Alicia Pérez Gil

16 pensamientos en “Reto literario diciembre 2020: empezar por el final

  1. Mi participación para el reto de Diciembre. Espero no haber metido la pata con el conteo de palabra (no se especifica si las palabras del título cuentan en el límite de las 500, así que he optado por no contarlas).
    ¡Saludos!

    Título: Me has enseñado bien
    Palabras: 500 exactas, según Google Docs

    La niña tarareaba una canción, acuclillada. Jugaba con el palo de un martillo, agarrándolo del mango de madera y haciéndolo girar como un cucharón. Alzó la cabeza metálica ante sus ojos, y dejó de tararear. Los restos de sangre, pelo y hueso se habían quedado ya resecos en la punta. Los miró durante unos segundos, luego sonrió levemente y se levantó.
    Miró el cuerpo de su padre, tirado en el suelo entre botes de pintura blanca. Aún tenía los ojos abiertos. La niña ladeó la cabeza y los miró.
    —¿Lo he hecho bien, papá?
    Había visto aquella escena cientos de veces antes, no necesitaba una respuesta. La había practicado con sus muñecas. Sí, claro que lo había hecho bien.
    Su papá tenía un trabajo peculiar. Se limitaba a quedarse en casa todo el día, bebiendo cerveza ante la tele, esperando. A veces, el timbre de la casa sonaba. En esos momentos él apuraba la lata y miraba a su hija, sin decir nada. Ella corría a su habitación, sin hacer preguntas. La puerta de la entrada se abría, y él se metía en el sótano, arrastrando un saco.
    Luego llegaban los gritos. Gritos que duraban horas.
    La niña jugaba mientras con sus muñecas. Las enfrentaba, haciendo que una de ellas cayera ante la otra. Sacaba un pequeño martillo de madera y susurraba las frases que venían del sótano.
    —Nos lo vamos a pasar genial, tú y yo.
    —Me acabarás dando las gracias, cuando todo acabe.
    —Ni se te ocurra cerrar los ojos…
    Hacía ya años que la niña no echaba de menos a nadie. Estaba bien sola, en su habitación, jugando mientras su padre trabajaba. Antes se escapaba y miraba a su padre trabajar desde la puerta del sótano, pero pronto dejó de hacerlo.
    Cuando era más pequeña tenía a su madre, pero también ella se marchó.
    Era una mujer frágil, de mirada vacía. Nunca jugaba con ella, estaba siempre cansada, enferma. Pero a veces le acariciaba el pelo cuando se quedaban solas, y eso a la niña le gustaba. Pero siempre hacía enfadar a su padre, o eso decía él. Por eso un día tuvo que sacar el martillo del sótano.
    Fue en Navidad, delante del árbol. No volvieron a celebrar otra Navidad desde aquel día.
    —Esto lo he hecho por ti —había dicho su padre, apuntándole con el martillo—, me acabarás dando las gracias. Estamos mejor solos.
    La niña se había limitado a quedarse callada ante el árbol apagado, teñido con la sangre de su madre, mirando aquellos ojos sin vida. No vio mucha diferencia con los ojos vacíos con los que la había mirado unas horas antes.
    En aquel momento lo supo. Su padre tenía razón. Estaba mejor sola. Sola. Solo tenía que esperar al momento adecuado.
    —Me has enseñado bien, papá —murmuró, dejando caer el martillo al lado del cráneo destrozado—. Muy bien.
    Tarareando aquella canción de nuevo, se alejó del cuerpo de su padre, intentando recordar dónde había guardado el viejo árbol de navidad.

    1. Hola, Andrés:

      Este mes solo ha habido dos participantes así que, como en el mes pasado, te toca comentar a Silvia y yo comentaré el relato de ambos.

      Un abrazo

        1. Creo que lo pone en la entrada, pero no hay problema: contesta a su relato con tu comentario, aquí mismo, como respuesta. Y listo 🙂

    2. Me ha gustado mucho el relato, es escalofriante.
      Me ha parecido curioso que los personajes no tengan nombre.
      Lo único raro que le veo es que una niña pueda atacar a su padre, que debe ser un asesino, torturador y bastante más grande y fuerte que ella, y acabar con él a martillazos. Supongo que lo cogió por sorpresa, pero es un poco chocante.
      El manejo del tiempo resulta claro, aunque es difuso. Creo que cumple las características que se pedían en el reto de empezar por el final y hacer un relato con una conclusión cerrada. Me gusta el estilo conciso y preciso en las descripciones, se me ha hecho hermoso. Y la historia da miedo de verdad.
      En resumen, está genial y me ha encantado. ¡Enhorabuena!
      Saludos.

    3. Hola, Andrés:

      Ni que decir tiene que la temática del relato me encanta: terror, sangre, venganza… Tiene todo lo que me gusta. Además, cumple con todas las reglas del reto: empieza in extrama res y el final es cerrado. En este aspecto, todo correcto.
      Sin embargo, peca de algunos problemillas que hacen que no termine de funcionar.
      El párrafo inicial descubre que la niña ha matado a su padre y el resto del relato solo explica por qué. En una extensión tan corta, funcionan mejor las sorpresas que las explicaciones. La microficción nos gusta porque nos deja con la boca abierta.
      El relato conseguiría este objetivo si cambiaras el orden en el que das la información: Mira:

      —¿Lo he hecho bien, papá?
      Había visto aquella escena cientos de veces antes, no necesitaba una respuesta. La había practicado con sus muñecas. Sí, claro que lo había hecho bien.
      Su papá tenía un trabajo peculiar. Se limitaba a quedarse en casa todo el día, bebiendo cerveza ante la tele, esperando. A veces, el timbre de la casa sonaba. En esos momentos él apuraba la lata y miraba a su hija, sin decir nada. Ella corría a su habitación, sin hacer preguntas. La puerta de la entrada se abría, y él se metía en el sótano, arrastrando un saco.
      Luego llegaban los gritos. Gritos que duraban horas.
      La niña jugaba mientras con sus muñecas. Las enfrentaba, haciendo que una de ellas cayera ante la otra. Sacaba un pequeño martillo de madera y susurraba las frases que venían del sótano.
      —Nos lo vamos a pasar genial, tú y yo.
      —Me acabarás dando las gracias, cuando todo acabe.
      —Ni se te ocurra cerrar los ojos…
      Hacía ya años que la niña no echaba de menos a nadie. Estaba bien sola, en su habitación, jugando mientras su padre trabajaba. Antes se escapaba y miraba a su padre trabajar desde la puerta del sótano, pero pronto dejó de hacerlo.
      Cuando era más pequeña tenía a su madre, pero también ella se marchó.
      Era una mujer frágil, de mirada vacía. Nunca jugaba con ella, estaba siempre cansada, enferma. Pero a veces le acariciaba el pelo cuando se quedaban solas, y eso a la niña le gustaba. Pero siempre hacía enfadar a su padre, o eso decía él. Por eso un día tuvo que sacar el martillo del sótano.
      Fue en Navidad, delante del árbol. No volvieron a celebrar otra Navidad desde aquel día.
      —Esto lo he hecho por ti —había dicho su padre, apuntándole con el martillo—, me acabarás dando las gracias. Estamos mejor solos.
      La niña se había limitado a quedarse callada ante el árbol apagado, teñido con la sangre de su madre, mirando aquellos ojos sin vida. No vio mucha diferencia con los ojos vacíos con los que la había mirado unas horas antes.

      Tarareaba una canción, acuclillada. Jugaba con el palo de un martillo, agarrándolo del mango de madera y haciéndolo girar como un cucharón. Alzó la cabeza metálica ante sus ojos, y dejó de tararear. Los restos de sangre, pelo y hueso se habían quedado ya resecos en la punta. Los miró durante unos segundos, luego sonrió levemente y se levantó.
      Miró el cuerpo de su padre, tirado en el suelo entre botes de pintura blanca. Aún tenía los ojos abiertos. La niña ladeó la cabeza y los miró.
      En aquel momento lo supo. Su padre tenía razón. Estaba mejor sola. Sola. Solo tenía que esperar al momento adecuado.
      —Me has enseñado bien, papá —murmuró, dejando caer el martillo al lado del cráneo destrozado—. Muy bien.
      Tarareando aquella canción de nuevo, se alejó del cuerpo de su padre, intentando recordar dónde había guardado el viejo árbol de navidad.

      No he hecho cambios en la redacción, así que habrá problemas de concordancia. Pero en esta versión reordenada, la historia aparente es distinta: un padre que enseña a su hija su oficio. Mientras que la anterior es, como decía, solo una explicación.

      Por otra parte, me ha parecido notar muchas repeticiones del verbo mirar.

      Pero te felicito: el horror y la angustia están ahí.
      ¡Gracias por participar!

      1. Mil gracias por el comentario. Tomo buena nota del detalle de revelar demasiado al inicio, muchas gracias por el nuevo orden del relato. Y si, a veces peco de usar demasiado algunos verbos y expresiones. Cua el he escrito algo más largo los y las betas me avisan de eso, pero esta vez no he reparado en ello… intentaré que para el siguiente reto (y en el resto de los proyectos, claro) la cosa mejore en este aspecto. De nuevo, muchas gracias.

  2. Finales que arden

    Se hizo la oscuridad a las 23.58. Un segundo después, todo alrededor estallaba.
    A las 22.39, hora terrestre, el módulo A6 estaba tranquilo pero la gran nave traqueteó un par de veces. Lucía era incapaz de dormirse. Siempre había sido un búho y desde que su casa era aquella nave de combate, conciliar el sueño de manera acorde a sus turnos de trabajo le resultaba imposible. Tenía que levantarse tres horas después. Trataba de leer una novela en su pantalla personal cuando escuchó una explosión. Eran las 23.03.
    Se levantó del catre cuando sonó la alarma y se dirigió a su puesto. Mientras corría por el laberíntico pasillo hacia la cabina de mando, los pitidos y las luces rojas le aumentaron rápidamente el cortisol y la adrenalina.
    Se encontró a la capitana con la cremallera del mono bajada muy cerca de la exclusa que daba al exterior. La emergencia debió de pillarla también descansando.
    —¿Qué ha pasado, Aitana?
    —No lo sé. —No dejaron de correr—. Recibí una alerta de la consola secundaria. Hemos chocado con algo. La nave se está desviando del rumbo previsto; pero no logro comunicar con Aitor.
    El marciano era el piloto que estaba de guardia esa noche.
    —¡Qué raro!
    —Nadie responde.
    Al llegar, la entrada estaba atrancada. Aitana revisó rápidamente el ordenador principal, eran las 23.15. Vio que había un problema de falta de oxígeno, por lo que el sistema había bloqueado la puerta. Así se evitaba que el resto de la atmosfera artificial de la nave se dañase.
    —Tenemos que abrirla. ¡Tenemos que sacarles!
    —No, no podemos. Debemos ponernos las máscaras primero —dijo la capitana y abrió un panel de la pared. Le tendió el sistema de respiración de emergencia.
    Cuando lograron acceder al interior de la cabina ya eran las 23.36. Vieron un gran boquete en la cristalera principal y señales luminosas rojas por todas partes. Los cadáveres del piloto y los copilotos estaban atados a las sillas, lo que evitó que se perdieran el espacio. Lucía se apresuró, retiró el cuerpo de Aitor y ocupó su lugar a los mandos. La capitana trataba de bloquear el boquete, por el que se escapaba el aire, con la cinta de aluminio que utilizaban para pequeñas reparaciones. Ambas estaban sudorosas y con las pulsaciones a mil.
    —Debemos ponernos un traje espacial e ir a aplicar la espuma taponante al exterior. El agujero es demasiado grande.
    —No hay tiempo, si no logro corregir el rumbo, pronto chocaremos con la basura espacial Estamos en plena Tortuga Táctica. —Lucía no levantaba la vista de los controles.
    —¡Dios mío! ¿Tanto nos hemos desviado?
    Lucía no pudo contestar. Horrorizada, vio como un enorme trozo de metal se aproximaba con rapidez. El impacto era inminente.
    —¡Mierda! —Sujetó con fuerza el timón y le dio todo el gas al motor auxiliar, tratando a la desesperada de esquivar el módulo de la vieja estación.
    La colisión fue espantosa, nadie sobrevivió. A veces, por más que nos esforzamos, no podemos evitar fracasar.

    1. Hola, Silvia:

      Este mes solo ha habido dos participantes así que, como en el mes pasado, te toca comentar a Andrés y yo comentaré el relato de ambos.

      un abrazo

    2. ¡Hola, Silvia! Es un placer comentar tu relato. Me meto primero en mi opinión personal, luego en las cosas técnicas.

      No hay problema alguno para comprender la historia que quieres contar, y eso es bueno. Como lector veo claramente en mi cabeza la escena que estás contando: el desconcierto inicial, el pánico de la carrera por la nave, las luces y los sonidos de emergencia a todo volumen… El lenguaje es claro y directo, y eso es bueno. El desenlace es lógico y brusco, como debe ser dada su naturaleza. Y me gusta el nombre de la zona: Tortuga Táctica. Buen trabajo en este aspecto. Tras leerlo, me quedo con ganas de saber más de ese viaje por el espacio, y que un lector se quede con ganas de más siempre es buena noticia.

      En la parte más técnica y formal, veo que la temática del reto de cumple, con esa imagen inicial del inevitable desenlace. Como cerrado, más cerrado no puede estar, así que genial también por esa parte. También están los elementos que tienen que estar, lógicamente compactados (500 palabras dan para lo que dan).

      Solo un detalle final, y esto es algo puramente personal: esa frase final (“A veces, por más que nos esforzamos, no podemos evitar fracasar.”) queda un poco como moraleja en un relato al que no le pega tener moraleja. A mí se me antoja un poco rara, habría terminado el relato en esa impactante frase final, con el “nadie sobrevivió” que cierra el relato por si misma.

      Espero que te haya gustado el comentario. ¡Buen trabajo!

    3. ¡Hola, Silvia!

      Muchas gracias por participar.
      Tu relato cumple las reglas del juego y además lo hace con el plus de que no parece que la primera frase sea el final, sino que funciona muy bien como principio. ¡Perfecto!

      El ritmo es ágil, puesto que se basa sobre todo en el diálogo y le va muy bien a este tipo de relato, así que bien hecho. Solo una cosa que mejoraría en este sentido: estamos ante dos mujeres que se despiertan en mitad de la noche, todo tiene pinta de ir a estallar en cualquier momento, la tensión es palpable, el riesgo de muerte está ahí y, sin embargo, se permiten decir frases como estas:
      —No, no podemos. Debemos ponernos las máscaras primero.
      —Debemos ponernos un traje espacial e ir a aplicar la espuma taponante al exterior. El agujero es demasiado grande.

      Funcionaría con frases más cortas que dejaran ver la urgencia. dos tripulantes de una nave no dirían «tenemos que ponernos el traje espacial», se vestirían sin más. Creo que el relato ganaría así.

      Y vigila los verbos débiles. Abusas un pelín del verbo ser. También repites algunas estructuras muy cerca unas de otras: Trataba de leer una novela en su pantalla personal cuando escuchó una explosión. Eran las 23.03.
      Se levantó del catre cuando sonó la alarma y se dirigió a su puesto.

      Por lo demás, buen relato: sencillo, impactante y entretenido.
      ¡Buen trabajo!

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