5 pensamientos en “Reto literario de octubre

  1. UNA ÚLTIMA VISITA
    Abres la puerta y sonrío, han pasado varios minutos y empezaba dudar de si había hecho bien en venir. Me miras perplejamente, entrecierras los ojos escrutándome y dejas la puerta abierta mientras vuelves al salón. No me reconoces, no pareces saber nada de mí, aunque compartimos pupitre y regañinas de los mismos maestros por las mismas travesuras. Sonríes con confianza, pero sigues sin recordarme.
    Me vienen en mente anécdotas de cuando éramos adolescentes, momentos dolorosos en que todo se derrumbó y dejamos la inocencia atrás. De repente crecimos, muy rápido, demasiado rápido. Quizás por eso me has borrado de tu memoria.
    Pero sí recuerdas a María “la charcutera”, acabas de preguntar por ella. Te cuento que murió en Alemania hará 20 años. Me vuelves a mirar con sorpresa, sabes que María vive cerca de tu casa y Alemania está demasiado lejos.
    En ese momento tu hijo entra y me saluda brevemente. No le ves, aunque le miras, tu mirada sigue en otro sitio, en otro tiempo. Sonríes de nuevo, y pides el desayuno, pero son las 8 de la tarde, toca casi cenar y eso te enoja. Al final vuelve con tu vaso de leche y tostadas. Ese es el desayuno de tus últimos 4 años. Mordisqueas una y te olvidas del hambre que creías tener.
    Siento haber tardado tanto en venir a verte. Sabía que algo sucedía, tendría que haber venido antes y me caen las lágrimas, aunque disimulo. Tus ojos se humedecen, aunque no sabes por qué te sucede. Empiezas a hacer pucheros y te abrazo. Me empujas, me golpeas y viene tu hijo que cree que debe separarnos. Pero no le dejo. Te abrazo y susurro, hasta que te calmas.
    Te duermes mirando por la ventana. Llevamos unas dos horas en silencio con la televisión encendida. Se te pasó el ataque de rabia igual que vino. Volvió tu sonrisa. Ahora puedo hablar con tu hijo a solas. Te tapo un poco y voy a buscarle.
    Le encuentro en la cocina haciendo la cena.
    —No está bien, cada día está peor, pero se alegra de verte. Aunque hoy no sepa quién eres mañana volverá a preguntar por ti y no parará de hablar de todo lo que pasasteis, como lleva haciendo estos últimos meses. Papá te quería, te quiso siempre. Y ese amor prohibido no ha salido a la luz hasta que ha empezado a estar más grave. Tú también le quisiste y tenías derecho a verle al menos una última vez. Pero puedes volver mañana si quieres, puedes venir cuanto quieras. Sé que ha sido un largo viaje para una visita triste.
    Desde la cocina oímos a Alberto gritando entusiasmado.
    —¿Pedrito, sabes quien ha venido a vernos? Mi amigo Pedro. Habrá venido a visitar a su madre. ¡Qué alegría hijo mío! Y que pena que no le hayas conocido. Luego te pasas por la casa de la señora Encarna a ver si se ha quedado a dormir.

  2. Hola a todos/as,

    Esta vez no tenía ni idea de qué escribir, así que espero no aburriros. Por no no tener idea ni siquiera he llegado a las 500 palabras jajaj.

    Odio los finales.

    Al abrir los ojos en aquel día de primavera lo primero que pensó es que odiaba los finales. Se preguntaba por qué hay relaciones que se terminan, historias que terminan, días que terminan, vidas que terminan. Con lo divertido que es todo, las aventuras, los nuevos encuentros. ¿Por qué tiene que terminar?
    El sol era dulce y se anunciaban algunas gotas así que despertó feliz y con prisa con el objetivo de llevar a cabo una jornada muy productiva. Aunque los finales existen, están ahí impertérritos, la magia consistía en aprovechar al máximo el día.
    Era un momento especial; en el jardín, plagado de amigos, se relacionarían con abundancia. No conocía a muchos de los que allí estaban, aunque sabía que no lo necesitaba para entablar comunicación fructífera. Cuando el interés es compartido los porqués no se preguntan, ni se piensan, no es necesario, todo surge de forma espontánea.
    Revoloteando de grupo en grupo a veces no podía elegir así que no decidía, se quedaba con todos. Algunos colores eran diferentes, otros diferían por el olor o incluso el zumbido de su voz pero aun así todo le parecía igual y diferente, al fin y al cabo sólo había un objetivo interno a la existencia; perpetuar la especie.
    Así prosiguió la reunión, lenta como una eternidad, y sin saberlo envejeció y el día se convirtió en toda una vida. Después de haber dejado los huevos en lugar seguro, se apoyó en aquel árbol, sonriendo y con satisfacción: había logrado su objetivo vital. Entonces supo que era su final; cerró los ojos y se marchó, alimentaría el árbol que vería nacer a sus hijos.
    En verdad aquel día había sido toda una vida para un espécimen hembra de una efímera: un insecto cuya esperanza de vida adulta es de un solo día.

  3. ¡Hola! He disfrutado mucho escribiendo este segundo relato. Tengo ganas de leer los vuestros y que os guste el mío. Jeje.

    NO IMPORTA QUIÉN SOY
    Juzgaron quién soy en la plaza pública. En las últimas horas de una larga noche invernal, cuando la naturaleza cruje al desperezarse, me llevaron ante el tribunal y la autoridad eclesiástica leyó la ristra de delitos que me imputaron.
    —Lujuria, desviación, travestismo —cada acusación era formulada con una ademán reprobatorio—, apostasía, herejía, falsa idolatría.
    Una masa de sucios rostros se retorcía alrededor del cadalso sobre el que me hallaba junto a los altos cargos judiciales. Hasta mí llegaron insultos y escupitajos.
    Necesitaban aclarar mi naturaleza, pues de ese modo explicarían los sucesos acontecidos en los últimos meses y acabarían, por fin, con el mal. Yo podía ser el punto final de aquella terrible historia.
    —Cientos son los casos que prueban la veracidad de los cargos. Con sus negras artes confunde a las mentes debilitadas por la enfermedad, embotadas por el dolor, cansadas por el trabajo diario.
    La diatriba judicial era jalonada con testimonios espontáneos: «Yo vi cómo se transformaba», «pudre las cosechas con solo tocarlas», «se funde con las sombras».
    Yo negaba con la cabeza.
    —¿Quiere alegar algo en su defensa? —gritó alguien detrás de mí.
    Aquel teatrillo me desagradaba sobremanera y la línea del horizonte, en el este, ya se iluminaba.
    —No soy quien describís en esos papeles. —Actuaba con desesperación, pero no debía gritar— Queréis condenarme por no haber nacido…
    Me callé cuando otro escupitajo golpeó mi rostro. El pueblo jaleó y una autoritaria mano alzada permitió seguir con la representación. Un efectista silencio, roto por algún que otro insulto, el remanente del arrebatamiento colectivo, precedió a la lectura del fallo.
    —¡Culpable! Que el fuego expíe sus pecados.
    Para el último acto me arrastraron hasta la hoguera. La pila de ramas secas comenzó a arder bajo mis pies. Yo miraba más allá de las desvencijadas construcciones rurales y los campos sembrados, hacia la llama naranja y púrpura que encendía el cielo. Entonces sí grité y maldije. Un fuego sobrenatural, más violento que las llamaradas que lamían mi piel, quemaba mis huesos. El pánico aturdía mis sentidos, pero aún pude escuchar una voz que se desgañitaba: «¡Mirad, mirad!».
    Y miraron el desenlace de aquella representación. Mi piel fina y blanca se tornó rugosa y oscura, mis piernas se replegaron como tentáculos, mis brazos se unieron al torso por una membrana cartilaginosa y todo mi cuerpo se encogió, liberándose de las ataduras.
    Tan solo el crepitar del fuego hambriento acompañó mi vuelo hacia la espesura del bosque, donde no podían alcanzarme los rayos del frío sol del invierno.
    Hace mucho tiempo de todo aquello y aprendí la lección. También aprendí que no importa quién soy yo. Debes preocuparte por saber quién eres tú. Porque el día que dudes, cuando camines en la dirección equivocada hasta perderte, tan lejos de ti, ese día mi voz seducirá tu mente reblandecida por la soledad.
    Y me conocerás.
    Y tú, pobre criatura, me ofrecerás el cuello para que beba tu sangre con la esperanza de sentir un último abrazo reconfortante.

  4. Buenas.
    Aquí tenéis mi reto de este mes. Espero que os guste.
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    PASEO POR EL PARQUE

    Cogidos de la mano nos vamos a dar un paseo por el parque. Quiero ver, entre otras cosas, a los patos que hay en el estanque y darles de comer las palomitas que llevo.
    Estamos en otoño, aun así, nos sorprende la cantidad de hojas que han caído de los árboles cubriendo el suelo cual alfombra. Sin pensarlo, me tiro en plancha, y revuelco como una croqueta, aguantando la regañina correspondiente, por cómo me había puesto. Al mirar de nuevo las hojas, decido recoger algunas para hacer un álbum con ellas. Puede ser un buen regalo de Navidad. ¿Para quién? Eso aún no lo tengo claro.
    Las guardamos en una bolsa y cuando está llena nos sentamos en un banco para descansar y hacer una selección de las mejor conservadas, bonitas y curiosas. Mi acompañante cuenta que los árboles son seres vivos y como a tales hay que cuidarlos. Ellos sienten lo que les hacemos, tanto lo bueno como lo malo.
    Yo le pregunto: ¿cómo se sabe si los árboles están contentos? Y me responde que ellos lo expresan a su manera. Dan lo mejor de sí mismos en forma de hojas, ramas, flores y frutos. También lo hacen en cantidad, color y sabor. Cuando no es así, se mueren.
    Me cuenta que su madre, cuando regaba las plantas que tenían en la terraza, les cantaba. ¡Y no había macetas más hermosas y bonitas en el barrio! Cuando ella enfermó y la llevaron al hospital, la mayor parte se secaron. Parecía como si la echasen de menos.
    Sigue contándome que cuando se cortan los árboles parece que ya no valen para nada, aunque tienen su utilidad. El tronco sirve para hacer muebles. Las ramas grandes se queman en las chimeneas, para dar calor. Y las pequeñas se trituran y emplean en hacer una pasta que se extiende y se pone a secar, luego se corta y se hacen las hojas. Con ellas se fabrican cuadernos, que podemos utilizar, para escribir lo que pensamos, recordamos y hemos vivido. Como, por ejemplo, contar este hermoso y productivo paseo a través de la naturaleza.
    En ese momento noto que me cae una gota de agua. Al levantar la vista, vi que el cielo está borrascoso y encapotado, presagio de un gran chaparrón. A toda prisa, entre risas y gritos, recogemos nuestras mochilas. Y corremos en busca de un refugio, para librarnos de lo que se nos viene encima.
    ¡Entro en casa como una exhalación! Tengo mucha prisa porque quiero enseñar mi gran tesoro: la bolsa con las hojas. También quiero contar que cuando le daba de comer a uno de los patos, este me dio un picotazo en la mano. ¿Quería quitarme la bolsa o era la forma de decirme que quería más?
    La abuela entra más despacio detrás de mí. Se acerca al abu y le pide un paracetamol mientras me acaricia la cara.

  5. Hola, holita.
    ¡Lo logré! Tras cuatro ideas sin llevar a cabo, tres versiones diferentes, una nueva idea acabada, pero que no convencía; tras robar tiempo no sé cómo y tras quitarle las ciento y pico palabras que me sobraban, y aunque no es un buen relato…. Oye, pues que este mes también entrego reto. ¡Yujujui!

    Vale. En mi caso he jugado un poco con la pregunta porque, tal y como nos la ha hecho Alicia, se puede interpretar de muchísimas maneras. Espero que os guste y disfrutad comentando. Feliz resto de mes:
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    La peña empuja, salta, ríe y se zarandea al compás de una música que aborrezco. Odio las multitudes; mis nuevos dolores de cabeza confirman el sentimiento. No quise aguar la fiesta y aquí estoy, en la rave del año, con mis colegas dispersados y sin ganas de aguantar tanta mierda.
    De golpe, un martillo me taladra el cerebro que explota dentro del cráneo mientras mis ojos se abrasan. Dejo de respirar. La niebla se disipa y veo la misma sala con la misma masa meneándose bajo un silencio doloroso. ¿Por qué no oigo nada?
    Me han echado a patadas de mi cuerpo. Esa es la impresión. Me doy golpecitos para averiguar si estoy dormido; aprovecho para sacudir el polvo que me cubre. Me sorprende el aspecto de mi ropa y descubro que no recuerdo quién soy. Me paro en seco.
    Alguno de mis colegas me ayudará.
    Observo lo que me rodea. “Rave en el antiguo matadero”. De acuerdo. Gracias, cabeza. Al menos ya sé dónde me encuentro. En el abandonado macelo, antes hospital de locos y antes orfanato de los chungos, lleno de fantasmas de muertes truculentas.
    Otra información fugaz que me regala mi mente: “Macrofiesta de disfraces”. Genial. Así encontrar a alguien será más divertido. Mierda.
    Avanzo como si nadara en mayonesa; las bladosas succionan mis pies y tiro de ellos con rabia. Golpeo a saltimbanquis, piratas, nigromantes, zombis, personajes de Disney, grisáceos, de tacto frío y roñoso. Ojos vacíos. Me han echado algo en la bebida. ¿Esa que dejé en la barra y no probé? Cuanto más avanzo, más sombrías las vestimentas, más detalladas las heridas de las pieles, más espectaculares y macabros los maquillajes. Más sosiego en sus movimientos, más feroces sus miradas, más apestoso el aire que les rodea. ¿La gente habrá decidido disfrazarse de muerte? Es peña rara que juega según sus reglas. Cualquiera sabe.
    Me alejo como puedo y acabo en la entrada a los servicios: meaderos en la sala de matanza con cortinas cutres como separación. Una criatura de pocos años me golpea saliendo del aseo. Alucino con su edad, con su aspecto. Vale que la rave la ha organizado un grupo hiperfamoso, pero meter críos para dar ambiente se sale de madre. Alguien tira de mi ropa: otro peque de sexo indistinguible por el cráneo machacado. Se unen más; se ponen fieros. No arrancan nada, pero llegan a la piel. Huelo sangre y parece mía. Les empujo y salgo corriendo.
    Vuelvo al punto de partida. Por fin veo a mis colegas. Reunidos, miran al suelo, compungidos; alguno llora, un par se abraza. Unos enfermeros le hacen algo a un cuerpo tendido.
    No necesito apartarles para acercarme; quedo cara a cara con mi rostro boquiabierto y los ojos apagados. Así que ese soy yo. Mi vida pasa ante mis ojos, como cuentan en las pelis. Un pitido molesto crea la banda sonora. Trato de acompañarme cuando alzan el cuerpo. No logro traspasar la puerta del matadero.
    Me rodean otros muertos que en silencio me dan la bienvenida.

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