este era el tema del que venía a hablaros hoy.

¿El estilo? Dices mientras me siento estafada ante tu blog con imagen de cabecera azul? El estilo es subjetivo, el estilo es personal, el estilo es como Moby Dick, que si te vas a cazarlo terminas jodida como Ahab.

No. El estilo es una herramienta. Una herramienta con diferentes formas. Y cada autora debe saber emplear un estilo adecuado a la obra que pretende contar. Porque el estilo también ayuda o impide la suspensión de la incredulidad en la literatura de género fantástico. En fin, y en toda la literatura.

Pongamos una novela escrita en primera persona en la que la protagonista es una profesora. O una en la que la protagonista es una niña de quince años, también contada en primera persona. Pongamos que la narradora habla del terror que le produce una situación particular.

Imagino que estaremos de acuerdo en que una profesora no habla igual que una alumna. Imagino que también coincidiremos en que el tipo de frases y la paleta de significados que emplearemos para pintar una escena alegre no es la misma que la que usaremos para hablar de pánico o tristeza.

Sí, hay genios capaces de pintar la desolación bajo los rayos del sol en un paraje mecido por la fresca brisa de un verano que rozaba la perfección. Pero pocas autoras son genios. Incluso las autoras buenas y muy buenas solo son buenas o muy buenas.

Así que las buenas y muy buenas profesionales de la literatura se preocupan de su estilo. Porque un estilo cuidado funciona mejor que un estilo descuidado a la hora de transmitir lo que sea que deseamos transmitir.

Dame pistas ¿Qué es el estilo descuidado?

Veréis, es justo lo opuesto al cuidado. Un estilo cuidado es preciso mientras que el estilo descuidado es torpe. Las escritoras que cuidan sus escritos emplean un vocabulario rico, pero no rimbombante. Usan construcciones variadas y crean un ritmo dinámico. Pero no se lían con artificios alambicados y cosas raras.

Ejemplo de estilo cuidado:

“La principal característica de Jimena desde el mismo instante de su nacimiento fue su suerte negativa, la misma que lleva a tantos desgraciados a partirse las narices al tropezar en la única piedra del desierto o a morir por la última bala de una guerra.”

Conchi Regueiro La Moderna Atenea

 

Segundo ejemplo:

“—¿Lo que? —dijo el Andrés, y nada, en cambio, el galgo. Porque lo había entendido perfectamente, sin moverse, sin haberse reunido nunca antes, sin haberse repartido jamás ni una moneda, ni un cigarrillo siquiera, con ellos. Lo vio primero, como la primera vez, agachado, desnudo, con una lanza. “Maldito, te veré colgado, abierto en canal, me reiré de tus humeantes vísceras, rojas y azules.”

—Se dice el qué, no lo lo qué —se oyó Juan, tembloroso ante la sorpresa del Andrés, que se puso pálido, o lo parecía[…].”

Ana María Matute, Algunos muchachos

 

En esos dos párrafos, tan distintos, no hay grandilocuencia, ni más complejidad que la de haber buscado las palabras precisas para que los textos se comprendan y para algo más: para que la lectora lea lo que la autora ha querido decir.

Conchi Reguiro introduce ese “partirse las narices” con una socarronería gallega que dice mucho del personaje que habla (es este un fragmento de carta al director del Boletín alrededor del que se articula La Moderna Atenea).

Ana María Matute antepone un adjetivo; humeantes vísceras y ahí radica la emoción principal de su párrafo, la violencia.

¿No echáis nada de menos en esos párrafos?

Ninguna de estas dos autoras necesita llenar su prosa de los elementos que destacan como luces rojas de semáforo en medio de una autopista en los textos que yo llamo torpes.

No veréis en esas pocas líneas más que un único verbo ser. Tampoco hay gerundios.

No, no es que les tenga manía al ser, estar, parecer, tener, a los gerundios, a las perífrasis o a los adverbios usados desaforadamente. Ni es que yo esté obsesionada, es que la mayoría de las veces no son necesarios. De hecho, hacen daño. Mucho. A la prosa y a la bendita suspensión de incredulidad.

Lastran un buen texto. Los seres, estares y perífrasis cargan de palabras párrafos que podrían ser mucho más cortos si se escribiesen empleando el vocabulario adecuado. Y sí: menos es más. Cuando escribes, quieres que te entiendan, pero también quieres causar un impacto determinado, una emoción o transmitir una idea. Pues bien, el impacto se pierde cuando das rodeos en forma de perífrasis.

Ejemplo:

“La principal característica que empezó a mostrarse en el mismo momento de su nacimiento fue que tenía mala suerte negativa. La misma que lleva a tantos desgraciados a soler partirse las narices al acabar tropezando en la única piedra del desierto o a morir por la última bala de una guerra”

Este párrafo (perdona, Conchi) dice exactamente lo mismo que el que he transcrito más arriba, pero mucho peor. Hay que leerlo varias veces para comprender su significado, se pierde el sentido del humor. Es una porquería de párrafo.

Y eso que solo le he añadido un par de perífrasis. Sí, una de ellas con gerundio.

¿Por qué esto dispara mi incredulidad?

Pues lo acabo de decir: porque tengo que leer dos veces un mismo párrafo para saber lo que la autora quiere decirme. Y eso me saca inmediatamente de la historia.

Pasa lo mismo cuando en lugar de emplear las formas del verbo, conjugadas como la gramática manda, la autora coloca una forma del verbo ser y un participio: “estaba vestida con un traje azul” en lugar de “vestía un traje azul” o “llevaba un traje azul” o “un traje azul colgaba de su esqueleto”.

Torpeza vs Pereza

Leo muchos textos que abundan en este tipo de torpezas. Algunos son descuidados, otros son torpes, otros perezosos.

Torpeza

Tengo que reconocer que la torpeza en sí no me molesta. Sobre todo no me molesta en autoras jóvenes con ilusión por trabajar y mejorar. El estilo se pule leyendo, escribiendo y aceptando críticas. Con criterio, ojo. Todas las críticas no son acertadas. Ni siquiera las mías. Ni siquiera las hechas con la mejor intención.

La torpeza, digo, no me molesta porque a escribir bien se aprende. Si se quiere. Si se tiene un cierto respeto por la profesión o la afición de una, que en este caso es la literatura. Cualquier primera obra estará, con toda probabilidad, mejor escrita que la segunda o la tercera. Siempre que haya voluntad de aprendizaje.

Yo tengo el secreto deseo de que cada uno de mis relatos esté mejor escrito que el anterior. Quiero que cada novela corta, que cada cosa que escriba, gane en precisión, en riqueza semántica, en simbología… Y que al mismo tiempo sea asequible para un público más amplio.

Pereza

Me molesta la desidia, me molesta la pereza. Saca lo peor de mí que autoras incapaces de leerse desde fuera o de aceptar que no saben lo suficiente digan que el estilo es subjetivo y que por tanto todo lo escrito es igualmente válido. Me molesta hasta la urticaria galopante porque esas autoras no quieren escribir bien, quieren que las lean. Y sí, hay una diferencia.

Desde mi punto de vista, las defensoras de que todo en literatura es subjetivo no quieren ser escritoras, no quieren trabajar sus textos. Pero quieren ser consideradas buenas escritoras.

Hola: quiero ser campeona olímpica, pero no quiero entrenar.

No tengo nada en contra de la gente que escribe textos ligeros, sin mucho cuidado y que dice: ¡Eh! He escrito esto, no tiene muchas pretensiones, pero entretiene. Igual te divierte. Son personas que escriben se lo pasan bien y no se enfadan si una lectora les dice: qué divertido, un poco simple, el estilo un poco basto, pero me ha hecho la tarde muy amena. Tampoco se enfadan si una editorial les rechaza un manuscrito.

Todo lo contrario a esas autoras que creen que escriben bien y que no trabajan su prosa porque ellas ya lo saben todo. Esas que, cuando reciben críticas o rechazos debido a la pobreza de su estilo, enarbolan la bandera de “el arte es subjetivo” en lugar de coger un bolígrafo rojo para identificar dónde han fallado.

Sí, el estilo inadecuado, las incorrecciones gramaticales, al abuso de los verbos débiles, los gerundios mal empleados… Todo eso hace peor un texto. Afortunadamente, el posible aprender a manejar el lenguaje. Es posible y satisfactorio. Además, no se vuelve atrás. Una vez que aprendes a escribir un poco mejor, ya no puedes escribir peor. Así que, por favor, tómate el tiempo necesario para leer con los ojos abiertos. Tú escribirás mejor y yo disfrutaré más de lo que escribes.

Gracias.

 

 

4 comentarios en “Mis disparadores de incredulidad: lo que me saca, como lectora, de una historia”

  1. Es una reflexión interesante, y seguramente acertada. Es durillo ver que no solo hay que tener las ideas y las ganas de contar, hay que trabajar la forma. Gracias por el articulo

  2. Como ya hemos hablado mucho de este tema, no te voy a insistir. Bueno, sí, qué leches. Que esto te pasa porque sabes escribir, y ya. Yo no sé fijarme en esas cosas. Quiero decir, si lo que leo me suena artificioso, sí que me saca de la historia, pero suele ocurrir más por el tono que por la forma de construir frases.

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