Alicia Pérez Gil

La verdad es que la pregunta se las trae y que la respuesta no es fácil. Al fin y al cabo, antes de saber si son útiles los talleres literarios, habría que definir qué son exactamente. Afortunadamente, alguna experiencia tengo.

Los talleres literarios de mi vida y lo que me dieron

En realidad este título debería estar escrito en plural, porque solo he formado parte de un taller literario. Lo dice la biografía que puedes leer en mi ficha de La Nave Invisible y en la web Café Librería, el último proyecto en el que participo.

Utilidad de los talleres literarios

Sí, como dice la imagen, en mis años universitarios caí en las oscuras garras del taller literario de la Universidad de Deusto. Lo hice de la mano (o más bien empujada, arrojada, defenestrada) por una chica a la que acababa de conocer y que me cautivó con sus historias. Pero eso es otra historia y me voy a permitir guardarla para ninguna ocasión.

Deusto se había convertido en mi destino sin yo saberlo cuando, a la tierna edad de ocho años, decidí que quería ser abogado. Mi familia vivía en Euskadi y la única facultad de derecho pública estaba muy lejos de casa. Mi madre, una mujer sobreprotectora pero también sensata, decidió que su hija no iba a pasar más de cuatro horas diarias de viaje para ir a estudiar porque, en fin, a ver cuándo estudiaba.

Si estás pensando que qué tipo de niña prodigio empieza a estudiar una carrera a los ocho años, te diré que yo no. A esa edad solo tomé la decisión. Mis estudios fueron dolorosamente largos, como los de todo el mundo.

Afortunadamente, los últimos cinco años los pasé en un sitio un poco rancio, sí, pero precioso. El edificio principal tenía dos patios, anchos pasillos con suelo de madera, escondidos corredores estrechos, escalinatas, escaleras, ocultas escalerillas que ascendían a lugares prohibidos, balaustradas, salas de estudio acristaladas y conexiones con un edificio nuevo, de cristal y forja, en frente del que construyeron el Museo Guggenheim Bilbao, al que vi nacer y crecer desde un laberinto de piedra cuya solución todavía encuentro con los ojos cerrados.

A clase fui más bien poco.

Dragones y Mazmorras: elige bien o terminarás en un taller literario

Esta vez no me refiero al juego de rol, sino a ese telfilm agorero en el que Tom Hanks es máster de rol y la cosa termina regular porque si no, no diría que la película es agorera. Que hay que explicarlo todo.

En ella, Tom Hanks pertenecía a un grupo. Al principio no, porque era nuevo en esa universidad (¿Instituto?), pero luego encontraba a unos cuantos colegas de afición rolera y todo marchaba a las mil maravillas hasta que ya no.

Pertenecer a un grupo es importante cuando no compartes tus inquietudes con nadie. Y es todavía más importante cuando llegas de un instituto diminuto a una universidad llena de gente con mucho más dinero que tú. Creedme: en Deusto todo el mundo tenía mucho más dinero que yo. O eso me parecía.

Incluso se convierte en algo mucho más importante cuando tienes los veinte recién cumplidos y la seguridad de que le caes mal a todo el mundo.

En mi cabeza, Deusto y el escenario de Laberintos y Monstruos (Mazes and monsters es el título original) eran lo mismo. Yo no estaba dispuesta a perder la cabeza como el pringao de Tom Hanks, pero al final me encontré, como él, con un grupo de personas que invertían su tiempo en crear historias.

¿Me sirvió de algo este taller literario en concreto?

Hace poco hablé de él, en concreto en este artículo sobre Inquilinos y el síndrome del impostor.

Contestar si son útiles los talleres literarios con total sinceridad requiere un pequeño rodeo.

Para mí, compartir espacio con aquellos compañeros fue como abrir un libro, pero a lo grande, a lo enorme, a lo monumental. Todos sabían más que yo, todos habían leído más que yo, todos tenían opiniones que a mí me parecían formadas. Y es cierto que mi síndrome del impostor se nutrió allí como una sanguijuela en una arteria, pero sería injusto reducir la experiencia a eso.

¿Son útiles los talleres literarios? Algunos ejemplos

  1. Durante los cuatro años que participé en el taller escribí mis primeros relatos, leí relatos de compañeras y compañeros, me atreví a leer en voz alta mis propias obras, conocí autores y autoras nuevos para mí y que me han acompañado desde entonces.
  2. Me presenté a concursos literarios y los gané. Con malas obras, con obras mediocres de juventud, pero los gané.
  3. Y publiqué mi primer relato en una revista universitaria. Está aquí, aunque da un poco de pena verlo, la verdad.
  4. Pero no solo eso: hice amigas, me enamoré, me desenamoré, dirigí un fanzine literario de dos números, el segundo de los cuales contiene el primer embrión de Sombra, mi novela corta de terror basada en el Nuevo Testamento; escribí cientos de cartas, recibí cientos de cartas, rellené volúmenes y volúmenes d diario.

Lo que no sé es cómo saqué la carrera.

Si tuviera que atribuir una utilidad, una sola, a este taller literario de juventud, diría que fue una puerta.

Entré en el taller literario y nunca más salí de allí.

De hecho, creo que sigo dentro. El taller, por cierto, aparece en Barro, mi primera novela corta publicada en 2017.

Pero la verdad es que cuando me pregunto hoy en día si son útiles los talleres literarios, no me refiero a estos grupos de descubrimiento y pasión compartida. Creo que no hay discusión posible: este tipo de talleres no son solo útiles, son utilísimos.

Ursula K. Leguin y la utilidad de los talleres literarios

Escritora y feminista
Doña Úrsula K. Leguin

Al principio parece que los talleres literarios son inútiles

Leguin habla en Orgullos: un ensayo sobre los talleres literarios de si los talleres literarios on útiles o son dañinos. Reconozco que el inicio del artículo, largo, sabio, me desconcertó:

El daño menos dañino que hacen es malgastar el tiempo. Ocurre cuando la gente acude a ellos creyendo que va a enseñar o a aprender a escribir”

También alerta Leguin sobre las personas que se dicen escritoras y que no son más (ni menos) que adictas a los talleres literarios:

“Los adictos siempre llegan al taller con un viejo manuscrito, y cuando se lo critican nos hablan de los grandes escritores de grandes talleres que les dijeron lo grandioso que era. Si el profesor les pide obras nuevas, los adictos se indignan: «¡Pero si llevo trabajando en este libro desde 1950!». Con sus barbas llenas de liquen y sus prendas verdes, indistintos en el crepúsculo, seguirán arrastrando ese mismo condenado manuscrito inconcluso dentro de veinte años y protestando: «¡Pero si Longfellow dijo que demostraba una enorme sensibilidad!».

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