El barril de amontillado – Edgar Alan Poe



Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.

-¡Amontillado!

-Tengo mis dudas.

-¡Amontillado!

-Y he de pagarlo.

-¡Amontillado!

-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá…

-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.

-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.

-Vamos, vamos allá.

-¿Adónde?

-A sus bodegas.

-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi…

-No tengo ningún compromiso. Vamos.

-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.

-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.

Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.

Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.

El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.

-¿Y el barril? -preguntó.

-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.

Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.

-¿Salitre? -me preguntó, por fin.

-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?

-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!…!

A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.

-No es nada -dijo por último.

-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi…

-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.

-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.

Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.

-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.

Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.

-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.

-Y yo, por la larga vida de usted.

De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.

-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.

-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.

-He olvidado cuáles eran sus armas.

-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.

-¡Muy bien! -dijo.

Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.

-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos…

-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.

Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.

Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.

-¿No comprende usted? -preguntó.

-No -le contesté.

-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?

-¿Cómo?

-¿No pertenece usted a la masonería?

-Sí, sí -dije-; sí, sí.

-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?

-Un masón -repliqué.

-A ver, un signo -dijo.

-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.

-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.

-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.

Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.

Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.

En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.

-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi…

-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.

En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.

-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.

-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.

-Cierto -repliqué-, el amontillado.

Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.

Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.

Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.

Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:

-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!

-El amontillado -dije.

-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.

-Sí -dije-; vámonos ya.

-¡Por el amor de Dios, Montresor!

-Sí -dije-; por el amor de Dios.

En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:

-¡Fortunato!

No hubo respuesta, y volví a llamar.

-¡Fortunato!

Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

Felicidad por acumulación



Anoche vi esto, de casualidad.

Llevaba todo el día preguntándome qué es la prosperidad, por qué me crea conflictos personales la necesidad de acumular cosas que en realidad tiene tan poco que ver conmigo y me lo encontré en La 2 a las diez y diez de la noche.



Una delicia. El documental habla de cómo se programa la vida útil de un producto para estimular la compra periódica de ese producto. Yo conocía la historia de las media de nylon, pero muchas de las otras no.



Desde el año pasado por estas fechas mi vida ha consistido en un deshacerse de cosas sin sustituirlas por cosas nuevas. Desde los muebles, hasta los libros y los CDs. He comprado una cámara de fotos, un televisor y un ordenador. No he cambiado de móvil, no he comprado música salvo de manera digital y sólo he comprado la ropa que necesitaba. Esto ni siquiera incluye un abrigo. Este invierno lo he heredado de mi hermana pequeña 🙂



Por algún motivo, esto ha conseguido que me sienta mal, poco próspera, poco sofisticada. Junto con la liberación que supuso donar mis muebles, hacer espacio en mis estantes y limpiar las paredes, vinieron varios sentimientos de inadecuación y culpa.



Estos días escucho a menudo The fear, de Lily Allen “I am a weapon of massive consumption. It´s not my fault, it´s how I am programmed to function”.



Me pregunto muchas cosas y tengo respuesta para muy pocas. Me pregunto si mi necesidad de ser una mujer sofisticada es real o se trata de una búsqueda de identidad más grupal que individual. Me pregunto si cuando compro algo lo compro porque lo quiero o porque algún mandamiento me impele a comprarlo. Me pregunto si realmente busco la felicidad a través de la acumulación de objetos. Y me pregunto sobre todo si, de ser la respuesta a estas preguntas la que sospecho, seré capaz de cambiar la programación y convertirme en un individuo sano, capaz de distinguir sus anhelos reales de los creados.



Me pregunto si la vida es viable con un modelo económico que no se base en el crecimiento desbocado del consumo. Me pregunto a quién beneficia que una parte importante de la población viva para consumir. Me pregunto si yo estoy dispuesta a cambiar mi modo de vida y renunciar a nuevos modelitos, a perfumes caros, a nuevos aparatos que me hagan las cosas más fáciles y placenteras. Me pregunto, con cierta ansiedad, si seré capaz de encontrar mi felicidad en la amistad, el conocimiento, la fotografía incluso.



De momento sólo me lo pregunto.

The Secret. Tip of the day III

A Secret Scrolls message from Rhonda Byrne

Creator of The Secret and The Power



To celebrate the end of the year, and to guarantee that 2011 is your absolute best year yet, this Secret Scrolls contains one of the life-changing revelations from the book The Power, and one of the most powerful processes you can do in your life.

Whether you realize it or not, you bring everything to you through the power of your imagination. The power of imagination is not something you have to acquire; you have it already! You think in images even if you aren’t aware that you do, and you use imagination or imaging every single day of your life. When you think about the past you are imagining. When you think about the future you are imagining. And as you imagine and concentrate on anything with feeling, you are bringing it to you.

When you worry about something, you are using your immense power of imagination negatively. You are imagining the worst, and as you imagine the worst, you are bringing it to you. When you are excited about something, you are using your power of imagination positively. You are imagining the best, and as you imagine the best, you are bringing it to you.

Using the power of your imagination is something that comes to you naturally, but I want you to understand something about your imagination that will change your life: Whatever you can imagine already exists! You simply can’t imagine anything unless it exists already, because when you imagine something you are actually tuning into a particular frequency, and if that frequency didn’t exist in the Universe you wouldn’t be able to tune into it. So when you imagine yourself with something you want you are tuning into a real thing that already exists, and you are looking at the very frequency of you with your desire!

Now I am going to take you step by step through a revolutionary process using your imagination from the book The Power.

First, imagine something that you really want. It could be money, health, a particular job, a partner, a vacation, happiness, or anything else. Imagine yourself with your desire; close your eyes and really get the picture of yourself with your desire.

Pay special attention to what you see about yourself in your imagined picture. Notice how you are talking. Notice how you are moving. Notice how you are walking. Notice how you are acting. Notice how you are feeling. Look at everything about yourself in your imagined picture, but in particular, notice how happy you are! Capture every detail that you can, and open your eyes.

Understand that the picture you just imagined of yourself with your desire exists already! You know it exists because if it didn’t exist how could you tune into it? How could you see it in your imagination? When you imagined yourself, you were looking at the actual real version of you with your desire!

Can you see the difference between yourself right now and your imagined picture of yourself? Because your job is to become as much like the version of yourself in the picture as you can! Walk like that now. Talk like that now. Act like that now. Feel the same as that, now. Become as happy as that person, now. Be that person, now! When you become the person in your imagined picture you have shifted yourself to th
e frequency of your desire, and it must and will appear. Your imagination is showing you precisely the person you need to become. It is showing you what you look like and how to act and feel so that you can copy it and become that person!

To help you become more and more like the person in your imagination, practice closing your eyes and seeing yourself in the imagined picture with your desire as many times as you want. Seeing the imagined picture of yourself will continuously remind you how you need to be, feel, and act. Then come out of your imagination and go about your day doing your best to act and feel like that person, now. You will be amazed at how little copying it takes before you see the evidence that your desire is coming.

This is one of the most powerful processes you can ever do to make your desires appear with lightning speed. This process is based on the physics of the Universe. Use it! Practice it! You have The Power to your life; every force in the Universe will do anything for you, but you have to use The Power that you have!



Happy Christmas, Happy Holidays and a Happy New Year, and may joy be with you in every moment,



Rhonda Byrne

The Secret and The Power… bringing joy to billions

Rosa Jiménez – Mi vida dentro

FEAT-VIVIREn este artículo se explica en pocas palabras la historia de Rosa. En esta página se puede ver el documental que la explica en imágenes. Yo seré breve: Rosa es una inmigrante ilegal que cuidaba un niño en Texas, donde vivía con su marido y su hija. Un día se distrajo, el niño se tragó varias toallas de papel y murió. Ahora Rosa está en la cárcel con un par de condenas, una de ellas de 99 años por asesinato.

Si veis el documental quizá entendáis por qué no pude quedarme sentada en el sillón, sin más. Los argumentos de la fiscal eran: hay un niño muerto, hay una mejicana sin papeles, ella es culpable. No importó que la defensa probase sin lugar a duda que era imposible que nadie hubiese obligado al niño a tragarse la toalla, ni que dejase claro a todas luces que la actuación de la policía y de los técnicos sanitarios tuvo mucho que ver en la muerte del bebé. En el documental aparece parte del juicio. En él se ve lo peor de lo malo del sistema americano. El mismo que en ficción permite hacer alegatos finales que terminan con un “ahora imaginen que la niña es blanca”.

No puedo, no me sale, escribir un párrafo perfecto acerca de la vulneración de derechos, de las irregularidades del juicio, de la discriminación por raza. No puedo. Lo que me revuelve la conciencia, lo que de verdad me lleva a escribir esto y compartirlo, es que es mentira que Rosa matara al niño y sin embargo está encarcelada por ello. Es mentira.

Es tan mentira como todas esas mentiras tontas que contamos: que alguien besó a alguien, o que alguien ha robado algo o cualquier cosa. Mentimos. Mentimos, a menudo, para ocultar que hemos metido la pata, para echar balones fuera, para eludir responsabilidades. Mentimos porque si es necesario que haya un culpable, mejor que sea otro.

Un par de días después de ver el documental, el verano pasado, escribí a Rosa a la cárcel de Austin donde está. Lo hice con miedo y con vergüenza. Espero que también con humildad, aunque no se me da bien ser humilde. Le pedía permiso para difundir su caso y le ofrecía mi oído o al menos mis ojos sobre el papel porque en ocasiones es mejor llorar con un extraño para no preocupar a la familia.

Hoy me ha llegado su respuesta. Son cinco páginas de letra redondita, en papel pautado de una raya, mi favorito. Son hojas de cuaderno con margen rojo a la izquierda. Comienza con un hola y luego me pregunta cómo estoy, como si me conociera de toda la vida. Me pide disculpas por haber tardado en responder y me cuenta en muy pocas líneas que está sola y que se siente diferente, más dura.  Dice que en ocasiones intenta que la vean como es en realidad, pero que sólo la miran como a una asesina de niños. Dice también que procura entenderlos.

Me habla de sus niños: Brenda de 8 años, 9 en enero, y Emanuel de 6, 7 en abril. No le dejan verlos porque no le está permitido tratar con menores de edad. Habla también de su madre y de la única amiga que ha hecho en prisión.

No conservo la carta que le escribí yo y que recuerdo animada, pero algo debí de decir porque ella me escribe este párrafo: “Todos cometemos errores. Aún nosotras, que nos han lastimado, también lastimamos a nuestros seres queridos. Eso no quiere decir que tienen que odiarnos; no, amiga, la vida está llena de errores y hay que darle otra oportunidad a esas personas que te lastiman”.

Luego me pide que no tarde en contestar, me da las gracias por haberle ofrecido mi amistad y me da permiso para publicar su dirección por si alguien más quiere escribirla.

Es esta:

Rosa E. Jiménez – 1326763

Crain Unit

1401 State School Rd.

Gatesville, Texas 76599

USA

Además me ha mandado una tarjeta muy bonita que ha hecho ella. La de la foto. Y una huella de su mano con una gran sonrisa.

Lo que más me ha impresionado es la serenidad con la que escribe. Es muy joven, unos 25 años ahora. Parece mayor y parece en paz. Dice que conserva la esperanza de salir y ver el mar. No lo conoce porque  su madre nunca pudo llevarles a verlo cuando vivía en Méjico.

Yo no puedo llevarla al mar, no puedo sacarla de la cárcel, pero puedo difundir su historia y puedo pediros que vosotros también lo hagáis.

Si se os ocurre de qué otra manera podemos echarle una mano, decídmelo. Todos tenéis mi correo.

De momento muchas gracias por leer.

El secreto – tip of the day

FEAT-VIVIR“How do I stop my negative thoughts?” – is a question that I have been asked many times. If you have ever asked this question then you will feel such enormous relief in knowing the answer, because it is so simple. How do you stop negative thoughts? You plant good thoughts!

When you try to stop negative thoughts, you are focusing on what you don’t want – negative thoughts – and you will attract an abundance of them. They can never disappear if you are focused on them. The “stop” part is irrelevant – the negative thoughts are your focus. It doesn’t matter if you are trying to stop negative thoughts or control them or push them away, the result is the same. Your focus is on negative thoughts, and by the law of attraction you are inviting more of them to you.

The truth is always simple and it is always easy. To stop negative thoughts, just plant good thoughts! Deliberately plant good thoughts! You plant good thoughts by making it a daily practice to appreciate all the things in your day. Appreciate your health, your car, your home, your family, your job, your friends, your surroundings, your meals, your pets, and the magnificent beauty of the day. Compliment, praise, and give thanks to all things. Every time you say “Thank you” it is a good thought! As you plant more and moregood thoughts, the negative thoughts will be wiped out. Why? Because your focus is on good thoughts, and what you focus on you attract.

So don’t give any attention to negative thoughts. Don’t worry about them. If any come, make light of them, shrug them off, and let them be your reminder to deliberately think more good thoughts now.

The more good thoughts you can plant in a day, the faster your life will be utterly transformed into all good. If you spend only one day speaking of good things and saying “Thank you” at every single opportunity, you will not believe your tomorrow. Deliberately thinking good thoughts is exactly like planting seeds. As you think good thoughts you are planting good seeds inside you, and the Universe will transform those seeds into a garden of paradise. How will the garden of paradise appear? As your life!

 

May the joy be with you,


Rhonda ByrneThe Secret and The Power… bringing joy to billions

Lo que encuentra una mientras hace limpieza

Sara. Le habían puesto Sara como a la esposa de Abraham. Y como Sara, Sara no quería esperar, ni tenía la seguridad, ni la fe de que llegara un hijo tardío.

Había salido del supermercado con prisa de martes. Detestaba los martes, que no quedaban cerca de los domingos ni de los viernes. Odiaba que los martes se llenasen la pescadería y la carnicería de clientes aviesos que rechazaban las ofertas del lunes y que no esperarían, tampoco ellos, a que el género se hubiese hecho viejo el sábado.

Los martes el color rosado de los muslos de pollo y las líneas de grasa blanca del salmón se le volvían más que nunca recordatorios de cadáveres descuartizados; y los uniformes verdes de los empleados con sus gorros, sus delantales, sus guantes de látex, se transformaban en batas de forenses descuidados, salpicados, siempre sucios, cortando, rasgando,abriendo, pesando.

Sara huía todos los martes de la sangre y de los pensamientos circulares. Se acercaba a un centro comercial apenas estrenado donde a la gente lo mismo le daba comprar un día que otro. Entre los suelos pulidos y las paredes de texturas exóticas, los pasillos y sus plantas liofilizadas, sus luces de colores, siempre era fin de semana. Así que, como cada martes, Sara caminaba despacio. No miraba los escaparates con carteles chillones, ni los carritos de la limpieza, ni los desconchones inexplicables junto a las salidas de emergencia. Avanzaba poco a poco y con cada paso se desprendía de las quejas de los transportistas, de las manos enrojecidas de los pescateros, de las losetas de granito desgastado a las que miraba mientras compartía el descanso con sus compañeros. Hasta que llegaba, transformada en una Sara renacida, a su tienda de discos favorita. Los dependientes del turno de tarde la conocían y la saludaban con el afecto indiferente que se siente hacia el muñeco que lleva años en la cabecera de la cama. Y Sara hacía lo posible por extraviarse entre las hileras de CDs.

Los amigos de mis amigas

FEAT-VIVIRNo sé si por suerte o por desgracia, conozco poco a l@s novi@s o maridos o mujeres de mis amig@s. Y menos aún a los exes. Además les conozco de manera injusta.

Al hilo de mi comentario acerca de la queja surgió la idea de que, claro, entre amigos compartimos lo bueno y lo malo, sí, pero si ponemos una cosa y otra en la balanza, lo malo se comparte muchísimo más. Si un novio hace algo que te duele o te molesta, a la mejor amiga que va. Si tu mujer no responde a tus expectativas, a tus amigos que te quejas. Y de tus amigos obtienes comprensión, consuelo y consejo. Y a unas malas se forma un gabinete de crisis en el que se crucifica al malo de la película. Así se le purifica mediante el crimen simbólico ritual (no habré mandado yo sicarios imaginarios a romperles las piernas a novios capullos…)

¿Pero qué pasa cuando los novios, maridos y mujeres se portan de manera encantadora, cuando hacen exactamente lo que queremos de ellos e incluso más? Pues por regla general no pasa nada. A mí pocas veces ha venido un amigo a decirme: “tía, ayer mi novio me trató como a una reina, me sentí con él genial, fue uno de los mejores momentos de la relación”. Y no sé si porque lo bueno lo damos por supuesto y entonces lo valoramos menos, o porque no queremos compartir lo bueno o porque nos da vergüenza.

La cuestión es que las ofensas se traducen en aquelarres y maldiciones oscuras, pero las bondades no se traducen en fiestas y fuegos artificiales, así que yo tengo retratos muy poco favorecedores de los novios ajenos porque tengo muchos y muy precisos detalles de sus ofensas y pocos y muy difusos datos acerca de sus bondades.

Me repito y me repetiré, me temo, estos días, pero ¿podemos esforzarnos en hacer más caso a lo bueno que a lo malo? Me encantaría creer que las parejas de mis amigos se merecen a mis amigos. Al menos las actuales y al menos a partir de ahora 🙂

Doña Sol, la maldición de las guapas

Letra de León y Valverde (Capricornio y acuario, respectivamente)
Musica de Manuel Quiroga (Acuario)

I

Fue doña Sol de Saavedra
dama de ilustre blasón,
sobre su escudo de piedra
campeaba un corazón.

La cortejaban todos
los caballeros
y el que más la quería
era un torero,
calé y hermoso,
que en la plaza de Ronda
se hizo famoso.

Y a su palacio sombrío
de la cale de Alcalá,
para vencer su desvío
el torero fué a cantar:

Estribillo

Doña Sol, lucero mío,
eres tú lo que más quiero.
Es muy pobre mi cuna
para tu señorío,
pero más que a mi virgen
de San Gil te venero.
Doña Sol, lucero mío,
tu querer me embrujó,
tu querer me ha “perdío”,
y mi vida te he dado,
doña Sol, lucero mío.

Y hasta aquí el primer acto. Doña Sol vive en su casa de la Calle de Alcalá, ajena a los amores del torero. Ni los ha provocado, ni los ha alentado. Ella va a lo suyo, espantando moscones. Y llega este hombre, que ha triunfado en la plaza de Ronda, que además es gitano y que lo que le dice, de visillo para afuera es: ¡Eh!¡Moza! Que me has gustado mucho, que no tengo un duro y tú estás forrada y que además te voy a tratar como a una santa.

Ella no dice ni mú. Al fin y al cabo es una señorita bien que tiene dónde elegir, que posiblemente escoja a alguien con quien tenga algo más en común, de quien pueda esperar una mejora o al menos una consolidación patrimonial. Alguien que además la quiera aunque no vaya gritándolo por las calles. Alguien payo, casi seguro. Escogerá a quien le de la gana, que para eso es guapa y tiene apellidos y escudo de armas.

Pero es que a estas alturas el capricornio y el acuario ya nos han dicho, por boca de Concha Piquer, que el que más la quería era el torero. Y nos han enseñado que el amor es lo que importa y sólo con ese verso, ya se anticipa que Doña Sol va a ser una harpía.

Y comienza el segundo acto

II

Por su desdén frío y mudo,
dijo con ciega pasión:
-El corazón de tu escudo
es como tu corazón.
Y se puso su traje
de azul y oro,
y, buscando la muerte,
se fue “pa” el toro.
¡Brava faena!,
pues su sangre y su vida
dejó en la arena.

Y al conducirlo entre flores
por la calle de Alcalá,
como un gemido de amores
doña Sol creyó escuchar:

Doña Sol, lucero mío,
eres tú lo que más quiero.
Es muy pobre mi cuna
para tu señorío,
pero más que a mi virgen
de San Gil te venero.
Doña Sol, lucero mío,
tu querer me embrujó,
tu querer me ha “perdío”,
y mi vida te he dado,
doña Sol, lucero mío.


Que el torero tenía resistencia cero a la frustración queda claro. Como cuando una mujer de esas estupendas le tira los tejos a un hombre no menos estupendo, él no le hace caso y ella suelta: “¡Ah! Será gay”. Y no, no es eso. Es que no le gustas. Y a Doña Sol el torero, plin. Pero claro, el torero es el personaje de los autores, y de la época, y es un hombre
y es torero y es gitano. Y a ver quien le dice que no a un torero gitano en aquellos años… O en estos. Que los hombres son sagrados y los toreros más…


Pero es que la cosa no termina aquí. El torero, empecinado como el solo, comete un suicidio encubierto en plena plaza de toros madrileña. Se deduce que en Las Ventas, porque luego el cortejo fúnebre tiene la mala baba de pasar por la calle de Alcalá, bajo la ventana de Doña Sol, la que no tiene más corazón que la piedra que corona su escudo, que cree escuchar el plañido del torero.

Yo elijo pensar que Doña Sol decide no sentirse culpable por algo que ni le iba ni le venía. Elijo creer que Sol acaba de recibir una declaración de amor de un banquero, conocido de la familia Salamanca, de bonitos ojos oscuros y sonrisa sincera, recios valores castizos, al que conoce de hace tiempo, con el que será razonablemente feliz.

Elijo creer que el arrebato impulsivo, el capricho del torero, no le ha rozado ni la rodela de la falda.

Porque Doña Sol, guapa o fea, rica o pobre, merece ejercitar su derecho a escoger con quien quiere pasar su vida y de qué manera quiere vivirla.

Adriana Lestido en la Casa de América

FEAT-MIRAR

Una mirada despiadada

 

Importa poco lo que yo pueda decir de esta exposición porque, afortunadamente, la página web de Adriana Lestido muestra todas las fotografías expuestas en La Casa de América hasta fin de verano.

No se trata de una exposición convencional. Al menos a mí no me lo ha parecido. Y el cartel que la anuncia resulta engañoso: sobre el título “Amores difíciles” se ve a una mujer con un delantal de cuero que empuña un cuchillo de carnicero. Al fondo unos azulejos blancos. Si uno se acerca sin ningún conocimiento previo, sin saber a lo que va, como yo, la sorpresa es mayúscula. El texto al pie de la escalera, antes de acceder a las salas, explica al menos que se trata de varias series de fotografías: Madres e hijas, madres adolescentes, mujeres presas y hospital infantojuvenil.

Me alegro mucho, muchísimo, de que sea el año 2010 y que un autor pueda colocar una cita literaria, explicativa de la obra que expone, en la entrada de la sala. Al final una obra de arte no deja de ser la obra de un autor y, por mucho que ese autor termine echándonosla a los leones, la ha realizado con una intención y con un significado. Me gusta conocer ese significado y esa intención tanto como me gusta dar a las obras ajenas mis propios significados y mis propias interpretaciones.

De las cuatro series me quedo con dos: madres e hijas y hospital infantojuvenil. Y de la primera serie me quedo con la primera historia: Eugenia y Violeta. Ambas por las mismas razones: son fotografías agresivas, desnudas, duras. El amor maternal no se da por supuesto, no se ve una felicidad explícita, prefabricada. Son todo lo contrario a esas fotos edulcoradas de madres que les sonríen a bebés pelones, todas iguales, igualmente virginales, con esa aureola de deber cumplido, de deuda satisfecha, de prueba conseguida. Yo no sé si esa madre es feliz, si se alegra de ser madre. Sé que la vida le cuesta, que está cansada, que la niña llora, que hay que bañarla, que es un ser humano independiente que quizá se ponga en situaciones de peligro para las que la madre no esté preparada o presente. No, ni idea de si esa madre es feliz, pero es una madre responsable que duerme a su hija en brazos, que se deja abrazar por ella. Es una madre capaz de ternura también. A pesar de la vida y de las dificultades. Y todo esto lo sé gracias a unas fotografías en las que lo mejor es el movimiento.

Como buena aficionada había oído hablar de que se puede fotografiar el movimiento, pero no me interesaba demasiado el tema. Bastante liada estoy tratando de que mis encuadres sean medio decentes. Pero estas series de fotografías e incluso cada una por separado no sólo captan el paso del tiempo, sino que lo transmiten de manera tan eficiente como una buena película o una buena novela. Y por eso salí impresionada.

Movimiento y una mirada despiadada.

Palacio de Cristal – Jessica Stockholder

FEAT-MIRARJessica Stockholder

Había una única razón para que yo quiesiera acercarme a ver esto que en el Reina Sofía anunciaban como una instalación visual: Sookie Stockhouse

Lo sé, no tiene sentido, pero me hacía gracia la similitud de los apellidos, así que me lo anoté en la agenda y me acerqué ayer al Palacio de Cristal, en el Retiro, la verdad es que sin mucha esperanza. El resultado fue… ¿inesperado? Siempre he sido una entusiasta de los colorines, pero nunca me han gustado lo que yo entendía como pretendidas obras de arte incapaces de despertar ni la más mínima emoción estética. Hasta que me encontré ayer con esta mujer

Si podéis acercaros a ver la instalación, hacedlo. A ser posible con tiempo, porque yo me metí a las cuatro y media de la tarde y adelgacé como tres kilos por el efecto sauna, lo cual no es muy recomendable. Y hacedlo con tiempo, porque lo que en principio parece una columna de elementos de plásticos sacados de un chino (o sea, exactamente lo que es), se integra con la estructura del Palacio de Cristal, con los colores del parque, con el resto de la instalación (un muelle de madera sobre una estrella verde y una lentejita de agua). Y de verdad que merece la pena pasar un ratito búscandole las cosquillas.

Además está hasta febrero de 2011, así que los adictos a la fotografía podrán probar con casi todos los tipos de luz madrileña excepto los de la primavera.