4 pensamientos en “Reto literario de noviembre

  1. SUEÑOS ROBADOS
    Por fin se han terminado las obras de la nueva casa y ahora toca hacer la mudanza. Como soy la pequeña me han endilgado la tarea de subir al doblao para ver si se puede salvar algo de lo que allí hay jundeao y eso que me dan verdadero pavor los murgaños, porque seguro que haberlos haylos.
    Dispuesta a hacer mi tarea, lo mejor posible, comencé la exploración. Allí había, entre otras muchas cosas, un castillejo de madera, una bica oxidada, artesas para la matanza, garrafas, arcones, sillas sin asiento. Yo me preguntaba ¿por qué guardaban tantos trastos viejos? Un aparador, con estanterías y puertas cerradas con llave, llamó mi atención. A voces le pregunté a mi madre si podía abrirlo y, con el follón que había, me contestó que hiciera lo que quisiera y eso hice.
    Había cantidad de libros enormes y cuadernos con signos desconocidos que no entendía. Seguí buscando y en el fondo vi una revista en blanco y negro del año 1935, supuse que la habían puesto para proteger los libros. Empecé a ojearla y me encantaron los anuncios, las poses de las mujeres, sus vestidos y también un artículo titulado: “UNA LAVANDERA SE HACE BACHILLER Y SE VA A HACER INGENIERO”
    Busqué una de las sillas que allí había, la limpié un poco y me senté dispuesta a leer lo que me parecía un cuento de hadas.
    Era la historia de una niña llamada Basi que, por circunstancias de la vida, tuvo que abandonar la casa del pueblo con su familia e irse a vivir al campo. Allí se crio montaraz, salvaje y alegre, pero sin posibilidad de ir a la escuela. Y con 19 años no sabía leer ni escribir.
    Cuando vuelven al pueblo empieza a dar clases con el maestro que, viendo su potencial, convence a la familia para que se presente a los exámenes de bachillerato. En muy poco tiempo, la chica analfabeta se había convertido en bachiller.
    Siente la comezón intelectual, se le han abierto las ansias de aprender y le surge una necesidad, la de llegar a ser ingeniero agrónomo.
    Quiere seguir estudiando, pero hay un problema, es pobre, muy pobre, tiene que lavar en las casas, recoger aceitunas, el rastrojeo y todo aquello donde se ganen unos reales para poder comer.
    Esta historia llega a oídos de un periodista que se traslada a la aldea para conocerla y hacerle una entrevista.
    Y al publicarse la noticia, muchas personas empiezan a mandar donativos, para que la lavandera pueda marcharse a Madrid y, hacer realidad su gran sueño.
    También llega a conocimiento de entidades como: la Residencia Internacional de Señoritas Estudiantes y España Femenina, que le bridan ayuda material para lograr la meta de sus aspiraciones, el título de ingeniero agrónomo.
    Tocaba hacer las maletas, hay que mudarse a Madrid.
    Pero Basi, ya más conocida como La sabia de Extremadura, no pudo realizar su sueño, la Guerra Civil Española, que estalló en 1936, se lo robó.
    María Rosa Fuentes (Rosi)
    GLOSARIO RETO NOVIEMBRE
    (LOS SUEÑOS ROBADOS)
    Palabras del Castúo dialecto extremeño.
    Doblao: Desván de la casa.
    Jundear: Tirar de cualquier manera.
    Murgaño: Arácnido con poco cuerpo y patas muy largas.
    Endilgar: Encargar a alguien una tarea que resulta pesada o molesta.
    Castillejo: Utensilio donde se ponía a los niños pequeños antes de andar. El tacatá actual.
    Bica: Recipiente para recoger los excrementos y la orina. Se ponía debajo de la cama.

    1. Buenos días!
      Este mes, con el NaNoWriMo, está todo el mundo en otros menesteres y solo hay dos participantes, así que solo podéis comentaros entre vosotros. Yo os comentará también para que tengáis dos opiniones cada uno :). Francisco, te toca el relato de Rosi y, Rosy, te toca el relato de Francisco 😉

  2. ¡Hola! Este mes he tenido poco tiempo para repasar el texto, pero creo que es aceptable. O eso espero 😀

    LA HERENCIA
    Desprovista de la aparatosa maquinaria médica y del constante ruido del respirador artificial, la habitación me parece ahora más grande y silenciosa. Y más humana, pese a estar casi vacía. Una docena de cajas, precintadas y rotuladas, se apilan en un rincón. La última de ellas espera ser llenada sobre la cama que fue de mi madre hasta la semana pasada. Empaqueto mi herencia, un cúmulo de objetos que me pertenecen y que debo cargar para mudarme de este piso. Apenas quedan unos cuantos enseres, pero aún percibo el olor de mi madre, que se hizo más intenso, y más ácido, con la enfermedad. Como un perfume empalagoso, envuelve mis recuerdos y parece querer seguirme allá donde vaya. Algunas cosas se agarran al tiempo y perduran. Tal vez las conservamos a conciencia, aunque lo neguemos. Pero terminan por desaparecer. Siempre se desvanecen.
    Dejo a un lado mis pensamientos y vuelvo a la tediosa tarea que me ocupa. Ya he guardado, en esos ataúdes de cartón que me acompañarán, como una prolongación del cadáver de mamá, la mayoría de pedazos que conformaron su vida. Bienes que recibo como legataria y en los que no quiero reconocerme.
    Frente al armario que tenía prohibido abrir, sostengo una de las muñecas de porcelana de mi madre. Cada domingo, como un ritual, ella las peinaba con parsimonia mientras yo contemplaba las caras mofletudas, esmaltadas con colores rosados y enmarcadas por melenas largas, brillantes y ensortijadas.
    Aparto las muñecas como hacía conmigo cuando me ofrecía para que me peinase. «No eres como ellas», decía. Y tenía razón. Yo siempre fui como mi abuela. Como mi madre nunca pudo ser.
    Sigo y en varios cajones encuentro prendas de ropa de mi abuela, varias de tonos oscuros, la mayoría de color negro, cuya calidad intuyo a la vista y confirmo al tacto. Mi madre no pudo vestirlas. Son largas, estrechas en la cintura. Me pruebo algunas por encima y me imagino vestida con ellas. Sé que me sentarán bien.
    Dentro, además, hallo cuanto me legó mi abuela: joyas, libros, diarios, recetarios, hierbas y un estuche con utensilios que llevan años sin ser usados. Los empaqueto y decido abandonar el resto de cajas allí.
    Antes de irme cargando con el peso de mi herencia, el patrimonio de mi yaya que elijo llevar conmigo, echo un último vistazo al que fue mi hogar. En el fondo del largo pasillo, recortada entre las sombras, veo la silueta negra de mi madre. Es solo una proyección de quien es ahora. Su imagen se fija temporalmente en la superficie de nuestra realidad, debilitada por la abismal distancia que separa el mundo de los vivos y los muertos. Entorno los ojos y distingo su gesto de desaprobación, la boca torcida por la envidia. Y puedo verla porque también heredé de mi abuela su sensibilidad extrasensorial, la que se le negó a mi madre y por lo que ella me negó a mí.
    Como su olor tan familiar, mi madre se desvanecerá. Siempre lo hacen.

    1. Buenos días!
      Este mes, con el NaNoWriMo, está todo el mundo en otros menesteres y solo hay dos participantes, así que solo podéis comentaros entre vosotros. Yo os comentará también para que tengáis dos opiniones cada uno :). Francisco, te toca el relato de Rosi y, Rosy, te toca el relato de Francisco 😉

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