The Neon Demon

Tiene el cine de Nicolas Winding Refn (Copenhague, Dinamarca, 1970) una cualidad inherentemente onírica. A pesar de trabajar bajo guiones sólidos y bien construidos, sus películas se sustentan sobre los cimientos de la forma, más que del fondo. Un filtro de luz ultravioleta, nocturno, que deforma personajes y escenarios, que los ilumina y sobre los que proyecta sombras, dejándonos fascinados con esa galería de bichos raros posmodernos, pero que bien pudieran haber escapado de una fábula dieciochesca.

The neon demon: una fábula onírica

Una fábula es, precisamente, “The Neon Demon” (coproducción franco-danesa, 2016). Una fábula amoral y estilizada en la que, la única enseñanza posible nos es revelada por uno de sus personajes: “nada que sea perfecto viene sin dolor”.

Para entender “The Neon Demon” es imprescindible tener en cuenta ese onirismo que mencioné antes. Es la prima perversa de “Under the Silver Lake” (David Robert Mitchell, 2018), la pesadilla en la que convergen todas las carreteras de la ciudad de Los Ángeles al caer la noche, su pariente nocturna, depravada y consciente de su belleza destructora, más seductora cuanto más cerca camina al borde del abismo.

Jesse, un personaje clásico en el cine de Nicolas Winding Refn

Cita de la película the neon demon

Como viene siendo característico en los personajes protagonistas del cine de NWR (si él mismo firma así no seré yo quien le contradiga y me ahorre un nombre tan largo), no es fácil empatizar con Jesse, la hermosa Jesse, diva de esta performance audiovisual. La intérprete no podría estar mejor elegida: Elle Fanning, glacial y distante, se apodera del personaje (o quizá, se deja poseer por ese ente casi ultraterreno) y observa a la cámara, demasiado bella para ser real, demasiado inocente, demasiado virginal y, a la vez, obscena en su sometimiento absoluto. Es la Bella Durmiente, Caperucita perdida en el bosque, Cenicienta antes del baile cuando todo resplandece y existe solo por ella.

Es como el sol en medio del invierno; al menos, eso opinan sobre ella en el propio film. Aunque, si eso fuera cierto, sería un astro enfermo y podrido, igual que todo y que todos en ese submundo de la moda angelina que no pretende ser una reproducción fidedigna, más bien un reverso, una muestra de todo lo que de él queremos olvidar.

La incomodidad en The neon demon

NWR es un maestro de la incomodidad. Del no estar a gusto dentro de la propia piel. Eso se palpa desde la primera parte de esta película, haciéndose más patente a medida que avanza y crece, como un tumor maligno que refulge en una radiografía observada a contraluz.

Igual que en sus anteriores films, sobre todo en “Only God Forgives” (2013) y “Drive” (2011), y de forma similar que en la mayoría de producciones del giallo all’italiana de Argento, Bava y Fulci, no espera complicidad o simpatía por parte del espectador sino, más bien, que este asista como voyeur indeseado a su espectáculo onanista y hermoso en su perversión.

No pide colaboración, pero sí implicación y, quizá, un sexto sentido con el que percibir que esto no es lo que parece. Que quizá, esa modelo que se abre paso en una noche de neón de Los Ángeles y se desliza entre sus rivales para superarlas, que ese sol en mitad del invierno, no es ninguna princesa perdida.

El demonio de neon película

Los cuentos de hadas en The neon Demon

Quizá la Bella Durmiente despertó del letargo hace tiempo y es muy consciente de su poder pasivo. Quizá Cenicienta volvió del baile, se sacudió la ceniza y estrelló el maldito zapato contra el suelo para hacerse un collar con él; ahora lleva al cuello un centenar de cristales con los que apuñalar a todos sus enemigos.

No, Jesse no es ningún inocente cervatillo, por más que pose, que finja, que se deje arrastrar a donde quiera que la lleven. Ella no es así.

Pero lo parece.

Y ese es su triunfo. Sostiene su máscara con pulso firme, mantiene esa otra apariencia en el mundo de las apariencias en este videoclip afilado y morboso. Los juegos de luces y sombras se suceden y nos confunden; estamos paseando al otro lado del espejo, en un lugar donde no importa el día y un demonio de neón ha despertado. Y está hambriento.

¿De quién es la responsabilidad de alimentar a la bestia? ¿Es de Jesse, Gigi, Ruby? ¿De la peligrosa Sarah (una fabulosa Abbey Lee, tan frágil como en “Mad Max Fury Road” e igualmente letal y alienígena)? ¿De ese sorprendente Keanu Reeves que, como si fuera la recreación del Lobo más Feroz, ruge y convence en su (corto, demasiado corto) papel equívoco?

Mejor aún… ¿quién es esa bestia? ¿De dónde ha salido? ¿Habita en ese mundo de pesadillas atrozmente bellas o en el espectador que disfruta del espectáculo sin pestañear ni extrañarse? ¿Quizá nuestra no-tan-inocente protagonista sepa algo al respecto? Claro que sí. Jesse sabe mucho sobre la bestia nocturna, sobre todo, el cómo dejarla entrar.

Pero no estamos ante la película perfecta

Por supuesto, este cuento no es perfecto. Por momentos peca de impreciso y vacuo y, superponer la forma al fondo acaba por pasar factura al ritmo y al equilibrio de la historia. No son tan sólidas, después de todo, las raíces que deben sostener esta historia en la que la falta de un guion más terrenal se echa en falta.

Elle Fanning tiene momentos soberbios, sí, pero es tanta la inocencia que representa que, muchas veces, dan ganas de abofetearla. Y, en un par de ocasiones, el escenario, música y contexto hacen pensar en una película porno de alto presupuesto, algo que, de ninguna forma debería suceder porque, “The Neon Demon” representa, sobre todo (y, al igual que en “Suspiria”, de Argento, con la que encuentro muchas similitudes) el erotismo de lo equívoco y virginal, de una Blancanieves que, a pesar de sus pesares, no pierde la frialdad ni el distanciamiento.

Es en esos momentos en los que “The Neon Demon” pierde fuelle y sustancia. Cuando asciende del averno de fluorescentes parpadeantes para adoptar un aire más terrenal. Porque, aunque me pese, fuera de ese sueño inquietante y morboso, no hay mucha tela que cortar.

tres carteles diferentes de la película

Pero, a pesar de sus defectos, es un interesante (y muy disfrutable) film de terror noir. Su atmósfera decadente de burdel en el inframundo, los moteles aún más sórdidos que de costumbre; la protagonista, ultraterrena y divina, como caída del cielo y sus maravillosas antagonistas, hacen que esta película menos sobre que ambientada en el mundo enfermo de la moda, que se carcajea del vacío de la belleza esculpida para triunfar y para poco más, de la velocidad con la que destrozamos nuestros iconos y la sangre que se dejan ellos por el camino a la cima de la fama y la gloria, sea un gozo brillante e incorrecto en el cine de correctos y milimetrados slasher actuales.

Su escena final, una apoteosis tan bella como terrible, es un misil teledirigido a los sesos del espectador que, seguramente, esperaba su cierre convencional, su palmadita en la espalda, su beso de buenas noches antes de irse a dormir. Sí, realmente esto está sucediendo ante tus ojos. Sí, por esto estábamos esperando.

Y no me niegues que no ha merecido la pena el viaje entre esta miríada de luces de neón, increíblemente brillantes pero incapaces de dar el más mínimo calor.

Biografía de Nieves Mories

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