41 pensamientos en “Taller literario de mayo: escribir con pie forzado

  1. ¡Hola!

    ¿Es aquí donde debo comentar para decir que me apunto? Si es así, perfecto, me apunto. Si no, perdón por las molestias pero es que soy nuevo y todavía no le he pillado el punto a todo esto. Sea como sea, saludos.

  2. ¡A lo loco! Yo me apunto, aunque todavía no he leído de lo que va el reto este mes 😁
    Feliz día para todo el mundo.

    (Por cierto: yo me quejaba, pero en el fondo me venía muy bien el límite de palabras 😜).

    1. Vale, pero entonces puede que te pierdas el reto de junio.
      A lo mejor quieres escribir mil palabras fuera de taller y tenerlas a mano para el mes que viene. 🙂

      1. Pasé toda la noche despierta mientras escuchaba ruidos inquietantes bajo mi piel. Me tapé las orejas con la almohada pero aún así los seguía oyendo. Perdí la cuenta de las veces que me giré en la cama. Las horas pasaron lentas y preocupantes como si aquella noche fuera la última con vida para mí. Los picores eran cada vez más intensos y el bicho roedor de mi interior no encontraba la paz. Comía sin descanso fuera lo que fuera que había crecido en los folículos de mis piernas.

        Desayuné al romper el alba. No podía seguir en la cama y me senté en la silla de la cocina con la mirada fija puesta en el reloj. Cuando la manecilla sobrepasó las 9, me levanté como un resorte y salí de casa tras un portazo.

        Las calles estaban bastante llenas para ser agosto en Madrid. El calor todavía no apretaba lo suyo y aceleré el paso. Quería llegar a aquella maldita tienda lo antes posible, si era capaz de encontrarla, claro está. No recordaba exactamente cómo me había topado con ella la primera vez, sólo que su bonita puerta art-decó de elementos botánicos me había llamado poderosamente la atención. Entré y tras el mostrador estaba aquella señora de rostro agusanado y sonrisa amable que me había preguntado si necesitaba ayuda. Y, por supuesto que necesitaba ayuda, mi vida iba cuesta abajo y en barrena, sin frenos y a lo loco hacia una inminente colisión con la realidad. Pero no pude decirle exactamente lo que me ocurría, ni yo misma lo sabía. Me levantaba cada día llorando sin motivo aparente y mi piel, mi piel estaba sufriendo las consecuencias ante tanta deshidratación.

        —Tengo la piel seca. Me salen escamas en las piernas. Y cuando me depilo me escuece muchísimo. Se me infectan los folículos y ya no sé qué hacer. Mire, tengo las piernas llenas de heridas. Así no puedo irme de vacaciones a la playa—confesé al fin.

        La señora sonrió y se perdió en la rebotica. Entonces, abrí los ojos y me di cuenta de donde estaba. Era una floristería. ¿Por qué le había dicho lo que le había dicho sin ni siquiera saber dónde me encontraba? Quise que me tragara la tierra y eché a correr hacia la puerta pero no la pude abrir. Estaba atascada.

        —¿Ya se va? —una voz suave y melodiosa preguntaba a mi espalda—. Mire, le he encontrado la solución a su problema. Aquí tiene este fertilizante orgánico que le vendrá estupendo para la piel. El vello le saldrá más fuerte y así evitará que se infecten los folículos al depilarse. Mano de santo, se lo juro.

        —Gra…gra..cias—tartamudeé—¿cuánto le debo?

        —Nada, no se preocupe. Ya volverá a pagarme cuando esté satisfecha con los resultados.

        Sonreí, no estaba acostumbrada a tanta bondad sin pedir nada a cambio. Aquella señora era realmente entrañable. Cogí el fertilizante del mostrador y me lo puse al llegar a casa. Lo de la hierba era un efecto secundario inesperado pero por lo menos los granos infectados habían desaparecido por completo. Y me sentí feliz por primera vez en mucho tiempo.

        Me enfurecí al recordarlo todo. El efecto secundario ya se había convertido en un problema real y esa mujer lo iba a pagar bien caro. No sabía quién era yo. No me conocía enfadada. Y salí de mis pensamientos al ver la puerta al fondo del callejón. No recordaba un callejón la primera vez que fui pero qué importaba, allí estaba la fuente de todos mis problemas.

        Entré directamente furiosa y abrí la puerta de par en par. La señora de rostro agusanado ni se inmutó. Seguía sonriendo en el mostrador como si no se hubiera percatado del considerable cabreo que llevaba encima.

        —Usted—la amenacé con el dedo—usted me ha mentido. Hay algo que me está royendo por dentro y me lo va a sacar.

        —¿Yo? ¿Mentirle? ¿No está mejor su piel? —esa pregunta me desconcertó—. No debería alterarse tanto, no es bueno para la transición.

        —¿La transición? ¿Pero de qué coño está hablando? Yo no transito. Estoy muy bien cómo estoy —aseguré convencida.

        —Ah, ¿sí? ¿Ya no lloras cada mañana? ¿Has dejado de sentirte inútil y miserable? ¿Ya no te sientes sola? —me tuteó como si me conociera de toda la vida.

        ¿Cómo sabía todo aquello esa mujer? Ni yo misma había podido ponerle nombre a lo que me ocurría.

        —Venga, siéntate aquí y tómate este té. Te ayudará a no sentir nada cuando ocurra. No es muy doloroso, como cuando se corta uno al depilarse. Una gotita de sangre y enseguida cicatriza. No es un dolor del que debas tener miedo.

        Empecé a sentirme mareada. El bicho roedor daba bocados cada vez más grandes y entonces vi un hilito de sangre en mi pierna derecha, como si me hubiera cortado al depilarme. Estiré la mano para secar la mancha roja y ya no pude hacerlo. La oscuridad por un tiempo indefinido.

        El sol me despertó. No sabía cuánto había dormido. Me desperecé y entonces me encontré frente a frente unos ojos familiares.

        —Qué preciosidad eres. Lo supe nada más verte entrar. ¡Qué frondosa! Y añil. Hacía tiempo que no tenía una hortensia añil. Verás qué feliz vas a ser aquí con nosotras. ¿Verdad, chicas? Aquí no volverás a sentirte sola nunca más. Yo te cuidaré.

        Intenté contestar pero ya no tenía boca de la que pudieran salir palabras. Miré a mi alrededor. Miles de flores, arbustos, árboles y demás vegetación llenaban un invernadero de cristal del que no lograba distinguir el final. Miré mis piernas pero ya no eran piernas. Me sentí enraizada a la tierra, y, sí, aquella señora tenía razón: Allí no estaría nunca sola.

        1. Hola, Esther.

          Mucho menos truculento que el de Sergio, tu cuento tiene esos detalles delicados que me gustan de tu escritura. Lo mejor, el worldbuilding, lo que no deja de tener mucho mérito en un relato tan corto. Las ciudades que cambian de forma son un filón literario y aquí lo aprovechas muy bien. Me encanta el portón y que de repente aparezca una calleja estrecha que no estaba ahí antes.

          Me gusta también el rango emocional de la protagonista. A veces nos empeñamos tanto en la coherencia que nos salen personajes monocordes, pero en este caso las emociones pendulares están bien justificadas y hacen que el personaje sea tridimensional.

          El uso de la casualidad y la ofuscación también me parecen muy bien traídos.

          El punto débil es el estilo. Abusas un pelín de frases cortas y de la repetición de ideas, pero, como le digo a Sergio, eso queda para el mes de junio.

          ¡Buen ejercicio!

  3. Buenas, Alicia!
    Oye, no puedo ver el post del taller (sí, a estas alturas me iba a poner a escribir) … me dice que tengo que ser “usuario bronce” para poder verlo O_O …. y Lilim me comenta que a ella le pasa lo mismo. ¿alguna idea?

      1. Listo!! Ya puedo leerlo… Pero me acabo de dar cuenta de que no “me apunté”, ¿Puedo subirme al carro aún? Es más, ¿Puedo quedarme subido por lo que queda de año? 😝 Para no andar confirmando cada vez

  4. Hola a todo el mundo. Espero que os encontréis muy bien, vosotras y vuestras allegadas.

    Aquí va mi relato para el reto de este mes. La primera idea conseguí ¡por primera vez! que no llegara a las 500 palabras. Jajaja. La que os ofrezco ha salido más larga, pero estoy contenta porque no me he pasado del nuevo límite que tenemos 👍🏻
    Me he dedicado de nuevo a jugar un poco, así que hay partes que no parezco “yo”. Disfrutad con la lectura y criticando 😉
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    El abono actúa rápido, demasiado. Cuando me he levantado esta mañana, no era capaz de moverme debido al pastizal en el que se me ha convertido la pierna por la noche. Están hermosas las hojas; según arranco una, veo la punta de un nuevo brote. Lo bueno es que lo que se mueve parece contento: acaricia los bulbos y se desplaza con calma.

    Debo tener cuidado cuando me ducho: cubro la frondosa pierna para que la presión del agua no rompa los tallos, para no apelmazar la hierba cuando me paso la esponja, para no aplastar el cesped espigado cuando me seco con la toalla. Siempre rocío con un difusor la pequeña pradera como colofón del baño.
    No debería secarme todo el cuerpo con el mismo paño. He visto pequeñas briznas asomando por alguno de los poros de la extremidad contraria. Decido fertilizarla para que vayan a la par. Así conseguiré equilibrar mis ahora torpes movimientos. Esta vez no usaré la depiladora.

    Volví a la floristería y ya no estaba la mujer de cara agusanada. Pregunté a uno de sus compañeros, éste con piel de costra arrugada color siena quebrada y raíces nudosas por dientes. Me animó a probar semillas de diversa flora para darle colorido a mis prados. Me decidí por algunas variedades de margaritas y violetas.
    No ha funcionado bien. El proceso es complicado: debo arrancar una brizna, introducir meticulosa la pepita sin aplastarla, abonar con cuidado y echarle unas gotas de agua vitaminada, pero Algo, el que se mueve, no está conforme. Al despertar, me encuentro las simientes tiradas encima de la cama, rotas para no ser de nuevo utilizadas. No quiero enfadarle; no lo he vuelto a intentar. Le he regalado las que me quedaban a un vecino, cuyos brazos muestran pequeñas florecillas. Le quedan hermosas.

    Algo está hoy enfadado. Parece que gruñe. Tal vez solo lo imagino. Se mueve rápido por la pierna. Demasiado. Choca con algunos cogollos y me hace daño. Varios haces de hojas han desaparecido pierna adentro en cuestión de segundos. No entiendo por qué lo hace. Vuelvo a la floristería y un nuevo dependiente, la cabeza un bouquet de flores salvajes primorosamente colocadas, me aconseja ofrecerle vitaminas, siempre acompañadas de baños de luz solar. Mejor hacerlo por la mañana temprano y antes de que anochezca. A casa me voy tratando de compaginar mis tareas diarias con las nuevas necesidades de Algo.

    Nunca he sido sonámbula, pero me he despertado descalza, en pijama, de pie, con la mano metida en la bolsa de abono y la boca llena, masticándolo. No me he asustado. He tragado con cierto esfuerzo, me he acercado al baño y me he lavado la cara. La noto más lisa. Me lavo los dientes tras el aperitivo; los noto más planos, más pegados. Mi reflejo me recuerda a alguien.

    Los chapuzones de sol junto a las vitaminas nos están yendo bien. No soy la única que sale de su casa para recibirlos; así conozco a mucha gente. Distingo cambios en sus anatomías a lo largo de los días. No me molesta. Me gusta el aspecto que están cosechando.
    Ayer, una chiquilla nueva apareció cerca de mí. Nerviosa, asustada, rascando dolorosamente su brazo brotado. Me cuenta entre grititos y susurros que algo dentro del brazo no para de moverse y que le da miedo. Según la escucho me doy cuenta de que hace un tiempo que no noto a Algo. No puedo decir que le siento integrado; en realidad, me da igual. Estoy… estamos cómodos con nuestras vitaminas repartidas por el cuerpo dejando que el astro rey nos de energía. Trato de calmar a la muchacha. Me temo que no lo he conseguido. Se ha levantado moviendo con rabia los brazos y clamando que nos estamos convirtiendo todos en lo mismo. Según se va alejando, ya me he olvidado de ella.

    He dejado de ir al mercado.

    En la floristería, una nueva mujer de rostro agusanado me ha atendido. Sabía lo que estaba buscando sin necesidad de que dijera una sola palabra. Mejor. Hablar se está convirtiendo en una incomodidad. He comprado tierras y mantillos de diversos tipo. Me ha aconsejado, como un secreto que debiera quedar entre nosotras, que pase alguna noche echada en el parque.

    Hoy voy a probar a dormir en el terreno ajardinado. Noto mi corazón tranquilo, casi insonoro, animándome a hacerlo. Tres figuras más en el campo. Me tumbo y me entra hambre. Empiezo a engullir el suelo. Creo un túnel por el que me voy introduciendo. Ahora soy feliz.

    1. ¡Amaya!
      ¡Qué relato tan bonito!
      Lo mejor: es difícil escoger porque el cuento tiene muchas más cosas buenas que malas, pero me parece especialmente destacable el contexto. La aparición de la niña es muy de alta literatura. Bien hecho. No hace falta describir una ciudad entera para que sepamos lo que ocurre en el mundo.

      Otra cosa muy buena: solo al final sabemos por qué los dependientes desaparecen de la tienda. Muy bueno el foreshadowing ahí, sí señora. Podría mejorarse, a los Shirley Jacson, si en algún momento dijeras que notas la ciudad más verde o que hay más plantas en la tienda, etc. Pero tal y como está, está bien. Es sutil y correcto.

      Los puntos débiles: me pone un poco nerviosa y me saca de la lectura que te refieras a Algo en mayúscula y le des ese nombre propio. Creo que le resta calidad al texto y que le da una importancia demasiado evidente al bicho. Creo que quedaría mejor si lo suavizaras.

      Hay cositas de estilo con las que te las verás en junio.

      ¡Buen ejercicio!

  5. ¡Hola!
    Aquí os dejo mi historia. Lamento no poder haber trabajado más en ella, pero esta semana no me ha dado la vida para mucho más. Ya tengo ganas de que llegue el siguiente taller y de leer vuestras historias 🙂

    Había dormido fatal y tenía esa sensación de falsa realidad que se experimenta cuando se duerme demasiado y se pierde el sentido del tiempo. Pensando que llegaba tarde, me levanté de un bote de la cama y con los ojos todavía cerrados por el sueño, me dirigí al cuarto de baño y abrí el grifo de la ducha. Dejé correr el agua fría sobre mi cuerpo recién despierto para despejarme un poco y poder así, comenzar la jornada de una forma digna.
    Las piernas me dolían todavía. Palpé los bultos que me habían salido y me rasqué con fuerza una de las heridas. Apreté con fuerza hasta que algo verdoso asomó, pero no lo pude sacar. Tiraba con las puntas de los dedos hasta que estos, reblandecidos por el agua, empezaron a dolerme. Los folículos me picaban y me ardían por dentro, como cuando va a salir un diente y notas la encía que se rompe para dejar paso.
    El día anterior me había pasado por la tienda de plantas. La dependienta me había atendido con una amabilidad abrumadora y cuando estaba a punto de marcharme, me dijo que tenía un regalo para mí. De debajo del mostrador sacó una planta exótica, que según me dijo, acababa de recibir.
    De mala gana agarré la planta y me marché con una sensación desagradable en el estómago.
    Esa misma noche, empecé a sentir un bultito en la pantorrilla de la pierna derecha. Algo más pequeño que una lenteja y lo sentía palpitar en esa zona, ahora como ajena a mi cuerpo.
    A mitad de la noche me desperté y noté la metamorfosis en mis piernas. Hierba, todo llenito de hierba verde.
    Así pues, hoy tenía que ir a hablar con la dependienta. Probablemente, ella supiera algo.
    Mientras iba en el metro, notaba la hierba crecer bajo mis vaqueros. A mi alrededor, la gente charlaba animada, ajena a mi situación.
    Cuando por fin llegué a la tienda, la mujer me saludó con la misma sonrisa forzada de siempre. Me volvió a dar un líquido y me despidió casi a empujones de la tienda mientras me decía que mucho cuidado con regarme, que probablemente todo fuera por exceso de agua. Chiflada, qué sabrá ella.
    Mi día acabó a la inversa, como un mero simulacro de la realidad.
    Esa noche volví a soñar que me salía hierba. Primero, en una pierna y después, la hierba continuó creciendo por todo el cuerpo. Se extendía alrededor de mi cuello y mi ojos se empañaron con una sombra verde invadiendo mi cuerpo. Mi nariz, taponada por los brotes, exhalaba un hilito de aire que sonaba estridente en el silencio de la habitación. Con los dedos paralizados apenas podía arañar la piel.
    Soñé que era humana o ¿era planta? Soñé en verde, en tonos oscuros y matices que no conocía. Soñé con el aire y el agua. La tierra me sostenía en un abrazo cálido y húmedo. El viento, acariciándome, me mecía de un lado a otro. Era amor en toda la inmensidad de la palabra.
    Sin embargo, una monstruosa sombra, en su desmedida avaricia, se abalanzó sobre mí provocando un tremendo crujido. Algo me devoró, me desmembró completamente hasta dejarme reducida a tan solo un leve trozo. Esa imagen borrosa me atrapó hasta el último segundo, como una pesadilla en la que caes y nunca ves el final.
    Lo último que recuerdo antes de perder la conciencia fue como el insecto se cernía por última vez sobre mí, y ya nunca más volví a abrir los ojos.

    1. Hola, Silvia:

      Tu relato parte de una idea muy chula, si lo he entendido bien. Lo que pasa es que la chica se transforma en hierba y que un insecto se la come ¿verdad? La parte en la que explicas que no sabe si es una humana que sueña ser una planta o una planta que sueña ser una humana es sin duda la mejor del relato.

      El problema principal es el punto de vista. El relato está contado en primera persona, pero, si atendemos a la última línea, parece que la narradora ha muerto devorada por el insecto, así que ¿Cómo es posible que lo esté narrando? Este tema se soluciona fácilmente si en lugar de matarla terminas el relato con un nuevo comienzo: ella es hierba y ya no siente sus dolores títpicos de humana, pero no todo es paz y amor: los insectos la devoran a diario. Sería un final terrorífico y evitarías la contradcción.

      Dicho lo cual, el cuento empieza con otra contradcción: había dormido fatal pero se sentía como si hubiera dormido demasiado… Yo lo revisaría.

      En general, creo que has desarrollado una idea muy chula en muy pocas palabras y que por eso el relato sufre, pero yo le veo mimbres. A ver qué pasa en junio 🙂

      ¡Buen ejercicio!

      1. ¡Gracias, Alicia!
        Tienes razón, estaré atenta a tus consejos para la próxima vez.
        Me ha encantado este ejercicio porque tiene muchas posibilidades.
        También, me han gustado mucho los ejercicios de los compañeros.
        ¡Un saludo a todos!

  6. Hola, compañeras!
    Pues si que ha estado complicado el reto de este mes. También es cierto que, como siempre, lo he dejado estar demasiado.
    Total, que el resultado ha sido un poco más bizarro de lo que esperaba y puede que incluso moleste a alguien. Me disculpo por adelantado. De hecho, Alicia, si crees que puede ser un problema elimínalo.
    Al final os dejo un link al documento en Google Docs, por si os resulta más cómodo comentarlo allí.
    Tengo un montón de ganas de ver qué habéis hecho con este pie que tantas zancadillas me ha hecho a mi xP
    Un abrazote, nos leemos!
    —————————————————
    Anoche soñé que me salía hierba. En una pierna.
    No es extraño, puesto que la había abonado con fertilizante orgánico del que venden en las floristerías.
    Una mujer con rostro agusanado me lo vendió. Tenía casi todos los dientes planos tras la sonrisa.
    Las hojas crecían fuertes, espesas, y la pierna me picaba, pero si las arrancaba no me dolía.
    Solo sentía el tirón, los folículos se me abrían y las raíces salían blancas y limpias con un cosquilleo.
    Un poco como cuando arrancas los pétalos a una margarita para saber si te quiere o no te quiere y al hacerlo notas su caricia en el corazón.
    Cuando me he depilado esta mañana no ha habido tanta suerte.
    La maquinilla me ha dejado unos círculos verdes, pequeños pero visibles, con un poso de tierra en el fondo.
    Esperaré a que crezca para sacar las plantas de raíz.
    Ojalá el fertilizante actúe rápido, porque bajo los bulbos noto algo que se mueve. Tiene hambre.
    Y si se acaba la hierba… Prefiero no pensar qué comerá si se acaba la hierba.
    Paso la tarde con Ana, preparando nuestra fiesta de cumpleaños. No le he dicho nada de lo de la hierba, pero me ve rascarme y pregunta.
    No me cuesta desviar el tema. Ella está más emocionada que yo por cumplir cuarenta.
    Da vértigo pensar lo lejos que quedan los pasteles de barro que hacíamos en el llano, en frente de su casa.
    Después de bañarme inspecciono mis piernas, otra vez. Sí, algo se mueve ahí debajo. Decido dormir con unos leotardos gruesos, pero en realidad no puedo dormir.
    Hasta que puedo y no llego a enterarme.
    El miedo actúa de timón imposible en el océano enloquecido de mis sueño. Llevándome de nuevo hasta la mujer que me vendió el fertilizante.
    Pero ya no es la misma. Ahora sólo tiene un ojo. Y lleva un pañuelo rosado sobre la cabeza, anudado en la barbilla. Puede que lo llevara la última vez y no me diera cuenta.
    Le explico lo que me pasa y me sonríe enseñando su dientes planos. Entonces me doy cuenta de que lo que había tomado por gusanos son más bien renacuajos.
    Blancos y nerviosos. Me dice que tiene un herbicida perfecto para lo que me pasa. Me lo da. Y dice que debería hacer algo con los surcos que tengo en la cara.
    ¿Qué surcos? Despierto con las manos crispadas sobre las mejillas.
    En la imagen del espejo descubro las terribles hendiduras que me recorren la cara allí donde antes había marcas de expresión. Simétricas y profundas como heridas viejas.
    Pero no duelen, pero me cuesta reconocerme. El acto reflejo es lavarme la cara y volverme a mirarme ansiosa. Pero siguen ahí.
    Recuerdo el herbicida. ¿Me lo apliqué antes de despertar? No lo sé, pero debajo de los leotardos ya no hay verde.
    Aún noto un hormigueo en la piel, pero ahora ese no es mi principal problema.
    Paso el resto de la mañana evitando los espejos, pero apurando cualquier reflejo fugaz para confirmar que las marcas siguen ahí. Pienso en ir al médico.
    Pienso en llamar a Ana. Pienso en tirarme por la ventana. Pienso en la cita que tenía esta noche con Marco. El otro día lo pasé genial.
    No siempres encuentras en Tinder un tío agradable y que folle bien. Pero no voy a aparecer con esta cara. Debería llamarlo para aplazar la cita.
    Al final es Ana quien me llama. Quiere saber si vamos a invitar a amigas casadas a nuestra fiesta loca. Como si nos quedara alguna soltera. No se lo digo.
    Intento alargar la conversación para impregnarme de su alegría y ella lo toma como una señal de estoy de buen humor. No.
    Cuando cuelgo apenas recuerdo la mitad de las propuestas, pero estoy más tranquila.
    Me voy a la cama temprano. La comezón en las piernas se ha extendido hacia el abdomen.
    No puedo dejar de pensar que hay algo debajo que me quiere devorar. Me duermo.
    Vuelvo a encontrar a la mujer. Esta vez lleva el pañuelo más ajustado. Le aprieta sobre las cejas inexistentes y bajo la barbilla.
    Parece tener la boca y su único ojo más cerca entre ellos. Sonríe cuando me ve nadar entre pesadillas hacia ella. Sus dientes se han fundido en una sola pieza blanca, que casi no la deja hablar. Le digo que necesito una solución y estiro el cuello para que pueda verme bien la cara.
    Hace un gesto como de preocupación. Pero es complicado interpretarlo en esa cara constreñida. Con una mano raquítica señala un objeto que hay en el suelo blando.
    Es una azada pequeña, del tamaño de una maquinilla desechable. Hace el gesto de acariciarse la mejilla, aunque sus brazos no son tan largos como para hacerlo.
    Mientras me acerco la azada a los surcos de cara me fijo por primera vez en el cuerpo de la mujer. Lleva un traje rosado tostado, como el pañuelo, que le cubre hasta los pies.
    Tiene los brazos muy delgados, como atrofiados. Estoy pensado en su extraño aspecto cuando noto el picor que la mini azada va dejándome al paso por la cara.
    Siento un alivio desesperado cuando examino el picor con las yemas de los dedos. La piel vuelve ser la de siempre.
    Miro a la mujer para darle las gracias, pero la veo señalando el suelo de nuevo. Ahora entre las dos hay un montón de horquillas de madera.
    Como las que se usan para apuntalar las parras. La miro sin entender. Ella me devuelve el gesto con su único ojo.
    Me señala el torso y siguiendo la trayectoria de su dedo encuentro mis pechos caídos, mi carne cansada y traicionera, colgando.
    Despierto empapada en angustia. Voy directa al baño, al espejo. Busco las consecuencias de la pesadilla. No hay nada.
    Ni hierba en las piernas, ni marcas en la cara y ni más flacidez de la habitual.
    Me derrumbo en la taza con los codos hundidos en las rodillas y la cabeza apuntalada sobre las manos. Como si fueran las horquillas de una parra.
    La idea me hace levantarme de un salto y meterme en la ducha. Me voy a la calle, tengo que hacer algo normal o me acabaré de volverme loca.
    Llamo a Ana para irnos de desayuno precumpleañero. Funciona durante un par de horas. Hasta la tarde no noto el movimiento en el abdomen. Puede lo haya estado ignorando.
    Estoy a punto de llamar a Marcos cuando algo se me revuelve detrás del ombligo. Me quedo apoyada en la pared del portal y me palpo la zona.
    Vuelve aquella sensación absurda de hace unos días. Ahí dentro hay algo que tiene hambre. Pero es absurdo. Subo como puedo al piso y esta vez no espero a tener sueño.
    Me meto un par de somníferos y voy en busca de la mujer.
    Tropiezo con ella antes de verla. Y aún cuando lo hago sólo la reconozco por la lógica absurda del sueño. Ha vuelto a cambiar.
    Ahora sus rasgos se han concentrado en un una boca en el centro de la cara. En lugar de dientes asoma una baba blanca que gotea lentamente por su barbilla inexistente.
    Ha perdido por completo las extremidades y el vestido rosado se le ha ceñido, uniéndose al pañuelo en una sola prenda tubular.
    Voy a dirigirme a ella cuando me vomita un chorro de baba espesa. La cantidad es desmesurada.
    Me tira al suelo, escuece en los ojos y me inunda la boca con un sabor salobre. Cuando intento incorporarme lo que llevo en el vientre despierta.
    Un dolor impensable me parte por la mitad desde la entrepierna. Eso va a salir. Quiere alimentarse de la porquería que me empapa.
    Mis propios gritos me devuelven a la vigilia. La luz de un sol indeterminado ilumina el sillón donde me quedé dormida.
    Empapado de la sangre que me corre entre las piernas. Empapado de una vida perdida.

    https://docs.google.com/document/d/1NaypIDb3GaEnSpcK94ZCc1qXSbkn9WHXX3eewHHtz5M/edit?usp=sharing

    1. Hola, Sergio:
      Lo publico. Cuando has avisado de su bizarrismo me he asustado un poco, pero la verdad es que no es para tanto… O no para lo que yo considero tanto.

      El relato está muy bien, quizá lo mejor sea la tensión, el tono ominoso y el punto de vista sólido que has adoptado. Bien por esas decisiones. El elemento fantástico está bajo control y me parecen especialmente bien manejadas las dinámicas del sueño. La transformación de la bruja es muy efectiva.

      En el lado menos bueno: corregir es buena idea. Hay unas cuantas reiteraciones y en ocasiones repeticiones de sufijos innecesarios que son, estoy segura, fruto de la prisa. Ejemplo: «me acabaré de volverme loca».

      Y luego yo cambiaría el orden del primer sueño y el segundo: es más impactante soñar que tienes surcos en la cara que se te ha caído el pecho. Sobre todo porque el pecho se cae que da gusto y es algo con lo que tienes que llegar a un acuerdo con no agresión contigo misma. Los pechos se ocultan y se alzan con sujetadores. La cara está ahí, a la vista de todo el mundo. El impacto sicológico es mayor y la escalada de psicosis funcionaría mejor. En la primera lectura el fragmento del segundo sueño se me ha hecho aburrido porque bajaba los decibelios.

      Las menciones a Marcos tampoco son necesarias, pero de eso hablamos en junio…

      ¡Buen relato!

  7. Hola, Alicia!
    Me alegro de que te gustara el relato y, sobretodo, de no haberme pasado de creepy. Ponerme a hablar sobre los temas que toco en el relato, y encima con ese tono bizarro, se me hacía un poco cuesta arriba. Pero es que el pie que nos diste sólo me dejó ir hacia ahí xD
    Sobre lo de la corrección tienes toda la razón del mundo. Soy un cutre que se ajusta mucho al plazo final. Uno de mis propósitos de año nuevo era empezar a usar una agenda, como Gaiman manda, incluso me compré una monísima con gatos y citas literarias molonas, pero nada… que soy un desastre y punto.
    Sobre lo de los sueños: lo hice en este orden porque el tercer sueño no iba a tener consecuencias en su vida diurna, porque quería darle un respiro antes del acto fin.
    Estoy ansioso por ver qué nos tienes preparado para el mes que viene.
    Un abrazote! Nos leemos!

  8. Hola a todas!
    Lo primero, os deseo tanto vosotras como vuestras familias estéis bien. También quiero pediros perdón por el retraso en la entrega. Generalmente, procuro ser más organizado con estas cosas, pero están siendo semanas duras de trabajo y he andado con poco/sin tiempo. Y sin más, os dejo acá mi relato. Un abrazo enorme y muchos ánimos para todas! 🙂

    La noche pasada lo sentí moverse. Me picaban mucho las pantorrillas, y esta mañana al levantarme tenía una urticaria. Pensé que podía ser una reacción alérgica, porque las hojas me habían salido poco después de mudarme al piso de mi novio. Me puse unos vaqueros y volví a la floristería de la mujer que me había vendido el fertilizante, pero estaba cerrado. Pregunté por la zona y la gente me dijo que el negocio lo llevaba una familia china y que no sabían mucho más. Volviendo hacía un calor insoportable, así que al llegar a casa lo primero que hice fue quitarme el pantalón. Para mi sorpresa, los círculos verdes habían germinado y comenzaban a verse algunas hojas pequeñas que podía desollar. El picor había desparecido, pero me apetecía mucho darme una ducha para refrescarme, así que me metí bajo la alcachofa un buen rato, como media hora o algo más. Sentí mis piernas hincharse un poco. A los pocos días comenzó a salirme hierba en los brazos y bajo las axilas. También pequeñas hojas que podía arrancar, pero no noté nada moverse por dentro.

    Las siguientes semanas fueron un poco extrañas. Empezaron a salirme más hojas de hierba y más urticaria. Interpreté que aquellas ronchas eran la forma que tenía la cosa de decirme que tenía hambre. Cuando eso pasaba, me regaba un poco o me ponía un poco de aquel fertilizante orgánico y con eso aguantaba hasta el siguiente picor. Eso sí, dejé de salir a la calle porque me daba mucha vergüenza que otras personas me viesen así y no quería tener que cubrirme entera y volver sudando. Mi novio me sugirió que, si me sentía más cómoda, podía quedarme en casa, que él ganaba suficiente dinero para mantenernos a los dos con el concesionario. Cuando llamé a mi amiga Sofía para contárselo, me dijo que aquello le parecía un error y me recomendó no hacerlo, pero no la escuché. No te ha entendido, dijo mi novio cuando se lo conté. Podemos vivir perfectamente los dos con lo que yo gano, y si no quieres salir, siempre puedes quedarte en casa, que no tiene nada de malo.

    Al cabo de un tiempo, estaba cubierta de hojas por todo mi cuerpo. La cosa me había dejado heridas abiertas de las que brotaba pus en la espalda, y los dedos de la mano derecha los tenía en carne viva. Me costaba dormir y muchas noches me quedaba sola en la cama. Afortunadamente, las hojas, que crecían verdes y frondosas, disimulaban bien aquel desastre. Como no estaba para salir, mi novio me propuso dedicarme al cuidado de la casa. Dado que él trabajaba fuera, alguien se tenía que ocupar de limpiarlo todo y hacer la comida. Tener hierba me generó otros problemas: como me daba vergüenza que otras personas me viesen así, pedía la compra por Internet. También dejé de quedar con mis amigas. A veces, ellas proponían un plan, pero yo me sentía sin ánimos. Entonces me preguntaban si estaba bien, y yo contestaba que sí. Siempre que sí, a pesar de las yagas, el pus y la urticaria. Me dejé crecer el pelo porque no quería ir a la peluquería y mi novio no sabía cortármelo. A veces me miraba en el espejo y me cuestionaba por qué seguía conmigo porque yo me daba asco, aunque él nunca me lo echaba en cara. Un día le pregunté si todavía me quería, y me respondió que claro que sí, que qué cosas tengo. Le dije que me sentía fea y me contestó que estaba exagerando.

    Mi madre me llamó un martes por la tarde para saber si aquel domingo podíamos ir a su casa por su cumpleaños. Yo no les había dicho nada a mis padres nada por miedo a que se preocupasen. No, no podemos. Es que Carlos está enfermo. Sí, si mejora, yo os aviso y vamos. A la tarde siguiente mis padres se presentaron en casa. Carlos estaba en el trabajo, y cuando abrí la puerta supieron por mi aspecto que algo andaba mal. Mi madre me dijo que mis amigas habían hablado con ellos. Que estaban preocupadas por mí desde hacía un tiempo. Quisieron saber cuándo había empezado a salirme hierba, y se lo conté todo. Me sugirieron irme a casa con ellos un tiempo, que allí mejoraría. Les aclaré que mi novio no tenía la culpa. Me dijeron que claro que era su culpa, que todo había empezado cuando me mudé con él. Dice que te quiere, pero te tiene aquí aislada, sin salir a la calle y con el cuerpo lleno de heridas, pero limpiando y teniéndole lista la comida. Yo insistí en que no era su culpa. Vale. Si lo no es, vente con nosotros y si no mejoras, hablamos. Es lo mejor para ti.

    Carlos se enteró de que me había marchado porque mis padres le dejaron una nota colgada de un imán en la nevera. Fue a por mí hecho una furia. Que nadie me iba a querer, que puta zorra, que cómo le hacía eso, que siempre me había tratado bien, que me quería mucho, y que estaba dispuesto a lo que fuese. A lo que fuese. Y yo quería creerle, pero por primera vez desde hacía mucho no notaba a la cosa moviéndose por dentro de mis piernas. Y quería volver, pero supe que mejor que no. Él estuvo varios meses pidiéndome perdón, diciendo que sentía mucho todo, que estaba solo y proponiéndome volver, pero yo seguía mejorando. Ya no me salía hierba, las heridas y la urticaria estaban desapareciendo y me encontraba con ánimos. Había vuelto a salir a la calle y a quedar con mis amigas. Un día, de repente, Carlos dejó de escribirme, como si se lo hubiese tragado la tierra. No me importó, yo estaba bien. Al cabo de un tiempo, me enteré de que era porque otra chica se había mudado a su piso… y había empezado a salirle hierba en una pierna.

    1. Pues otro gran relato. La verdad es que este mes me estáis haciendo muy feliz. En este caso, además, elemento fantástico es puramente alegórico, lo que siempre le da el doble punto de inquietud. Una no sabe si de verdad es hierba lo que tiene la muchacha u otra cosa. La mención a las heridas por parte de la familia es crucial en eso.

      Hay algunas cosas que le ponen un poco más de peso del necesario, detalles que no añaden mucho. Por ejemplo: «me metí bajo la alcachofa un buen rato, como media hora o algo más». A ninguna lectora le interesa demasiado el lapso de tiempo exacto en que un personaje hace algo salvo que sea de extrema importancia para la trama. Como el detalle de que la tienda la llevara una familia china ¿de verdad es relevante eso?

      Lo importante de esta historia es el proceso de aislamiento de la chica y cómo su personalidad se va oscureciendo.

      Creo que el trabajo que merece el relato es despojarlo de las cosas que no suman y poner algunos detalles que lo hagan más tangible.

      Luego, hay algunas frases que creo que sé por dónde van pero que no están del todo conseguidas: «Me costaba dormir y muchas noches me quedaba sola en la cama». Creo que esto alude a que el muchacho dormía en otro sitio y que por tanto se produce cierto abandono, pero no termino de estar segura.
      Le pasa algo parecido a Silvia.

      Tened en cuenta, en las revisiones, que una cosa es lo que vosotros sabéis en vuestras cabezas y otra cosa es lo que escribís, no siempre es lo mismo.
      ¡Buen ejercicio!

      1. Ay, pues muchas gracias por tomarte el tiempo de leerlo en detalle y señalar los fallos. Tomo buena nota de lo que dices y me lo apunto todo para seguir puliéndolo 🙂

  9. La última de su estirpe — Azel Highwind

    Su nombre es Yatziri Lunae y nació hace ya miles de años en algún lugar recóndito de la meseta americana, en el seno de una tribu sedentaria cuyo sustento era la caza. Desde bien pequeña sintió que era diferente de todos quienes la rodeaban. Le horrorizaba la caza, no le gustaba comer los mismos alimentos, incluso algunas veces llegaba a vomitarlos; detestaba vivir en las montañas y siempre pedía poder ir a jugar al bosque.
    «Es peligroso, querida hija, viajar más allá de esos árboles. Fíjate, hay arañas que te matarían en segundos. Serpientes que te tragarían sin mayor esfuerzo. Aléjate del bosque.»
    Las palabras de sus padres le infundían temor, pero el reclamo que sentía de los árboles era mucho más fuerte. Y, sintiéndose incomprendida por su tribu, una noche huyó hacia el interior del bosque.
    Encontró arañas amenazantes, de colores y dibujos en sus cuerpos que hubiesen hecho estremecer incluso al más valiente. Su camino fue flanqueado por serpientes de ojos que ves en las pesadillas, cuando te encuentras atrapado. Pero Yatziri no sintió miedo. Siguió andando, acompañada de criaturas desafiantes, cuyos movimientos eran abruptos, acechantes y violentos. Pero que en ellos se vislumbraba una cualidad intencionada, como si todo fuese sólo un espejismo.
    Cuando llegó a un claro se encontró miles de hadas cuchicheando nerviosas, dibujando con sus diminutas manos gestos impacientes en medio de la discusión. Y en un lago central emergían las cabezas de criaturas de leyenda.
    —Querida niñita, ¿cómo has entrado aquí? —le preguntó un hada que se acercó rápidamente a ella.
    —Esto es maravilloso, nunca había visto nada tan bonito… —musitó Yatziri
    —¿Te gusta? —preguntó otra hada—, ¿no te asustan estas criaturas?
    —¿Las arañas y las serpientes? ¡No! Son preciosas, de veras.
    Entonces ascendieron del lago unos seres gigantescos. Sus cabezas, de hocicos alargados, aletas puntiagudas y branquias que parecían hablar; rozaron las copas de los árboles, agitando las retorcidas ramas que dejaron caer algunas hojas de aspecto ilusorio que se deshicieron en polvo centelleante sobre las manos de la niña.
    —¿Y estas? —profirió otra hada
    Yatziri observó unas criaturas hipocéfalas agarradas a las gigantescas patas cuyas dueñas ahora se alimentaban de la luz que se colaba entre las copas de los árboles.
    —¡Qué divertidas! ¡Me encantan!
    —Esta niña es muy rara…
    —Quizá podemos hacerle la prueba.
    —¿Estás loca? ¡Es muy pequeña!
    —Pero el tiempo apremia.
    —Y los monstruos acechan…
    —Es verdad, no aguantaremos el próximo ataque.
    Las hadas hablaban entre ellas con aire excitado. Se pusieron a discutir largo rato mientras Yatziri jugaba con las extrañas criaturas azuladas que no dejaban de menear la cabeza agarradas a esas patas gigantescas de las que crecían flores.
    —Es especial. Ha conseguido llegar hasta aquí —dijo una de las hadas.
    —Tienes razón, es posible que su cuerpo lo acepte…
    —¿Lo hacemos?
    Un clamoroso «sí» llenó el claro y se alargó hasta las alturas donde los gigantes de escamas rosadas que olían a tulipanes y a anguilas chupaban la luz con sus morros alargados.
    —Atiende, niñita —dijo el hada Zazilendia.
    —¿Sí?
    —Queremos pedirte un favor. Si lo aceptas, podrás ser nuestra amiga para siempre.
    —¡Claro que sí! Me encantaría.
    —Entonces, querida amiga, debes venir con nosotras al fondo del bosque. Conocerás el arroyo que nos dio vida, y en él tú te convertirás en una de nosotras. Aunque serás mucho más —el hada Zazilendia dudó un instante—, también debo decirte que es una transformación peligrosa y podrías morir.
    —Pero yo no quiero morir…
    —No te vamos a obligar, si tienes miedo puedes volver a tu casa.
    —¡No tengo miedo!
    Entonces, las hadas rodearon a Yatziri y la elevaron en el aire. Rodeadas de una luz multicolor y crepitante como el fuego, se fueron volando hacia el lugar donde la niña pasaría siete días y siete noches sufriendo la más dolorosa transformación, sumida en unas tinieblas delirantes de fiebre y sudores.
    Cuando salió de las sombras, multitud de hadas aplaudían, reían y lanzaba vítores de victoria. Yatziri tuvo que esforzarse para ponerse de pie. Poco a poco sus sentidos volvieron, y se vio a sí misma radiante. Creyó percibir que su cuerpo había cambiado, como si la magia de ese paraíso se hubiese fusionado con ella. O, quizá, como si algo de allí, su raíz esencial, se hubiese colado en su cuerpo.
    —Ahora eres una de nosotras, preciosa Yatziri. Te hemos conferido nuestros poderes y, a partir de ahora, todas nosotras viviremos en tu interior.
    Yatziri palpó su cuerpo, nerviosa, y sus ojos saltaron de un hada a otra.
    —No te asustes, piensa en nosotras como tus nuevos poderes.
    —¿Pero por qué habéis entrado dentro de mí?
    Las hadas cambiaron sus semblantes. Se podía percibir tristeza.
    —Nuestra hora llegará a su fin. El bosque perecerá pronto, los animales y las plantas morirán.
    —¡¿Qué?! ¿Cómo sabéis eso?
    —En este mundo habitan criaturas peligrosas, querida niña, ya nos atacaron antes.
    —Debo avisar a mis padres. ¿Ya es de noche?
    —Pequeña Yatziri, ¡ve con cuidado! ¡Los monstruos acechan! —gritó el hada Zazilendia viéndola irse corriendo a través de los árboles.
    Cuando la niña llegó a su aldea, la devastación pintada con sangre y barro se imprimió en sus retinas. La aldea había sido arrasada. Los cuerpos de sus padres, mutilados en una especie de ritual.
    —Todo es culpa vuestra, ¡malditas hadas!
    Mientras gritaba y escupía su amargura vio crecer algo verde en sus piernas. Luego la hierba llenó sus brazos y la sintió desarrollarse debajo de sus ropas.
    Pero había algo más, muy adentro, algo diferente y más poderoso. Se retorcía dentro de su útero, pidiendo comida.
    Yatziri abandonó el lugar con gran recelo y un rencor indescifrable clavado en su corazón.
    Pasaron los años y el recuerdo de su tribu cada vez era más difuso. En cambio, las hadas empezaron a hablarle.
    Actualmente vive en un apartamento en la decimotercera planta de un rascacielos de Nueva York. Ha aprendido a dominar su magia y también al monstruo que habita en su interior.

    1. Hola, Azel.

      Ya hemos hablado por privado, así que no me sorprende que el texto se desvíe un poco del tema propuesto. Y digo algo porque en realidad yo pedía el después, pero tú has escrito el antes. No es un desvío tan terrible.

      El relato es interesante, pero algunos fragmentos son innecesariamente largos, por ejemplo la conversación de las hadas. Creo que el resultado ganaría si dibujaras un poco más e l comienzo, con el viaje por el bosque, y redujeras las dudas de las hadas que, de todas formas, son personajes secundarios.

      Uno de los fallitos que veo a menudo en tus relatos es que acumulas adjetivos para provocar emociones, pero luego esas emociones no se trasladan al texto. El famoso contar vs mostrar. Por ejemplo aquí:

      -Le horrorizaba la caza, no le gustaba comer los mismos alimentos, incluso algunas veces llegaba a vomitarlos; detestaba vivir en las montañas y siempre pedía poder ir a jugar al bosque.

      Fíjate en la diferencia si escribes algo así:
      -Le horrorizaba la caza. Cada vez que le ponían un pedazo de carne en el plato se le retorcía el estómago y, aunque ignoraba las nauseas y masticaba las fibras que antes habían pertenecido a un precioso animal, terminaba vomitando.
      La idea es que veamos a la niña y veamos lo que significa para ella odiar la caza. Lo mismo en este segundo ejemplo:
      -Su camino fue flanqueado por serpientes de ojos que ves en las pesadillas, cuando te encuentras atrapado. Pero Yatziri no sintió miedo. Siguió andando, acompañada de criaturas desafiantes, cuyos movimientos eran abruptos, acechantes y violentos. Pero que en ellos se vislumbraba una cualidad intencionada, como si todo fuese sólo un espejismo.
      Podrías hacer esto más gráfico para que tu lector se sienta amenazado:
      La acompañaron grandes serpientes sinuosas, engendros de pesadilla plagadas de ojos que acechaban todos sus movimientos. Pero Ytziri no sintió miedo, sino curiosidad. Trató de acariciar a una de ellas, pero el ofidio se apartó. A las serpientes las sustituyeron otras criaturas. Reptaban y se arrastraban tras ella.

      La cuestión es poblar tu relato de imágenes y dar a esas imágenes un significado que afecte al protagonista. Lo del espejismo lo quitaría porque parece que las hadas dan a entender que los bichos son de verdad. Además, que lo sean funciona mejor para definir a la niña.

      Por lo demás, me gusta el tono legendario del relato y creo que es un buen comienzo para el ejercicio de junio.
      ¡Buen trabajo!

      Por lo demás,

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