6 pensamientos en “Reto literario enero 2021: la maleta

  1. Mi relato para el reto de enero. ¡Espero que os guste!

    Título: ¿Me estás hablando a mí?
    Extensión: 497 palabras

    Pablo entró en la habitación con paso vacilante, y cerró la habitación dando un portazo. Se tambaleó hacia la cama, dejándose caer.
    —Qué se habrá creído…. Contigo no, bicho, me dice.
    El techo de la habitación giraba levemente. Pablo se dejó llevar, mientras seguía mascullando. Fue sintiendo un vapor agradable que le cubría los ojos por dentro, borrando parte de aquel día de mierda.
    Y entonces sonó el teléfono.
    —¡Joder!
    Pablo se levantó de golpe. Mejor dicho, lo intentó. Al tercer impulso consiguió alzarse y buscar el teléfono móvil en el bolsillo de su americana.
    —Hola, cariño. Te iba a llamar ahora mismo. La cena, el cliente, ya sabes… —escuchó con los ojos cerrados, dando pasitos por la habitación—. No, no, cómo voy a estar bebiendo. —Vuelta a escuchar—. Mañana volveré a casa en el último tren. —Gritos al otro lado—. Cariño…
    Se apartó el teléfono del oído y dejó que sonara.
    —Te llamaré mañana. Te quiero, te quiero.
    Colgó sin esperar la respuesta. Tiró el teléfono sobre la cama y volvió a mascullar, dirigiéndose al cuarto de baño.
    —Hotel de mierda, trabajo de mierda.
    Se miró en el espejo, lamentando que la niebla de su cabeza se hubiera disipado. Y entonces lo vio.
    —¿Qué coño…?
    Reflejado en el espejo se veía el viejo armario de la habitación. Una de las puertas estaba entreabierta, dejando ver una maleta abandonada. Una maleta a reventar, que dejaba escapar parte de su contenido.
    Pablo abrió mucho los ojos. Sacó la maleta con cautela y la abrió sobre la cama. Gruesos fajos de billetes se desparramaron sobre las sábanas.
    —¡Me cago en…!
    Se metió varios fajos en los bolsillos, con ansia, hasta que reparó en un objeto negro y metálico que atrajo su mirada como un imán. Lo tomó con cuidado, sintiendo su peso en la mano con una mezcla de excitación y reverencia.
    —Una pistola, dinero… ¡Joder! ¿Quién se hospedaba aquí? ¿Elliot Ness?
    Incapaz de soltar el arma, Pablo se dirigió al espejo del cuarto de baño. Puso cara de tipo duro y empuñó el arma con fuerza, colocando el dedo en el gatillo.
    —¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí?
    Rio tontamente, y siguió poniendo posturas ante el espejo.
    —Dime, ¿Es a mí? Entonces, ¿A quién demonios le…?
    El teléfono de la habitación sonó repentinamente. Pablo gritó, sobresaltado.
    ¡Bang!
    Su cuerpo cayó pesadamente, golpeándose contra el lavabo. Cuando llegó al suelo, Pablo tenía la mandíbula reventada por el disparo y la cabeza abierta por el golpe contra el lavabo y el suelo. El teléfono siguió sonando, indiferente, hasta que volvió a enmudecer.
    Sin saber cómo, Pablo se miró a sí mismo desde un punto indeterminado de la habitación. Su cuerpo estaba tirado sobre la moqueta, rodeado de sangre y billetes, con la pistola enredada entre los dedos.
    Qué ironía, ahora aquello sí que parecía una de las escenas de las películas que tanto le gustaban.
    Se miró las manos, pero no vio nada.
    —Mi mujer me va a matar…

  2. Aquí os dejo mi relato, para que me deis hasta en el cielo de la boca, que tengo que aprender. Pero, por favor, hacedlo con cariño, que es mi primera vez…

    ************************

    La maleta de Schrödinger

    La puerta es tan endeble que cualquiera podría tirarla abajo. Quiero colocar delante algún mueble, pero el único no atornillado al suelo es el armario. Supongo que el dueño del motel confía en que su envergadura impida que salga flotando si falla la gravedad artificial.
    Me cuesta, pero consigo arrastrarlo hasta el vano, y me siento un poco mejor.
    Tras un vistazo, decido no usar la cama. El edredón tiene manchas sospechosas, y me jugaría algo a que hace varios huéspedes que no se cambian las sábanas. Prefiero dejarme caer en el suelo, aunque la moqueta no tiene mejor aspecto.
    Estoy agotada. Dos días sin dormir, sin parar de moverme. No me quejo, es la vida que elegí, y está muy bien pagada. Y aunque a veces los trabajos se compliquen, para eso pagamos al Sindicato.
    Al mover el armario las puertas ya no encajan. Por el hueco que dejan veo que hay algo dentro. Voy a mirar, tengo curiosidad por saber qué ha podido olvidar el último degenerado que se ha alojado aquí.
    A decir verdad, lo que me sorprende no es la bolsa de viaje, ni el cañón de una enorme y reluciente pistola de pulsos, sino el montón de fajos de billetes usados. ¿Quién usa efectivo en una estación espacial? Aquí todas las transacciones se hacen con chips de crédito. Y todas dejan rastro, claro.
    Así que si alguien está usando papel es porque se trata de un asunto turbio. Más de lo habitual. Qué narices, hasta a mí me pagan con chips, y me dedico a matar gente…
    Tengo un dilema. Ahí hay dinero suficiente como para que alguien como yo empiece de cero de verdad. Una oportunidad de hacer las cosas bien. Comprar una granja en algún planeta. Tomar té en el porche y comer galletas caseras.
    Pero coger el dinero implica huir. Toda la vida mirando por encima del hombro, sin la protección del Sindicato. Ser la presa, en lugar del cazador.
    Creo que no me gustan tanto las galletas.
    Lamento más dejar la pistola que el dinero, pero averiguar si está limpia dejaría un rastro hasta mí, y no puedo permitirme que Seguridad me pille con un arma comprometida.
    Tengo que llamar al contacto del Sindicato. La sobretarifa se va a comer mis beneficios, pero no puedo quedarme aquí. Antes de poder marcar, el com suelta un pitido estridente.
    —Te vas en una hora —dice la voz al otro lado—. Muelle B5, Nave Precesión. Cubierta 4, cabina A47. Date prisa, te esperan.
    Siguiendo el protocolo, cuelga sin esperar respuesta. Yo ya estoy en movimiento, empujando el armario de vuelta a su lugar. Me aseguro de que las puertas se queden bien cerradas. Por lo que a mí respecta, ese tesoro envenenado es como si no estuviera ahí.
    Estoy contenta al marcharme. La Precesión es una nave de recreo, así que durante las próximas dos semanas disfrutaré de un crucero de lujo. No, no es mala vida la mía

  3. Sobrevivir

    No quedaba dinero para pagar otra noche en el hostal.
    José se gastó los últimos diez euros en una botella de vodka y un café. Hacía frío, soltó el cabrón. En el fondo solo está enganchado, pero podríamos habernos calentado los dos con una buena sopa instantánea.
    Esta mañana recogía el saco y la bolsa que cargo desde hace más de un año. Salí así de la casa familiar y es lo único que conservo. Y buena parte me lo robó un supuesto compañero que dormía a dos portales de donde iba a pasar mi primera semana en la calle. Cosas de trotamundos principiante, no te fíes ni de tu sombra. Aprendí la primera lección a cambio de ropa y la documentación, cualquier día me llaman para encerrarme en prisión. Hoy no me importaría, en plena ola de frío agradecería no tener que dormir a la intemperie.
    No soy un aventurero, aunque decir vagabundo me parece una palabra con muchas connotaciones que no quiero asumir. Un año entero repartiendo currículums sin resultado, buscándome la vida para no tener que volver a rogar al nido del que me echaron de una patada. Aunque fueron unas cuantas, y puñetazos también hubo, mis padres no tolerarán nunca un hijo “desviado”, era cuestión de tiempo que se enterasen.
    No me sorprendió nada, fue la primera y la última paliza, pero casi lo agradezco. Un amigo me acogió un par de semanas en el piso de estudiantes, pero no había espacio, ni dinero, no querían un okupa y me tuve que ir.
    Al empaquetar mi bolsa he abierto el armario, llevaba cerrado desde que llegamos ayer. Buscando toallas he encontrado una maleta. Se veían unos billetes, parecía una broma de muy mal gusto. Primero iba a decírselo a José, pero he recordado el Vodka y me he callado como un puta. He disimulado esperando a que se encerrara en el baño a “cagar”.
    Sabía que estaría media hora larga, así que era mi momento para registrar el maletín. Había muchos billetes y al mirar si encontraba algún documento del propietario he visto que también había una pistola. Yo no entiendo de armas, solo sé que no quiero dispararme un pie, así que no la he tocado. He cogido la maleta y me he dirigido al conserje que ha abierto mucho los ojos cuando le he explicado la situación.
    Ha llamado al propietario, un viejo simpático que se había hospedado allí por falta de habitaciones más cercanas al hospital de la ciudad. Ese dinero iba a pagar la operación de su marido y la pistola era de fogueo, por si alguien se acercaba demasiado al maletín.
    Después de una charla sincera me acaba de ofrecer una salida de este agujero. Dice que soy de fiar pero que debería cortarme el pelo antes de empezar a trabajar en su empresa de azúcar. “No te faltará trabajo siendo una persona honrada, chaval.”
    Siempre habrá alguien a quien endulzarle la vida, ¿no creéis?

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