Inquilinos y el síndrome del impostor

¿Queréis que os cuente el cuento de Inquilinos y el síndrome del impostor?

—¡Sí!

—Claro, mujer, a eso me ha traído Google aquí.

—¡Por supuesto!

—Me da igual,  pero me gusta votar.

Muy bien, puesto que a todas os interesa esta historia menos a la que se cree que ha llegado a una encuesta de Twitter, empezaré por el principio:

Crónicas de la Dragonlance y la llamada y el rechazo de la aventura

Érase una vez una mujer que escribía, llamémosla Alicia. Había empezado a contar historias muy joven. De hecho, como a la protagonista de Desobedientes, a veces le tiraban de las orejas por exceso de imaginación; pero hasta que no leyó sus primeros libros de fantasía, no sintió la necesidad de coger un bolígrafo y un papel.

Fueron las Crónicas de la Dragonlance, de Margaret Weiss y Tracy Hickman, los libros que le pusieron la vida patas arriba. Draconianos, dragones, kenders y un mago con los ojos como relojes de arena le robaron el corazón. Tampoco haremos de menos a Tanis el semielfo.

Pero no vamos a hablar de las veleidades amorosas y platónicas de Alicia, sino de su síndrome del impostor. Y para eso tenemos que seguir con este viaje de la heroína.

Porque, sí, Crónicas de la Dragonlance fue la llamada a la aventura de Alicia, pero la chica decidió ignorarla. A la llamada, quiero decir. Igual que el héroe del monomito, Alicia dijo que no. Ella no iba a ponerse a escribir. Lo que a ella le gustaba era leer. Poco importaba que necesitase seguir en contacto con esos personajes y que Círculo de Lectores y las estrecheces económicas de sus padres no se lo permitieran.

Alicia quería leer y, como no podía, dedicó sus buenas tres o cuatro semanas a escribir en preciosas letras historiadas los nombres de sus personajes favoritos: Raistlin, Kitiara, Tanis, Raistlin, Raistlin Majere, ¿he dicho Raistlin?

Los escribía y escribía y escribía, pero el vacío que se había instalado a la altura del plexo solar, no se llenaba nunca.

¡Ay! Si Alicia hubiera sabido la cantidad de tesoros que la esperaban en la biblioteca municipal de Amurrio.

Cuando crees que no mereces tus propios éxitos

La historia Interminable y la entrada en el mundo mágico

Bastian Baltasar Bux.

Bueno, Bonito y Barato.

Leí La historia interminable; quiero decir, Alicia leyó La historia interminable, de Michael Ende, y se enamoró del lobo. Le costaba entender por qué daba tanto miedo la nada. Pero es que Alicia llevaba el existencialismo en las venas aunque no conociera la palabra.

La cuestión es que, entonces sí, gracias a la historia de Bastian y sus recuerdos perdidos, el grifo de escribir de Alicia se abrió y ya no volvió a cerrarse. El primer relato de Alicia, del que no queda nada, se llamaba La que borda y tenía algo que ver con las parcas, con una cueva y con perder la memoria.

Al mismo tiempo que este relato, apareció en la vida de Alicia el síndrome del impostor.

Síndrome del impostor

Fracaso académico: obstáculos

Sí, Alicia llegó tarde a Ende porque Alicia, incluso más que el conejo blanco con chaleco, tiene cierta tendencia a llegar tarde a los sitio. Aunque, eso sí, luego los aprovecha todo lo posible y más.

Lo que quiero decir con esto es que lo mismo tenía 16 o 17 años cuando leyó la historia de Fantasia, pero no la mostró hasta varios años después. Entre un momento y el otro, la muchacha pasó varios años de instituto escribiendo acerca de casas encantadas que asesinaban a sus moradores. Culpa del videoclub.

Pero no hagamos caso de esto, no nos desviemos, volvamos al síndrome del impostor.

Alicia estudio derecho en Deusto y el primer año se hundió con todo el equipo. Ella, la del intelecto privilegiado, la de los sobresalientes que le crecían en el bancal, la de decepcionarse con un notable alto. Ella suspendió todas las asignaturas.

Resumen de la jugada:

  • Familia trampa
  • Libertad universitaria
  • Despendole académico
  • Fracaso notorio
  • Crisis familiar grave
  • Crisis de identidad más grave todavía
  • Empollar cual gallina clueca
  • Aprobarlas todas en septiembre
  • Venirse arriba porque si has podido una vez, podrás más
  • Apuntarse al taller literario en segundo

Hay más formas de contar esto, pero así ocupo menos páginas, que ya llevamos casi mil palabras y faltan unos 20 años para que Alicia escriba Inquilinos.

Vale. Llegamos al segundo curso de la carrera de derecho y yo, digo Alicia, se mete en el taller literario.

El primer taller literario, chispas: aliados

¿Aliados?

Alicia no estaría tan segura. Porque Alicia llegaba de su primer fracaso académico y, por mucho que se hubiera venido arriba, la verdad es que no las tenía todas consigo. Al fin y al cabo ¿qué había leído ella? Libros de Los Cinco, Los Hollister, Puck y los Siete Secretos, cuentos infantiles a porrillo, algunas obras de fantasía infantil y juvenil, El señor de los anillos, a Stephen King siempre y en todo lugar, amén.

 

Desear que tu cabeza te permita disfrutar

Alicia tenía muy claro que su bagaje lector era deficiente, así que ¿qué hacía en un taller literario? Y, sobre todo ¿qué iba ella a leer de su propia cosecha?

La respuesta a la primera pregunta es otra historia y debe ser contada en otra ocasión, pero os adelanto que tiene que ver con una relación tóxica y oscura con una amiga que resultó no serlo tanto.

La respuesta a la segunda pregunta es que tardó, Alicia, mucho, en leer nada propio en voz alta porque el famoso síndrome del impostor la retenía.

A ver, si le preguntaseis a Alicia directamente, ella os diría que no, que lo lógico era no lanzarse a leer nada porque no tenía experiencia, ni conocía a nadie. Allí todo el mundo había leído a Strindberg, a Joyce, a Anaïs Nin ¡Cómo iba siquiera a pensar en abrir la boca! Ella, la asidua visitante de la colección Barco de Vapor.

Primeras lecturas intencionales: la heroína supera pruebas y esas cosas

Así que Alicia y su síndrome del impostor empezaron a faltar mucho a clase para dedicarse a pasar mañanas enteras de cháchara literaria (y no tan literaria) por los pasillos. Leyó mucho (a Strindberg, Joyce, Nin y Henry Miller, por quien desarrolló cierta obsesión insana) y escribió hasta en las servilletas de los bares.

Con los años se chutó a Sartre y a Camus en vena. Una cosa loca, desquiciante. Iba por la vida citando pasajes de El ser y la nada, La Peste y cualquier canción de The Doors. En especial la del vídeo.

Porque una postadolscente en crisis no es una verdadera postadolescente en crisis si no tiene un poeta maldito del que echar mano y Alicia nunca fue mucho de Rimbaud. A ver, le caía bien, pero Val Kilmer en la película de Oliver Stone le quedaba más cerca y era, por tanto, material mucho más viable para generar una obsesión de las de libro.

Primeros concursos literarios: más pruebas superadas

Alicia tiene, siempre la tuvo, una tendencia mucho más acusada que la de llegar tarde a los sitios, a las modas y a todo en general; y es la tendencia a poner en el plato más comida de la que puede comer.

Así que allá por 1994 se presentó a su primer concurso literario y lo ganó.

Diréis ¿No iba esto de síndrome del impostor?

Claro que iba, claro que sí. Y de familias en crisis y de miedo cerval.

Alicia se había presentado al concurso instigada por esa amiga que resultó no serlo tanto. Por supuesto, no había dicho nada en casa, así que nadie sabía que Alicia concursaba. Ni que escribía, si vamos a eso.

Pocos días antes del fallo la amiga recibió una carta. Había resultado galardonada. Pidió a Alicia, que no había recibido carta alguna, que la acompañara. Alicia dijo que saltarse las clases para zascandilear por el campus bien, pero que irse al pueblo a ver como le daban un premio a su amiga, pues mejor no, que allí hacía la compra su madre y una nunca sabía.

¡Y menos mal!

Porque resultó que en el último momento el jurado del concurso había conseguido el teléfono de Alicia y llamado a casa e informado a sus padres, que se personaron en el ayuntamiento para recoger el premio de su hija, que se lo encontró en casa, al lado de un plato de sopa de repollo y zanahoria. La mejor sopa de repollo y zanahoria que Alicia se ha comido en su vida, también os lo digo.

Pero el Síndrome del impostor todavía tenía algo que decir

Alicia y su amiga dieron la noticia en el taller literario: «nos hemos presentado juntas, Alicia ha ganado y yo he sido segunda»

Respuesta de uno de los gurús del taller (que se lo coman todos los demonios del infierno, por favor): «Pues qué torpe el jurado».

No pasa nada, amigas. Esto mejora.

Mi amiga y yo leímos nuestros relatos.

Respuesta del taller: «Ya veo lo que ha querido hacer Alicia con su relato y veo por qué ha ganado, pero el otro es mejor».

Y así es como el síndrome del impostor se vino a vivir conmigo para siempre jamás.

Y digo siempre jamás, sí. Porque aquí sigue, el muy incalificable.

Resúmen de los siguientes veinte años porque si no, nos dan las uvas

Alicia deja de escribir y de mostrar lo que escribe hasta 2012, más o menos.

En 2012 Alicia se abre una cuenta de Facebook.

Y, colegas, no he tenido mejor idea en mi vida. Porque en Facebook escribía todo el mundo y todo el mundo tenía una obra autopublicada en Amazon. Pero no en cualquier lugar de la lista, no: en el primer puesto, en el number one, en el top de los tops.

Allí no parecía sufrir síndrome del impostor ni el Tato. ¿Qué digo? El Tato menos que nadie.

Así que yo, digo Alicia, abrió mucho los ojos y flipó.

Abrió los ojos y vio cosas que no creeríais, y la jamba de la puerta de Tanhauser, que tenía un poco de polvo porque allí no limpiaba nadie por mucho que todo el mundo hablase como si se paseasen bajo ella de la mano de su creador día sí y día también.

Desquiciada, creyendo que había caído en el edén de la literatura de los márgenes, su síndrome del impostor y Alicia procedieron a mirar y aprendieron.

Facebook: la aproximación a la caverna más profunda

¿Os cuento un secreto?

Ojalá dos tercios de las escritoras y escritores con los que me crucé en aquel entonces hubiera viajado con un síndrome del impostor dos veces más pequeño que el mío.

Leí mucho esos primeros, años rodeada de escritores de la marginalidad. Leí mucho y muy malo. Leí algunas cosas muy buenas también. Las menos.

Pero, seamos justas, esto no define solo a los autores de Facebook o de Twiter; esto define toda la literatura que se publica hoy día: hay mucho malo y algunas cosas, las menos, muy buenas. Afortunadamente, los años me han enseñado a elegir mejor y casi todo lo que leo pasa mi corte. No sé si pasará el de otras, pero el que me importa a mí, para mi uso y disfrute es el mío.

Quizá la frase anterior os de pistas acerca de la nueva relación de Alicia con su síndrome del impostor. No es buena, porque existe, pero es mejor que hace unos años.

Inquilinos se encuentra con el síndrome del impostor

Inquilinos y el síndrome del impostor

Ante el panorama que se extendía ante ella, Alicia se dijo:

—Hija mía ¿Por qué no publicas tus relatos a ver qué pasa? Los pones así, todos juntitos, les das título y, oye, una nunca sabe.

A Alicia no le pareció mal del todo la idea y se puso manos a la obra. Así surgió la primera versión de Inquilinos.

Inquilinos del espejo tuvo una primera portada diseñada por mí, con una mano ensangrentada y letras invertidas. Una delicia para los sentidos. La diseñé yo solita porque síndrome del impostor sí, pero vergüenza torera, pues a veces menos.

Y la colección pasó un poco sin pena y un poco sin gloria.

Se descargó unas 200 veces. Me reportó unos beneficios totales de 13,56€ con los que pagué una ronda de cervezas. Nunca he tenido miríadas de amigas, gracias a Dios.

Inquilinos del espejo sigue y se transforma en Inquilinos

No sé cómo sucedió ni por qué. Sí sé que de bunas a primeras me recomendaban para antologías, me seleccionaban en micro concursos y que mi nombre empezó a sonar.

Seamos realistas: empezó a sonar en el patio trasero de la más pobres de las casas en el barrio más alejado de la capital del fandom más pequeño. Vamos, que lo oyeron dos.

Pero Alicia, además de llegar tarde y llenarse el plato demasiado, tiene una tercera tendencia: venirse arriba. Así que tendió, tendió y tendió y se dijo que, mira, tal como estaban las cosas, mejor hacer una segunda edición con una portada más mona, una revisión de los relatos y lanzarla otra vez al ruedo amazonita.

Otro resumen, que de verdad que esto es eterno, ya:

  • Edición con foto de archivo
  • Edición ilustrada con dibujos de Jesús Guzmán, cuyo trabajo debeís seguir
  • Edición especial para Patreon con otra portada más, esta vez a cargo de Calavera Diablo

No sé cuántas vueltas le he dado a Inqulinos. En fin, en realidad sí: le he dado todas esas. Y más que le daría. Porque mi síndrome del impostor me impide dejar de pensar en los fallos de esos relatos, en las técnicas de las que no disponía cuando los escribí, en lo mucho mejor que podría escribirlos hoy.

2019: Inquilinos penúltima edición con Cazador de Ratas

—Pero vamos a ver, Alicia, ¿cómo vas a publicar otra vez la misma colección? ¿Es que no tienes nada nuevo que decir? ¿No te da vergüenza? ¡Perezosa!

En lugar de alegrarse por el reconocimiento de que una editorial publicase algo que ya había pasado por Amazon, Alicia se sintió como una tramposa.

Así que, con el libro ya corregido, paró la edición y dijo:

—Carmen, que así no. Deja, que te doy seis relatos nuevos, nos quedamos con los que van de madres y presentamos una obra más limpia y mejor y más unificada.

Y Carmen, que tiene iguales dosis de paciencia que de neuronas abocadas al desastre, esperó. Y ahora Inquilinos está en vuestras librerías de referencia y en Lektu y queda genial en las estanterías porque es precioso.

Moraleja

La manera tradicional de contar esta historia es la que usé en un hilo muy largo de Twitter que, además, es cierto al 100%, pero que no encuentro.

Podría decir una vez más que llevo media vida escribiendo, que los comienzos fueron duros y que el trabajo de escribir redunda en una mejora del resultado final.

Pero eso dejaría fuera el hecho de que podría haber aprendido más y más rápido y podría haber disfrutado más del proceso de Inquilinos si no hubiera viajado con el síndrome del impostor como polizón.

 

Así que ahora, cuando leáis Inquilinos, sabréis que su construcción ha sido lenta, dolorosa y más difícil de lo debido.

¿Qué es el síndrome del impostor?

descripción del trastorno del impostor

Es un trastorno que consiste en devaluar los propios logros por le miedo a que se descubra que en realidad no merecemos reconocimiento. Un trastorno que nos incita a pensar que, antes o después, alguien descubrirá que somos un fraude: que nuestra obra no es tan buena, que no valemos lo suficiente para ocupar nuestro puesto de trabajo, que todo lo que hemos conseguido es fruto de la buena suerte y que esa buena suerte acabará pronto.

 

A pesar de los premios, de los elogios, de todas las pruebas que demuestran que sí, que eres una autora (o cualquier otra coas) válida, tú crees que no sirves.

Posibles causas del síndrome del impostor

  • Dinámicas familiares tóxicas durante los primeros años de vida. La falta de apoyo, amor y validación durante esos años tan críticos es perjudicial a todos los niveles. Deja la autoestima hecha un asco y es garantía casi 100% de desarrollar síndrome del impostor. La buena noticia es que una buena terapia ayuda mucho a deshacerse de él.
  • Compararse con personas a las que se considera exitosas y etiquetarse como fracasada por comparación también le pone las cosas muy fáciles al síndrome del impostor. Mejor dejar esa costumbre, que no nos hace ningún bien.

Síndrome del impostor y pesimismo defensivo

Investigando sobre causas y efectos del síndrome del impostor, me he encontrado con la noticia de que suele ir de la mano del pesimismo defensivo.

Ambos tienen en común lo siguiente:

  • Existen dudas sobre las propias habilidades
  • Se da miedo al fracaso
  • Las expectativas respecto a los propios resultados son bajas
  • Y todo ello a pesar de que el historial de la persona que los sufre esté coronado por un éxito tras otro.

En pocas palabras, quienes sufrimos síndrome del impostor no sentimos que merecemos nuestros éxitos y tememos que, en el momento menos pensado, alguien se de cuenta y descubra nuestro fraude ante el mundo. Solemos creer que los demás sobreestiman nuestras capacidades y eso nos hace vivir bajo una presión constante.

Repercusiones del síndrome del impostor

La trampa de la impostación

Resulta que este viajero que me ha acompañado en la creación y publicación de las 15.623 versiones de Inquilinos, tiene efectos altamente nocivos sobre la carrera laboral de cualquiera.

Quienes sufren síndrome del impostor tienden a no pedir ascensos porque creen que, como no los merecen, no solo no los conseguirán, sino que además serán puestos en ridículo por el solo hecho de pedirlos.

Por supuesto, nuestros niveles de estrés se elevan como los suflés bien hechos. Y además tendemos a trabajar más de lo que deberíamos, nos sobrecargamos porque necesitamos demostrar todo el rato que trabajamos, que nos ganamos el pan (¿recordáis a esa Alicia con tendencia a poner en su plato más de lo que podía comer? Pues por esto lo hace).

Si este artículo te ha parecido interesante, es posible que quieras leer sobre el bloqueo de escritor. Hablé de ello aquí. 

Soluciones posibles para esta lacra

Personalmente, la terapia me va bien, pero es buena idea comenzar por gestos pequeños, como dar las gracias la próxima vez que recibas un cumplido. Parece poca cosa, pero cumple al menos dos funciones: pones en valor tu trabajo y haces saber a quien te hace el cumplido que valoras su opinión.

Algo que sucede a menudo cuando nos dicen que lo que hacemos es bueno, es que contestamos -las víctimas del síndrome del impostor- que no s para tanto. Y esto, que hacemos con humildad y vergüenza, hace que la persona que nos elogiaba se sienta despreciada. Algo que no deseamos que pase. 

¿Sabes lo que hago yo para luchar contra mi síndrome del impostor?

Te invito a hacerte mecenas de mi Patreon. Allí escribo una novela de fantasía por entregas, muchos artículos para ayudarte a mejorar la escritura y además subo contenido extra. El de este año es una agenda llena de reflexiones que intentarán hacerte sentir mejor con tu labor literaria. El enlace es a Amzon, pero si te haces mecenas te sale casi gratis :).

Pero si no puedes hacerte mecenas, siempre serás bienvenida a mi lista de correo. No te molestaré mucho. Solo escribo una vez al mes y envío los artículos del blog en formato PDF. Es la mejor manera de disfrutar del contenido más técnico, como el curso de novela que publiqué semana a semana el mes pasado y que empieza aquí.

Sea como sea, muchas gracias por leer. Espero que mi experiencia te ayude a reconocer algunos síntomas del síndrome del impostor y a combatirlos.

Y también deseo que leas Inquilinos. Con lo que le ha costado al pobre llegar hasta aquí, se merece que le eches un vistazo J

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